La música sacra de Antón Bruckner I


celso

Para finalizar con nuestra aproximación, análisis y comentarios sobre la música de Antón Bruckner vamos a esbozar algunas de sus obras capitales, en donde todo su genio se revela, su música sacra El Organista de Dios no podí­a dejar de traslucir su genio y religiosidad en las magnas obras sacras, casi desconocidas en Guatemala, apenas apreciadas por los melómanos más refinados Música que es pentagrama digno para exaltar el sonido único de Casiopea, dorada esposa de miel, quien es barco despeñado en mi corazón ardiente y a quien ciño la cintura en la plenitud del alba.

Celso A. Lara Figueroa
Del Collegium Musicum de Caracas. Venezuela

 


Veamos, pues, algunas de estas extraordinarias obras.

Te Deum Laudamus. Te Dominum Confitemur.

Aunque son muchos los compositores que han adaptado el Himno de San Ambrosio, muy pocos son los que como Antón Bruckner han conseguido una adaptación musical que introduzca con suficiente relieve la solemne alegrí­a y la ardiente devoción del texto original Solemne y con fuerza: los coros y el metal se funden al uní­sono (evitando la afirmación modal) en un grandioso comienzo subrayando, por otra parte, por el juego triunfal de los instrumentos de cuerda. Sin embargo, en el cuarteto solista Tibi omnes Angeli, vuelve la ponderación; una piedad más tranquila reina ahora en el coro, el cual canta pianí­ssimo y a dos voces, Sanctus: Sanctus; a la tercera repetición, la masa entera de instrumentos nos revela el milagro de Dios. Por medio de cuasi-silencio. Bruckner expresa la grandeza infinita de Dios y su victoria sobre la muerte. La súplica Te ergo para tenor-solo, expresa con una ingenuidad sublime el ritmo ininterrumpido de la Preciosa Sangre (viola) y el éxtasis de la Redención (violí­n solo), perdiéndose después en la misteriosa resonancia de los trombones. En el Aeterna Fac, se mitiga de nuevo el Solemne y con fuerza, hasta el In Gloria. El canto coral de las mujeres se sucede aquí­ con rapidez mientras los tenores acentúan su uní­sono saltando de octava en octava: un vigoroso a capella termina el pasaje El Salvum Fac tiene al principio un sensible parecido con el Te ergo, adquiriendo su plena individualidad en el Et rege eos (solo de bajo). En el Per singulo diez, se repite el ataque del Te Deum. esta vez con una alusión al modo menor. El coro entona la tranquila y dulce oración Dignare Domine; una inmutable fe se expresa repentinamente en el enérgico Fiat misericordia, encontrando de nuevo la paz y la confianza. Los solistas modulan In Te Domine speravi. Su confiado Non confundar, se repite con una admirable grandilocuencia en el coro, el cual construye una fuga sobre la frase In te Domine speravi. Sigue el eco de un coral mí­stico de las trompas que parece venir de los confines mismos del espacio; como respuesta, el coro trata de imitarlo, murmurando el Non confundar in aeternum. Esta atmósfera persiste en algunos instrumentos de madera, a continuación, los solistas vuelven a entonar el coral de las trompas. Prolongando las notas, las sopranos se obstinan en su piedad y confiesan su fe. Súbitamente, se hace más tranquila esta confesión, estalla de nuevo, terminando en una primitiva y monumental alabanza.

 Misa Número 2 en Mi Menor

Esta obra maestra, la más corta y sobria de las misas de Bruckner es a la vez la más personal y la que más ethos concentra en sí­, por ello se entiende el máximo logro con un mí­nimo de medios.
Su máximo valor es que dentro de la mayor sinceridad y espontaneidad expresiva logra condensar en sí­ ocho siglos de música litúrgica, reviviendo con autenticidad la antigua polifoní­a sacra dentro de una concepción tan rica como moderna en el mejor sentido del término.
Tal vez como ninguna de sus demás obras, en esta segunda misa queda evidenciado el
verdadero «puente» (en alemán puente es Brucke, nombre del cual algunos autores derivan el apellido de nuestro compositor) entre la vieja polifoní­a y el mundo actual.
Por aquella época, otro gigante de la música. Verdi, clamaba regresemos al pasado como un medio de revitalizar y autenticar las nuevas formas, amenazadas con la pérdida de su raí­z original.
Desde otro ángulo, es la prueba más valiosa de la legí­tima herencia schubertiana, no porque el genial vienés hubiese concebido algo semejante, sino porque así­ como Schubert agota y aún supera musicalmente el sentido de la poesí­a que sublima en sus Lied, Antón Bruckner agota musicalmente, siempre espontáneo, transparente, sano, el recóndito sentido del texto litúrgico musicalmente, siempre espontáneo, transparente, sano, el recóndito sentido del texto litúrgico hasta una inimaginable perfección. La música no está al servicio del texto ni el texto subordinado a la música; ambos parecen surgir simultáneamente, enriqueciéndose mutuamente para el logro de una comprensión final, y todo volcado con una sinceridad, con una autenticidad que no admite duda alguna y que pone a Bruckner al lado de los máximos creadores sacros de todos los tiempos