Con la actual campaña electoral 2011, no me cabe duda que vamos de mal en peor. Si hablamos del período en que la ley la permite, de su financiamiento, de los montos de inversión propagandística, de la colocación de pancartas y hasta con lo que se puede o no hacer para publicar encuestas ha venido siendo una constante burla a las normas, valores y principios que debieran regirla. ¿Qué pasa con el Tribunal Supremo Electoral, que debiera ser el ente regulador o al menos, enmarcar el proceso dentro de la más elemental ética para evitar lo que hemos venido viendo? No dice nada… ¡absolutamente nada!
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El martes pasado, a solo 26 días antes de la realización de la segunda vuelta de las elecciones vemos publicaciones de resultados de una de esas encuestas que no son encuestas. A todas luces una farsa, un engaño o un acto más de la politiquería que nos tiene hasta el copete a los guatemaltecos que, con dos dedos de frente, no nos dejamos llevar por tan burdo embuste. Eso ha llevado a la ciudadanía a dudar hasta de las publicaciones de encuestas realizadas por personas o empresas especializadas en dicha actividad, más aun del procedimiento que se ha seguido, como del número de encuestados y sus márgenes de error.
Para aquellas personas que hemos estado vinculados por una u otra razón a las investigaciones de mercado, no digamos con las de opinión, a primera vista detectamos si se trata de una artimaña o de una verdadera investigación técnica y eficazmente elaborada sin embargo, si bien sabemos las consecuencias que una treta de esta naturaleza puede traer consigo al decir que fulano esté encabezando una encuesta, que dice ser elaborada por una entidad con nombre extranjero, con el respaldo de otra que solo con siglas desconocidas asegura tener representación en diversas comunidades, como de haber realizado otras investigaciones cuyos resultados han resultado acertadas ¿Eso no es igual a poner a un niño a jugar con fuego?
Para nadie es secreto que los ánimos en una campaña electoral se caldean siempre, situación que se ha visto últimamente cada vez más dramática y violenta, hasta llegar a transgredir las leyes con la impunidad que sigue campeando en nuestro terruño. Ahora más que nunca, habiendo pasado de milagro una primera vuelta sin mayores trascendencias, es cuando a las autoridades electorales se les debiera ver un aire con ventarrón, poniendo en cintura a quienes con toda premeditación, alevosía y ventaja podrían provocar una tragedia de imprevisibles consecuencias.
Siempre he sido un crítico acérrimo de la intervención del Estado hasta en las cosas más simples del quehacer ciudadano. Creo que si todos tuviéramos en mente el principio aquel que mi derecho termina donde empieza el de los demás, el mundo entero podría caminar mejor, pero está visto que el jalón de orejas a veces se hace indispensable.