El barbero de mi barrio


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“El buen pensador procura ver en los objetivos todo lo que hay, pero no más de lo que hay.” El Criterio. Balmes.

POR MARIO GILBERTO GONZíLEZ R.

Don Rafael Tejeda Jacinto fue –por mucho tiempo- el barbero de mi barrio La Concepción.

Abrió su sala de barberí­a en la casa esquina de la Calle de la Concepción y Callejón del Sol. Justo enfrente de la fachada del primer convento concepcionista de Santiago de Guatemala. Una puerta al callejón y dos a la calle, daban luz y acceso a la barberí­a y otra que se comunicaba con el interior de la casa. Una pieza pequeña, de un solo sillón con mobiliario sencillo y limpio de impecable color blanco, sin faltar en un recodo, la mesita de cedro con el tablero de ajedrez incrustado. Colgado de la pared, un cuadro de madera con muestra de la variedad del cabello.

La familia Tejeda Jacinto fue de vida muy sencilla, laboriosa, educada, cristiana y servicial. Se les tuvo como vecinos excelentes.

Marí­a se encargó de los quehaceres de la casa; Eugenio fue artista altarero, su impronta la dejó en los novedosos y sugestivos altares de velación del Nazareno mercedario; Cándido fue barbero y gran jugador de ajedrez. Su barberí­a la tuvo en una pieza de la casa de don Cecilio Gaytán en la Calle del Arco de Santa Catalina y eran tan estruendosas sus carcajadas que grietaron el Arco por lo que tuvo que alejar su barberí­a y de noche, sus carcajadas se escuchaban a muchas cuadras de distancia;  Daniel fue maestro carpintero con gran dominio del oficio. Hizo muebles de sala originales. A mi me hizo mi estuche para llevar la pintura al óleo,  con unas reglitas especiales con agujeros para trabar la cabeza de los pomos. Su costo fue de un quetzal; Tonita fue –devota de las Hijas de Marí­a- impartió clases de religión en el Asilo La Santa Familia y cuando murió la amortajaron de blanco como una novia virginal con una corona de rosas en la frente y don Rafael fue el fí­garo del barrio concepcionista con sólida formación religiosa e intelectual. Su conflexión fí­sica fue la de un  atleta –tipí² Charles Atlas-  con espí­ritu deportista y excelente jugador de ajedrez.

Muy joven inició sus estudios sacerdotales en el Seminario Conciliar de la ciudad de Xalapa-México cuando fue su Rector Mons. Manuel Guizar  y Valencia. Se encontró con el también guatemalteco José Francisco Barnoya Gálvez. Sus estudios estaban avanzados cuando se desató la Guerra de los Cristeros en tiempos del general Plutarco Elí­as Calles. El ataque frontal contra la Iglesia -que dejó  daños de consideración-, obligó el cierre del seminario. Guizar y Valencia salió de incognita hacia La Habana y los seminaristas tomaron rumbos diferentes. Barnoya Gálvez retornó a Guatemala y se incorporó en la diplomacia mientras que don Rafael partió hacia la ciudad de México Distrito Federal y  desempeñó el oficio de barbero. Años después, varios compañeros seminaristas mexicanos, concluyeron su formación religiosa y llegaron a ser dignidades de la iglesia de Xalapa.  Mons. Manuel  López fue electo Obispo y los Monseñores. Justino de la Mora y  Leonor Larroyo desempeñaron altos cargos en  la Iglesia de Xalapa.  Todos  recordaban a don Rafa con el cariñoso y afectivo trato  de  “Tejedita”.

Con don Rafael nos conocimos en los albores de la década del 40. í‰l era un joven maduro de conflexión atlética, tez morena y comportamiento mí­stico y yo abandonaba la niñez para entrar en la pubertad.

Desde nuestro primer encuentro me dijo “Te voy a ayudar en tus estudios.” Y lo cumplió de maravilla. Desde entonces nació una amistad imperecedera.

Principió por enseñarme postales y contarme sobre los palacios, centros culturales y las amplias y extensas  calles mexicanas. Mi asombro era manifiesto. Un mundo nuevo se abrí­a para mí­, junto con las canciones, los corridos y las pelí­culas mexicanas.

Sus primeras, sabias y sólidas lecciones se iniciaron sobre la importancia de la lectura. La buena lectura facilita el aprendizaje –me dijo.  Si sabes leer bien, el cerebro archiva ordenadamente los nuevos conocimientos para recordarlos después.  Debes de respetar los signos ortográficos con las pausas debidas y anotar en un cuaderno las palabras nuevas que encuentres para consultarlas con el diccionario y después volver  a leer el trozo con esa aclaración. De esa forma desaparecen las dudas, tu conocimiento se refuerza y amplí­a y  tu vocabulario se enriquece. No dejes dudas, porque de duda en duda se forma un océano de ignorancia.

Dale su importancia a cada palabra y cuando te internes en su espí­ritu, te asombrarás de su contenido. Cómo con una palabra se expresa tanto, por ejemplo: nunca, jamás, si, no.  Cada palabra tiene su etimologí­a, su semántica y siempre apunta a un objeto. Valora el poder de la palabra.

Me recomendó la lectura silenciosa para despertar la concentración y aplicar en su caso, la  reflexión y la meditación. Mientras que la lectura en alta voz, requiere  modulación de la voz y buena dicción especialmente en las  palabras terminadas  con “d” o con  “s”.

Puso énfasis en la forma delicada de abrir un libro, con mimo para evitar el “graj”violento de dañar el encuadernado. Y desde luego, la forma de colocarlo entre los dedos de la mano izquierda, para pasar las hojas con la mano derecha sin humedecer los dedos con saliva. Es tan importante la lectura de un libro que los antiguos cuando lo hací­an, vestí­an las mejores galas.

Sí­, la ciudad de Antigua Guatemala era entonces una ciudad propicia para el estudio, por su tranquilidad y silencio monacal, más lo eran la sacristí­a abandonada de la iglesia de la Limpia Concepción y la que fue librerí­a de la orden franciscana. Sitios silenciosos a donde no llega el bullicio de la calle y sólo se escucha la caí­da de una gota de agua permanente que se filtra entre los vetustos muros. Esas fueron mis dos grandes salas de estudio. Cumplí­an de maravilla una de las siete reglas que San Bernardino de Silena recomendaba para el estudio.

“La mente del estudiante requiere un vací­o de silencio a su alrededor, para que pueda mantenerse tranquila y limpia.”

Con esas recomendaciones, don Rafa me orientó para mi primera lectura y –a la vez- para la apertura de nuevos y sorprendentes conocimientos. Puso en mis manos “El Criterio” de Jaime Luciano Bálmes. Libro y autor desconocidos para mí­. Los libros de don Rafael eran de presentación sencilla de la Editorial Losada de Buenos Aires Argentina. Lo que interesaba era el texto, legible a dos columnas.  Después de explicarme el bosquejo del libro y decirme el por qué debí­a de iniciarme con su lectura, encaminé mis pasos hacia la sacristí­a de la Limpia Concepción. Acomodado en una especie de silla entre escombros, abrí­ el libro y encontré esta reflexión.

“Consideraciones preliminares.  En qué consiste el pensar bien. Qué es la verdad. El pensar bien consiste: o en conocer la verdad o en dirigir el entendimiento por el camino que conduce a ella. La verdad es la realidad de las cosas. Cuando las conocemos como son en sí­, alcanzamos la verdad; de otra suerte, caemos en error. Conociendo que hay Dios conocemos una verdad, porque realmente Dios existe; conociendo que la variedad de las estaciones depende del Sol, conocemos una verdad, porque, en efecto, es así­; conociendo que el respeto a los padres, la obediencia a las leyes, la buena fe en los contratos, la fidelidad con los amigos, son virtudes, conocemos la verdad; así­ como caerí­amos en error pensando que la perfidia, la ingratitud, la injusticia, la destemplanza, son cosas buenas y laudables.”

“Si deseamos pensar bien, hemos de procurar conocer la verdad, es decir, la realidad de las cosas. ¿De qué sirve discurrir con sutileza, o con profundidad aparente, si el pensamiento no está conforme con la realidad? Un sencillo labrador, un modesto artesano, que conocen bien los objetos de su profesión, piensan y hablan mejor sobre ellos que un presuntuoso filósofo, que en encumbrados conceptos y altisonantes palabras quiere darles lecciones sobre lo que no entiende.”

El objetivo de pensar bien para buscar la verdad, era también el motivo de don Rafa para encausar sobre base sólida el conocimiento. La explicación del tema fue sustanciosa y estimulante para continuar en el nuevo mundo que se abrí­a en mi vida. Seguí­ los consejos del autor y del maestro y los frutos fueron cada vez deliciosos. En la lectura apliqué el festinabis lenti, yendo despacio llegarás a prisa.

Para mí­, el método para encontrar    la verdad, fue fascinante. Al practicar la reflexión y la meditación, maravillosa y sorprendente. Me permití­a entrar a un mundo hasta entonces desconocido. Parecí­a que mi mente tení­a alas para volar.  Comprobé el poder de la mente para penetrar más allá de mi pequeño mundo objetivo. Internarme  en un mundo infinito sin principio ni fin. De empezar a aclarar dudas y afianzar el conocimiento. El silencio de la sala de lectura era propicio para que la mente se concentrara en un solo objetivo.  Disfrutaba cada página y el libro se tornó mi amigo inseparable en los estudios. Los pilares de mi sencillo edificio intelectual se consolidaban cada vez más.

Don Rafael hizo preguntas sobre lo leí­do para expresarlo con mis propias palabras. Corrigió mis errores y amplió admirablemente el contenido de un párrafo. Era como halar el hilo de una madeja de seda. Con las explicaciones volví­a a mi sala de lectura para leer de nuevo el trozo y comprenderlo con claridad. Para afianzar el conocimiento, habí­a que aplicar el consejo romano de más de 2000 años: Repetitio mater studiorum est. La repetición es la madre del estudio. Práctica perdida en nuestros tiempos.

Después me hizo una explicación amplia de Grecia y del nacimiento de la Filosofí­a. “La filosofí­a sirve para fundamentar las ciencias”, también “proporciona al hombre las ideas básicas que han de orientar su conducta.”  Volví­ a la Sacristí­a con dos tomos de Historia de la Filosofí­a de Jaime Luciano Bámes. Desde entonces, los tres filósofos clásicos se volvieron mis amigos personales. Sócrates, Platón y Aristóteles a los que después sumé a otros ilustres  y desde luego, el conocimiento se amplió maravillosamente. Siguieron la Lógica y la Etica siempre de Balmes. “La Lógica es la ciencia que estudia el pensamiento, sus formas y leyes y da reglas para razonar correctamente.”  La Etica “se ocupa de sentimientos, ideas, impulsos instintivos, intenciones que surgen en nosotros espontáneamente y trata de encausar, ordenar y someterlos a la razón y a la ley.” La salita de la barberí­a se iluminaba con reflexiones y ejemplos. Se tornaba en recinto sagrado donde la pureza de las ideas parecí­a que las explicara el mismo Platón.

Siguieron otros libros como la Metafí­sica, San Agustí­n, Santo Tomás de Aquino, Tomás Moro, el Prí­ncipe de Maquiavelo y el Prí­ncipe Cristiano de Pedro Ortí­z de Rivadeneyra, el Discurso del Método de Descartes, Apologí­a de Sócrates  y otros tantos de literatura que fueron soporte maravilloso para mis estudios académicos donde nos volvimos a encontrar. Don Rafa fue un maestro de profundos conocimientos, dueño de una sencillez admirable y un maestro con una  pedagogí­a sencilla pero eficaz para enseñar.

Mi madre gozaba de mi amistad con don Rafael y sus enseñanzas, porque en primicia era a ella a quien le contaba mis  reflexiones filosóficas. Ese mundo novedoso que se abrí­a en mi camino y los nuevos conocimientos que cada dí­a adquirí­a. Si yo me asombraba al obtenerlos, ella más porque siempre estimuló mi aprendizaje y su apoyo fue  incondicional.

Otra faceta admirada y distinguida de don Rafael, fue  la de ser  un recio ajedrecista, admirador de José Raúl Capablanca, de Rubinstein, Aleksander A. Alekhine y otros ilustres maestros del juego ciencia.   En su tiempo libre, practicaba y estudiaba sus jugadas magistrales. Fue fundador de la Asociación de Ajedrecistas de Antigua Guatemala y organizador de eventos como el celebrado en casa de don Gregorio Ruí­z,  para el IV Centenario del traslado de la ciudad de Santiago de Guatemala del Valle de Almolonga al Valle de Panchoy, donde resultó campeón Mariano Mejí­a.

En su archivo de jugadas famosas, conservaba la jugada inmortal de Rubinstein de 1907 contra Rotlevi que jugo con las piezas blancas. En la jugada 26 Rubinstein dio jaque-mate. La primera partida a la ciega, que se jugó en la ciudad de Antigua Guatemala,  el 26 de septiembre de 1937, en la sala de la Asociación de Ajedrecistas Antigí¼eños, situada en la Calle de la Nobleza No. 11 entre el maestro mexicano José Joaquí­n Araiza –blancas- y el antigí¼eño Carlos Alberto Blanco –negras-. En la jugada 35 Araiza dio jaque-mate. El 28 de Noviembre de 1945, en el Club Guatemala, se enfrentaron Neri González, seleccionado, -blancas- contra Rafael Tejeda Jacinto –negras-. En la jugada 44 las blancas se rindieron. El 13 de Octubre de 1968 en la casa del Deportista Antigí¼eño, jugaron Manuel Martí­nez, guatemalteco ex – campeón nacional –blancas- contra Rafael Tejeda Jacinto –negras-. En la jugada 39 las blancas se rindieron y luego por el Premio Brillantez en la Serie de Centro América y el Caribe, se enfrentaron con las blancas Mario Salas de Costa Rica y John Powell de Jamaica con las negras. En la jugada 26, las blancas dieron jaque-mate.

Para las fiestas Patrias del 15 de Septiembre, ofrecí­a el Salto del Caballo sin pasar dos veces por la misma casilla. Lo hací­a al compás de la guitarra que interpretada don Lorenzo Castillo.

Fundó con  la familia Fernández de Santa Inés del Monte Pulciano, el equipo de futbol “Excelsior”. Fue alpinista con los miembros de la Hermandad Obrera Católica. Cada año, acompañado de jóvenes, ascendí­a el volcán de Agua y a pie –ida y vuelta-  hizo su visita al Santo Cristo de Esquipulas. Los jóvenes participaban en esas jornadas, con expresiva alegrí­a. Para su cuidado fí­sico, iba todos los miércoles al balneario de San Lorenzo  el Cubo que le permitió mantener un cuerpo sano y atlético.

Fue amigo de tres grandes sacerdotes. Juan Cecilio Cuéllar,Teófilo Solares y Mons. Manuel Bení­tez.

Con la aparición del movimiento hippy, la clientela disminuyó y tuvo que cerrar su sala de barberí­a. Para subsistir se dedicó a fabricar caleidoscopios, piezas de ajedrez con carrizos de hilo de sastre y otras manualidades. Perdió la audición de un oí­do y terminó sus últimos años en la indigencia.

El olvido ha caí­do sobre  su nombre y su  vida cultural y deportiva. Un hijo distinguido y predilecto como lo es don Rafael Tejeda Jacinto, merece ser rescatado del olvido para ser exaltado y reconocer el aporte que brindó a la juventud.  La ciudad de Antigua Guatemala está en deuda con él,  porque una figura como la suya, no merece el olvido, sino ser para siempre, un ejemplo a las nuevas generaciones y sobre todo para reconocer su obra silenciosa pero fecunda.