Relato de un ex pandillero: «Maté a 47 personas directa o indirectamente»


Un ex pandillero relata su experiencia dentro de la gavilla a la que perteneció.

«Maté a 47 personas directa o indirectamente, violé a 15 jovencitas, tuve 78 ingresos a los correccionales de menores y 18 a la de mayores», así­ inicia el relato de un joven que en el pasado engrosó las filas de las pandillas, los grupos delictivos que en Guatemala tienen cerca de 13 mil 500 miembros, y que cada dí­a enlistan a más jóvenes ante la marginación, violencia y falta de oportunidades en una sociedad indiferente.

Mariela Castañon
mcastanon@lahora.com.gt

Un jovencito comenta su experiencia de aprendizaje en Grupo Ceiba.Marco Antonio Castillo, director de Grupo Ceiba.

Según el análisis de las policí­as de Centro Américaamérica, se estima que en Guatemala operan más de 13 mil pandilleros de la Mara-18 y la Mara Salvatrucha. Ambas funcionan por medio de clicas que se concentran principalmente en el área metropolitana de la Capital.

Se estima que esos grupos han proliferado en unos 350 asentamientos urbanos y áreas marginales de El Limón, la colonia Maya, la colonia Holanda, Paraí­so I y II, Lomas de Santa Faz, en la zona 18; así­ como en San Pedro Ayampuc, Mario Alioto, Mártires del Pueblo en Villa Nueva, Mezquital zona 12, Ciudad del Sol y la Limonada en la zona 5, entre otras.

Son varias las causas que explican el fenómeno de la proliferación de las pandillas, entre las que sobresalen la marginación, violencia y falta de oportunidades para el desarrollo, pero son pocas las propuestas de la sociedad para solucionar este problema.

EN REHABILITACIí“N

«Maté a 47 personas directa o indirectamente, violé a 15 jovencitas, tuve 78 ingresos a los correccionales de menores y 18 a la de mayores», afirma un joven ex pandillero de 28 años, quien accedió a hablar para La Hora, pues hoy es un joven rehabilitado y sobreviviente de la violencia, la marginación y el sistema que contribuyó para convertirlo en un pandillero.

Eduardo* relaata que, aunque no justifica sus crí­menes, las experiencias en su niñez y juventud marcaron su vida de forma negativa, dejando hasta hoy secuelas de temor e inseguridad, que una vez se manifestaron en la violencia que infundí­a a sus ví­ctimas cuando era pandillero.

La cantidad de hechos delictivos es la respuesta de sus vivencias y del trato degradante que recibió desde niño, en un entorno violento, donde el protagonista era un padre abusador, indica..

«Primero empezó la formación en mi hogar, mi padre era guardaespaldas del Estado. Llegaba tomado a la casa, a las tres o cuatro de la mañana. Se subí­a a la terraza y empezaba a disparar; me levantaba, me daba a tomar (alcohol) me poní­a a hacer despechadas en piedrí­n y a hacer sentadillas; querí­a que disparara, yo solo cerraba los ojos y me poní­a a llorar», relata.

De acuerdo con Eduardo, en ese entonces viví­a en la colonia El Mezquital, en la zona 12 capitalina; estaba por cumplir los 7 años. Su madre que era testigo de esos vejámenes, pero por su situación de dependencia dentro de la familia no lo defendí­a y nunca se oponí­a a los abusos cometidos por el esposo.

Al cumplir siete años, el niño inició el ciclo educativo en una escuela pública del sector, donde las humillaciones continuaron. Su padre no laboraba más como guardia y habí­a duplicado el consumo de alcohol, la madre asumió la responsabilidad del hogar e inició con la venta compra de latas, prensa y ropa usada para revenderlas y obtener una pequeña ganancia. Sobrevivir cada dí­a era una tarea complicada para la familia.

El joven dice que una de las experiencias más humillantes fue cuando asistió a su escuela descalzo, debido a que sus botas de hule se rompieron. Los otros niños y el profesor se burlaron al verlo: tal fue el extremo que preguntó si podí­a entrar a clase de esa forma.

«Cuando llegué a la puerta, los amigos -que pensé que estaban conmigo porque los defendí­a cuando les pegaban los niños de cuarto- se comenzaron a burlar de mí­, hasta el profesor comenzó a reí­rse, fue tanto lo que me afectó que me puse a llorar. Me metí­ en un hoyo. Desde esa fecha no busqué la escuela, la odié», dice Eduardo.

La vida del joven continuó en un nuevo lugar, en la colonia El Limón, zona 18. Su madre vendió la casa en la zona 12 por necesidad, e invadió un terreno baldí­o; ahí­ encontró a una nueva pareja con quien procreó tres hijos más.

El padrastro de Eduardo se involucró con el crimen, estuvo detenido en la cárcel de Cantel en Quetzaltenango; en medio de los problemas la madre se olvidó de él y sus hermanos; sólo viví­a para su nueva pareja. Los niños sobreviví­an de la caridad de los vecinos.

En El Limón, el joven encontró «buenos amigos» que le regalaban Q5 y Q10 para alimentar a sus hermanitos con pan de francés y azúcar. Aunque no eran pandilleros, sí­i delinquí­an, recuerda.

En medio de la proliferación de la violencia, los 13 jóvenes que formaban parte de esa banda fueron asesinados. Eduardo decidió a los diez años buscar una nueva pandilla en la colonia Atlántida y la prueba de ingreso a la clica fue su primer asesinato. La ví­ctima, un tendero.

«Esa noche me recuerdo que fui a una tienda: maté a un niño de 12 años; le vací­e la pistola en la cabeza. Me fui como si nada caminando y la gran bulla… llegó la ambulancia, pero el joven lamentablemente se quedó ahí­», dice.

Este crimen fue el primero de decenas que engrosaron el historial delictivo de de Eduardo, quien después se dedicó al tráfico de droga en las fronteras y al sicariato por encargo, en el que encontró entre sus principales «socios» a las autoridades.

«Hací­a muchos negocios con la policí­a, con tenientes y coroneles. Incluso trabajaba con autoridades de la frontera de Tecún Umán, yo me querí­a expanderexpandir en el sentido de meterme en el narcotráfico y lo logré», revela.

Asaltos, asesinatos, violaciones y una serie de crí­menes se hicieron frecuentes, tanto que la violencia ya no era un problema para Eduardo, sino una forma de vida.

Ahora, el entrevistado dice que su esposa, hijas y la organización Grupo Ceiba, lo ayudaron a salir del «infierno» en el que viví­a, después de tocar muchas puertas pidiendo una oportunidad de empleo, levantándose y cayéndose, hoy es un joven rehabilitado que busca el bienestar para los centenares de niños, niñas y adolescentes que se encuentran en riesgo.

Eduardo es un talentoso y comprometido con la organización, según sus allegados.. Aprende rápido y dentro de poco concluirá la secundaria. La organización lo aceptó y le da la oportunidad para construir su presente e incidir en el futuro de otros, sin embargo admite que es un blanco perfecto para la pandilla rival, quien lo busca por la muerte de varios de sus integrantes.

SIN OPORTUNIDADES

De acuerdo con la Asociación Grupo Ceiba, las localidades y comunidades marginales de las áreas urbanas se caracterizan por la ausencia generalizada de oportunidades, de educación y de mecanismos convencionales de generación de empleo, por lo que los jóvenes se convierten en un sector vulnerable frente a la inseguridad.

Según Ceiba, por eso muchos de los residentes de estas áreas buscan subempleos, que les genera recursos rápidos, aunque impliquen la comisión de actos ilí­citos.

Marco Antonio Castillo, director general de esta asociación, que trabaja en el tema de la anticipación de la violencia y prevención desde hace 20 años, dice que los problemas que enfrentan los adolescentes de esas áreas se derivan de la violencia y de los orí­genes difí­ciles y marginales donde la situación de vida es limitada.

«Es cierto que la decisión de entrar o no entrar (a la pandilla) está en las manos de ellos, pero muchas veces en mi entender las situaciones son tan abruptas y tan violentas que no tienens otra opción de decidir», dice.

Según Castillo, la exclusión por parte de la sociedad, la estructura familiar resquebrajada, la inexistencia de una figura paterna, el cí­rculo delictivo donde crecen algunos y la falta de recursos económicos, forman parte de las situaciones que inciden en la niñez y juventud en riesgo.

El directivo afirma que aunado a esto, se encuentra un Estado incapaz de resolver y acercar a los más favorecidos con los menos favorecidos.

«Hay gente que tiene que vivir con menos de un dólar al dí­a y su situación de economí­a es totalmente precaria, está encontrando en economí­as negras como en el tráfico de las drogas, el tráfico de armas, la extorsión y la violencia una respuesta aunque no sea lí­cita», opina Castillo.

Según el profesional, cada año en Guatemala ingresan 150 mil muchachos a la vida productiva, de esa cantidad el sistema absorbe a lo sumo a 50 mil, mientras que los 100 mil restantes son vulnerables a involucrarse con hechos delictivos.

PANDILLEROS

La Policí­a Nacional Civil (PNC) da cuenta que hay 413 pandilleros de la Mara 18 detenidos y 134 de la Mara Salvatrucha. Mientras que por lo menos 13 mil están en libertad y lo conforman colaboradores, recolectores de información, «banderas», entre otros.

Los miembros de estos grupos oscilan entre 8 y 30 años, operan por medio de clicas (células criminales) que se dedican a la extorsión, el sicariato, el tráfico de armas y drogas. La pandilla predominante en Guatemala es la Mara 18, pues tiene el mayor número de integrantes, refieren los análisis policiales.

De acuerdo con Marco Antonio Castillo, el Estado y la sociedad juegan un papel fundamental en el tema de las pandillas. Según él no importa la cantidad de pandilleros, sino a cuántos se les puede prevenir para involucrarse con el crimen.

«Debemos estar conscientes que no vamos a caminar si tenemos un Estado débil, es urgente e imperioso el funcionamiento del Estado que debe asumir su función pública, que está obligado a generar bienestar social, donde cada ciudadano tenga derecho a una buena educación, a la salud, no sea expulsado ni excluido por su raza y su credo», dice el directivo.

*Nombre ficticio.

«Esa noche me recuerdo que fui a una tienda: maté a un niño de 12 años; le vací­e la pistola en la cabeza. Me fui como si nada caminando y la gran bulla… llegó la ambulancia, pero el joven lamentablemente se quedó ahí­».
INSEGURIDAD ZONAS DE RIESGO


Estimaciones dan cuenta que las pandillas han proliferado en unos 350 asentamientos urbanos y áreas marginales. Entre éstos se encuentran las colonias:

* El Limón

* Maya, la colonia

* Holanda,

* Paraí­so I y II

* Lomas de Santa Faz

* San Pedro Ayampuc

* Mario Alioto

* Mártires del Pueblo

* El Mezquital

* Ciudad del Sol

* La Limonada