Sin que el alba hubiese despuntado aún, en tinieblas, con todas las luces dentro de la casa encendidas, Papa Có se encontraba vigilante con la puerta abierta, y los tickets en la mano,  daba vueltas alrededor de la canasta y las valijas, mientras tanto, el taxi estaba esperando con el motor en marcha que mama Gela diera la señal de partida, una acción difícil, con tanto equipaje por supervisar, hasta los cirios, y candelas entraban dentro del bagaje, decía mi mama Gela que eran «la representación de las penas acarreadas para depositarlas ante los pies del Señor de Esquipulas», nunca trajo de regreso un rescoldo de esta ofrenda, porque significaba, según ella, regresar las penas a casa.   El taxi continuaba con el motor en marcha, mientras el taxista se paseaba a pie frente al vehículo, de vez en cuando verificaba la hora, en el radio del auto. Recién montados en el taxi, muchísimo antes de llegar a la Estación del Ferrocarril empezaba el rosario de olvidos, pero ya era tarde, ni pensar en dar vuelta atrás al vehículo, así llegábamos a la Estación del Ferrocarril.  Papa Có, presuroso cancelaba la carrera, convenía con el mismo taxista el regreso a casa, dentro de una semana, día y hora señalados.  El tren daba la última llamada, la sensación de subirnos a última hora, alborotaba las mariposas en el estómago.  Con antelación habían sido apartados nuestros lugares por la familia Gordillo, compañeros de viaje y amigos muy queridos de mama Gela y papa Có, esperaban en ascuas nuestra arribo, temiendo que el tren arrancara sin nosotros a bordo. íbamos abrigados y en el transcurso del camino, nos empezábamos a despojar de las prendas superfluas, porque el calor empezaba apretar, en la primera estación empezaban las vendedoras a ofrecer sus productos, los que eran presentados en unos canastos bellamente confeccionados revestidos de servilletas enyuquilladas, que mejoraban con la presentación, la vista del producto a la venta.  Imposible de convencer a mama Gela, de mercar aquella variedad de productos tan apetecibles a la vista.  En el transcurso del viaje, mama Gela iba enumerando a los amigos el procedimiento, desde la adquisición hasta elaboración de las viandas que viajaban a la par de nosotros en el tren.  Los chiles rellenos, la gallina asada, la maleta de frijoles, los huevos duros, el chirmolito de tomate, el pescado a la vizcaína, el arroz con pulpo berberechos y mejillones, los molletes rellenos con manjar blanco, los tecomates con agua clara, el termo de café, y los panes franceses, pirujos desabridos y de manteca envueltos en servilletas típicas de San Juan Sacatepéquez, todas esta mezcla de sabores viajaban en una canasta que llevaría también un frasquito de sal gorda de cocina, otro más grande de azúcar, para endulzar el cafecito.  Frascos, que en su buenos tiempos albergaron cremas de cara, esos eran los tarros en que guardaría las especias mi mama Gela del alma.  El tiempo del viaje de ida y vuelta antes de postrarnos de rodillas ante la imagen del Cristo Negro era mínimo de dos días con todas las paradas de ley en todas las estaciones, hasta llegar a Zacapa, de allí, se alquilaban taxis que nos llevarían ante el templo del Señor de Esquipulas.  Contaba yo en aquellos días con 9 años.  Las carreteras estaban en construcción, de ahí la dificultad de llegar en peregrinación.