El título alude a la figura latina que significa literalmente «se acabó todo». En la forma capitalista, el acto de consumo junto a la posibilidad de ahorro y de pago representa las condiciones básicas para que las relaciones capitalistas se produzcan y de esa manera se reproduzca la renta a través del trabajo. El capitalismo sin embargo, exacerba sus condiciones y tiende a su propia autodestrucción, es cuando ocurre la contradicción fundamental entre el carácter social de la producción y la forma capitalista privada de apropiarse el producto del trabajo. Esa contradicción expresa el profundo antagonismo entre el trabajo asalariado y el capital, entre las fuerzas productivas en desarrollo y las relaciones de producción capitalistas que las encadenan. A medida que se desarrollan las fuerzas productivas modernas, basadas en la gran industria maquinizada, la producción va concentrándose más y más, la división social del trabajo progresa, lo cual lleva a que se amplíen y se intensifiquen los nexos económicos entre las diversas empresas y ramas de la economía. La contradicción esencial se expresa también en la capacidad de consumo que se vuelve pulsión consumista de las clases trabajadoras. Un individuo de clase media trabaja y consume y luego lo hace compulsivamente adquiriendo artículos que no necesita, es el momento en el que ha fetichizado el bien material, al mismo tiempo que el trabajo lo ha especializado como fuerza productiva para su propia promoción social. Ese mismo trabajador se consume así mismo sin saberlo porque el sistema lo expone a la lógica consumista, es cuando todo se acabó.
Ahora bien, en formaciones precapitalistas como la de este país, la pobreza campea y no hay contradicción fundamental de un sistema que no se desarrolló. La negación que si existe es la imponente inequidad que tiene expresiones indignas en la coyuntura que celebra en este mes la cristiandad. Para tal efecto, la maquinaria mediática y publicitaria dispone de todas las armas seductoras y persuasivas que ponen en escaparate, ofertas de felicidad que se venden al contado o en cuotas incómodas. Este tipo de consumo en una realidad de pobreza, no es la consecuencia de la capacidad de compra de un sistema capitalista moderno o desarrollado, es la expresión de precariedad aspiracional o de vacía autoalienación pulsiva, con el cometido de tener para ser o para sobrevivir. Los actos de consumismo que tienen lugar estos días que dan término al año, son expresiones de engaño colectivo y enajenación individual. En este sentido, la pobrería consume lo que puede y se permite el estreno de fin de año; la medianía gasta lo que no tiene porque su capacidad de pago no se basa en posibilidad de ahorro, lo hacen sobre el espejismo de la aspiración y para ello tiene la tarjeta de crédito, pedazo de plástico que ofrece la falsa posibilidad de ser propietario. Finalmente, pudientes y oligarcas no consumen realmente porque su esencia histórica está basada en el despojo y el expolio, por lo tanto no puede haber acto de adquisición de un producto como consecuencia de una dinámica productiva que no está basada en relaciones de producción, y que no ha está sustentado en una fuerza de trabajo. Lo que se puede observar es la estela eterna de un cometa colonial que impactó hace tiempo; sus secuelas están vigente en formas neocoloniales arropadas de democracia, libertad, mercado y demás valores liberales, pero como ya insinué, con profundas ropas interiores de dominación. En realidades como ésta, la contradicción es la siguiente: se vive con la sensación que todo se ha acabado pero con la realidad de saber que casi nada ha empezado. Es en este escenario en el que las personas se sienten «buenas» estos días decembrinos y el chantaje que ocasiona la culpa judeocristiana ofrece la posibilidad perfecta para disponerlos al consumismo.