Cuando algo en especial le agradaba, ya sea una luminosa puesta de sol durante una tarde despejada, un amplio sembradío de trigo que se perdía en el horizonte, un oloroso ramos de flores fulgurante de colores, una preciosa niña pecosa con el pelo extendido sobre la espalda, en fin, un espléndido almuerzo con aromas propias de la región costera de San Marcos, mi madre solía decir: –¡Que chulada de belleza!–, con lo que quería dar a entender que no se le podía pedir más a la vida en ese instante.
De esa misma manera tan antojadiza de Mamá Limpa he calificado yo a veces a la Constitución Política, en el sentido de que si se cumpliere cabalmente su articulado, la ley fundamental del país sería “una chulada de bellezaâ€, sobre todo porque desde sus inicios emanan excelsos principios y valores, puesto que puntualiza que el Estado de Guatemala se organiza para proteger a la persona y a la familia y que su fin supremo es la realización del bien común, y de esa cuenta es deber del Estado garantizar a los habitantes de la República la vida, la libertad, la justicia, la seguridad, la paz y el desarrollo integral de la persona.
Si algún extranjero culto viniera por primera vez a Guatemala y antes de pisar territorio nacional se le diera a leer un ejemplar de la ley matriz de la nación, pensaría que los guatemaltecos somos un pueblo privilegiado porque todas las actividades de su vida están regidas y protegidas por una Constitución Política cuyas normas son aplicadas al pie de la letra por todas las autoridades de los tres organismos del Estado, la totalidad de instituciones públicas, los funcionarios y los mismísimos ciudadanos.
Algo parecido embargó mis pensamientos, emociones y sentimientos la tarde del pasado sábado, cuando en la sala de la casa que habito, después de que con la palma de la mano derecha sobre el corazón, mis nietos el Jóse y la Titi, y yo escuchamos reverentes y de pie las bellas notas del Himno Nacional, para seguidamente poner atención al ya presidente Otto Pérez Molina, aunque los dos hijos de Pablo, de 10 y 5 años, únicamente cumplieron con su deber cívico, y me dejaron a solas para deleitarme con la fraseología elocuente del nuevo gobernante.
Como en muchas ocasiones soy exageradamente sensitivo, al oír algunos pasajes del discurso me dejé llevar por la imaginación, especialmente porque las palabras brotaban a raudales y caían en cascada sobre el eufórico auditorio allí reunido y que aplaudía con inusitado júbilo. Llegué al éxtasis cuando el recién estrenado mandatario subrayó conceptos referidos al cambio en todos los ambientes, para que dentro de un tiempo relativamente cercano los guatemaltecos, gobernantes y gobernados, empresarios y trabajadores, académicos y obreros, hombres y mujeres, niños y ancianos, finqueros y campesinos, logremos convertir en existencia real la letra muerta de la Constitución y podamos vivir en una renovada Patria en la que impere la paz, el amor y la libertad, en plena etapa de reconciliación, con perdón y justicia.
(El escéptico Romualdo Tishudo sólo atinó a decir: –¡Ese discurso es una chulada de belleza!)–.