Un par de buenas noticias se anunciaron en estos últimos días, por un lado la decisión del gobierno canadiense de retirarse de una de las farsas más grandes de las últimas dos décadas, el famoso Protocolo de Kioto. Por el otro lado la decisión del gobierno inglés de convertirse en el único de los 27 estados miembros de la Eurozona en no aprobar el nuevo tratado de socialización fiscal de la zona.
El gobierno conservador de Harper en Canadá ha dado marcha atrás con las decisiones tomadas por los liberales a finales del siglo pasado porque ha realizado que los costos del bendito protocolo son altísimos y sus objetivos irreales. Además ha entendido que millones de canadienses no están dispuestos a pagar con el fruto de su trabajo los costos ambientales que supuestamente genera el desarrollo humano en muchos de los otros países signatarios del acuerdo. No se puede dejar de mencionar que además de estar basado en estudios inexactos y en medias verdades los canadienses no están dispuestos a ser el conejillo de indias del mundo mientras pierden tiempo y recursos que bien pueden ser utilizados para seguir desarrollando su pujante industria de energía.
Por su parte el primer ministro británico, David Cameron, tomó la valiente decisión de no entrar al tratado que el Parlamento Europeo propuso como medida de emergencia para salvar el euro. En primer lugar, el euro no es un asunto que preocupe tanto a los ingleses como a otros estados europeos por la buena decisión, en su momento, de conservar la libra esterlina como moneda de curso legal. ¿Por qué habrían los británicos de participar en un cuchubal donde todos sacan su mes pero no todos ponen plata? ¿Por qué habrían de caer en la trampa ahora si los autores del nuevo tratado fiscal regional son los mismos autores de la prostituida política monetaria y fiscal que tiene a los europeos al borde del abismo? La decisión de Cameron se puede calificar de valiente porque fue sensata más que conveniente, lógica más que política, pero sobre todo esperanzadora porque en el mundo actual es raro ver triunfar al sentido común sobre la verborrea política y diplomática.
Las dos acciones son pequeñas pero significativas muestras de que el sentido común aún impera en el accionar de algunos políticos en el mundo de hoy. El Protocolo de Kioto y la Unión Europea son dos de los organismos o acuerdos –les llaman de todas formas– más dañinos para el mundo de hoy. Además de cuevas de vividores son la meca del movimiento social y mercantilista que frenan el desarrollo de la humanidad con la venia de casi todas las poblaciones del mundo. Fueron creadas bajo principios equivocados y por lo tanto sus resultados son nefastos en el corto plazo y más nefastos en el largo. Este tipo de tratados no hace más que socializar la responsabilidad y por lo tanto se terminan convirtiendo en burdos programas de transferencias de riqueza de las naciones ricas a las no tan ricas con el invariable logro de mermar la riqueza de aquellos emprendedores responsables y esforzados que traen desarrollo al mundo. Mermar la riqueza a los emprendedores exitosos significa siempre un duro golpe a la inversión y por consiguiente el incremento de la pobreza y las clases desposeídas.
No puedo sino felicitar, como en su momento lo hice con los panameños que anunciaron su retiro del Parlacen, a los señores canadienses e ingleses por haber tomado estas trascendentales decisiones. Ojalá y los analistas políticos del mundo diplomático supranacional no se equivoquen en su análisis y las decisiones de esta semana se conviertan en la punta del iceberg que logre desbaratar de una vez por todas a estos malnacidos organismos.