Aguilar Fuentes no complotaba


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Conocí­ al abogado Efraí­n Aguilar Fuentes por trabajar en el bufete de su hermano menor, el también abogado don Gregorio. Allí­ también conocí­ a dos grandes exponentes de la música guatemalteca: Mariano Valverde y Wosbelí­ Aguilar. don Marianito era pulcro en el vestir y usaba sombrero abarquillado; Wosbelí­ lo usaba negro y de ala ancha, ladeado. don Efraí­n se sentaba en el sillón con una pierna colgando sobre el brazo del asiento. Usaba una estilográfica con tinta roja y una firma y rúbrica elegantes.

José Antonio Garcí­a Urrea

 


Era casado con la eximia poetisa Magdalena Espí­nola y tení­a dos hijos, Rafael, ingeniero y diplomático de carrera y Mario, abogado. Radicaba en Nicaragua a donde lo mandó a traer Ubico para que fuera su asesor.

Los  cuatro  se  reuní­an  en  la  antesala  del  Despacho  y  nunca los oí­ platicar de  ningún complot,  esa idea se la metió alguien en la cabeza por celos, al dictador en la cabeza, pues habí­a otras aspiraciones presidenciales y consideraba que Aguilar Fuentes le hací­a sombra; fue tanta la insistencia que el otro paró dándole crédito… y se inició la persecución polí­tica en contra de Aguilar Fuentes.

Don Efraí­n tení­a un hermoso alazán en el cual solí­a efectuar paseos por la ciudad, no era de estatura muy alta pero se miraba elegante en su cabalgadura, y por ello decí­an que se querí­a parecer a Napoleón, esto se agregó, se dijo, a la intriga tejida en su contra.

Como  dejo  dicho,  nunca  oí­  hablar  de  complots,  sino  de que él, Aguilar  Fuentes,  le aconsejaba  a Ubico que no se reeligiera a continuación del perí­odo que estaba por concluir sino que analizara el primero y así­ programar uno mejor más adelante. Según decí­a Aguilar Fuentes, el mandatario ya casi estaba de acuerdo, pero como sucede en estos casos, los otros que medran bajo el ala de quien consideran su protector se unieron a esas intrigas y don Efraí­n fue a parar a la Penitenciarí­a Central.

Esa persecución alcanzó a don Gregorio porque don Efraí­n le encomendó sus asuntos, le asignaron un judicial «oreja», que lo seguí­a todas partes en el dí­a, y por la noche, habí­a otro en la puerta de su casa. don Gregorio tení­a que ir diariamente a mediodí­a al Primer Cuerpo de la Policí­a a firmar en un libro, y algunas veces se quedaba detenido hasta tres dí­as, yo tení­a que ir a avisarle a su esposa, doña Matilde.

La situación se agravó, a don Efraí­n lo torturaban en la Penitenciarí­a para que confesara lo del fementido complot; cuando lo  fusilaron  tení­a  tanta  vitalidad que hubo necesidad de darle el tiro de gracia. Relatado por presos que vieron el hecho. No le entregaron el cadáver a la familia, pero una noche don Gregorio y otros familiares sobornaron a unos sepultureros que sabí­an en donde estaba, lo exhumaron y lo trasladaron a un nicho sin lápida.