Conocí al abogado Efraín Aguilar Fuentes por trabajar en el bufete de su hermano menor, el también abogado don Gregorio. Allí también conocí a dos grandes exponentes de la música guatemalteca: Mariano Valverde y Wosbelí Aguilar. don Marianito era pulcro en el vestir y usaba sombrero abarquillado; Wosbelí lo usaba negro y de ala ancha, ladeado. don Efraín se sentaba en el sillón con una pierna colgando sobre el brazo del asiento. Usaba una estilográfica con tinta roja y una firma y rúbrica elegantes.
Era casado con la eximia poetisa Magdalena Espínola y tenía dos hijos, Rafael, ingeniero y diplomático de carrera y Mario, abogado. Radicaba en Nicaragua a donde lo mandó a traer Ubico para que fuera su asesor.
Los cuatro se reunían en la antesala del Despacho y nunca los oí platicar de ningún complot, esa idea se la metió alguien en la cabeza por celos, al dictador en la cabeza, pues había otras aspiraciones presidenciales y consideraba que Aguilar Fuentes le hacía sombra; fue tanta la insistencia que el otro paró dándole crédito… y se inició la persecución política en contra de Aguilar Fuentes.
Don Efraín tenía un hermoso alazán en el cual solía efectuar paseos por la ciudad, no era de estatura muy alta pero se miraba elegante en su cabalgadura, y por ello decían que se quería parecer a Napoleón, esto se agregó, se dijo, a la intriga tejida en su contra.
Como dejo dicho, nunca oí hablar de complots, sino de que él, Aguilar Fuentes, le aconsejaba a Ubico que no se reeligiera a continuación del período que estaba por concluir sino que analizara el primero y así programar uno mejor más adelante. Según decía Aguilar Fuentes, el mandatario ya casi estaba de acuerdo, pero como sucede en estos casos, los otros que medran bajo el ala de quien consideran su protector se unieron a esas intrigas y don Efraín fue a parar a la Penitenciaría Central.
Esa persecución alcanzó a don Gregorio porque don Efraín le encomendó sus asuntos, le asignaron un judicial «oreja», que lo seguía todas partes en el día, y por la noche, había otro en la puerta de su casa. don Gregorio tenía que ir diariamente a mediodía al Primer Cuerpo de la Policía a firmar en un libro, y algunas veces se quedaba detenido hasta tres días, yo tenía que ir a avisarle a su esposa, doña Matilde.
La situación se agravó, a don Efraín lo torturaban en la Penitenciaría para que confesara lo del fementido complot; cuando lo fusilaron tenía tanta vitalidad que hubo necesidad de darle el tiro de gracia. Relatado por presos que vieron el hecho. No le entregaron el cadáver a la familia, pero una noche don Gregorio y otros familiares sobornaron a unos sepultureros que sabían en donde estaba, lo exhumaron y lo trasladaron a un nicho sin lápida.