O muy bruto o perfecto sinvergí¼enza


Oscar-Clemente-Marroquin

El pasado martes, tras los desastres ocurridos en el paí­s por las lluvias que destruyeron la obra pública, publicamos un trabajo sobre los negocios que se esconden tras el dolor y la catástrofe. El dí­a anterior una pareja de esposos murió porque la carretera sobre la que caminaban se “esfumó” llevándose al matrimonio cuyos cuerpos aparecieron a varios kilómetros.

Oscar Clemente Marroquí­n
ocmarroq@lahora.com.gt

 


Indigna ver la forma en que nuestros funcionarios apañan esa obra mal construida y defienden a los pí­caros constructores que se atoran con el dinero del pueblo haciendo mamarrachos que no duran ni siquiera un inverno, pero nada tiene parangón con las cí­nicas declaraciones que dio a uno de nuestros editores el viceministro de Comunicaciones, Otto Ordóñez, quien negó que esa dependencia tenga que ver con corrupción y dijo que si alguien tiene pruebas que las presente al Ministerio Público.
 
Ese señor Ordóñez no tiene calidad para ser funcionario porque o es un perfecto sinvergí¼enza o un imbécil que no se da cuenta de lo que está pasando en el paí­s y cualquiera de esas dos “cualidades” lo inhabilita para el cargo que está desempeñando. Todo mundo en Guatemala sabe que aquí­ no se hace obra sin sobra y que eso significa que todos los contratos están amañados, lo mismo los que se dan a pequeñas empresitas disfrazadas de ONG o a las grandes empresas que también tienen su forma de pagar las mordidas, sea financiando con millones la campaña polí­tica de alguien o simplemente repartiendo pisto cuando firman el contrato y cuando les van haciendo los pagos correspondientes.
 
El Ministerio de Comunicaciones no es diferente a toda la estructura del Estado en donde funciona todo a base de corrupción. Quien quiera hacer un negocio decoroso, sin pagar mordida o sin haber sido financista de un partido polí­tico, está frito porque aquí­ el sistema está diseñado para alentar la corrupción. Nadie, ningún funcionario, tiene facultades para otorgar un contrato sin antes recibir el visto bueno del funcionario encargado de manejar todos los negocios públicos y que es quien está pegado al Presidente de la República y tiene el poder de llamar a cualquier ministro, incluyendo al de la Defensa Nacional, para decirle a quién se tiene que asignar una compra determinada. Es al mismo funcionario que acompañó al Presidente cuando era candidato para pedir pisto a diestra y siniestra y cuyo teléfono tienen los vendedores de autos, los vendedores de comida, los constructores, los proveedores de cualquier insumo que el Estado requiera y, en general, todo vivo que sabe cómo hacer los negocios con el Estado.
 
Esa figura siempre ha funcionado y cualquier empleadillo como este viceministro tiene que saber de su existencia porque no durarí­a ni cinco minutos en el chance si no se somete a las instrucciones que recibe para asignar a la persona correcta (lo de correcto nunca antes ha sido tanto un simple decir), el contrato millonario que dejará varias ollas untadas.
 
Y por supuesto que en medio de la corrupción, pendejo el que haga una obra costosa que le reduzca sus márgenes de ganancia, sabiendo que las autoridades no tienen por qué supervisar la obra porque, en todo caso, lo que les interesaba no era que se hiciera un puente o una carretera, sino que circulara el dinero del presupuesto en la forma ya establecida.
 
No me cabe duda que debe haber un puñado de tontos de capirote que aún creen que no hay trinquetes en la obra pública y que es Dios quien nos está castigando con un mal tiempo que destruye lo que tan bien hacen los ingenieros y constructores. Pero es un puñado mí­nimo conformado por ciegos que no quieren ver o imbéciles que no agarran una vaca en un elevador. Pero que un Viceministro diga que no hay corrupción en la obra pública tiene que ser cinismo y sinvergí¼enzada.