En 1997 se publicó la obra «Hacia una enseñanza Eficaz» escrita por el pedagogo José Bernardo Carrasco. Aunque hay algún criterio sobre la disciplina un tanto conservador, tiene una serie de ideas muy actuales que ofrecen luz en el caminar pedagógico del docente guatemalteco. Algunas ideas dan fuerza, entresacadas del texto favorecen la reflexión frente a la práctica.
LA PRINCIPAL TAREA DEL PROFESOR: Es «Guiar, dirigir, orientar, en suma, gobernar a un grupo de alumnos que se esfuerzan por aprender en la clase, es la tarea primaria y principal de un profesor. Es tal la trascendencia educativa de las clases, que cualquier centro docente que se precie de calidad cuida con especial esmero que se desarrollen en las mejores condiciones de orden y eficacia, pues una clase no sólo es un lugar donde se imparten enseñanzas y se llevan a cabo determinados aprendizajes, sino también, y muy principalmente, es el momento oportuno de promover y desarrollar los valores humanos en los escolares». Hoy se habla del facilitador del docente que acompaña, que ayuda en el proceso de aprendizaje según el CNB guatemalteco.
EL PROFESOR COMO LíDER DE LA CLASE: «Si la calidad de una institución educativa depende en gran medida de cómo se dirijan y enfoquen las clases, de las condiciones de orden y trabajo que se dan en ellas y, sobre todo, de la capacidad de los profesores para estimular el esfuerzo de los estudiantes, cabría formularse varias preguntas: ¿Cómo lograr este ambiente armónico de trabajo? ¿Cómo conseguir que los alumnos se integren en la clase? ¿Cómo promover la disciplina? ¿En qué medida se puede gobernar una clase sin recurrir a los castigos? ¿Cómo actuar ante conductas irregulares? Hoy el ambiente desafía constantemente al docente para que con creatividad, dentro de las difíciles circunstancias, de niños y jóvenes con mucha agresividad, desarrolle su trabajo y motive a sus estudiantes.
La Autoridad del profesor: «La principal fuente de recursos del profesor, la más provechosa, está en él mismo, en su propia personalidad. En efecto, el buen profesor no precisa de un código de reglas disciplinarias para gobernar a sus alumnos, todos le quieren y respetan porque tiene autoridad». «El profesor debe imponerse a sus discípulos no por exigencias de poderío ni por procedimientos coactivos, sino como consecuencia natural de su madurez intelectual y humana, de la ascendencia moral que le proporciona su conducta ejemplar y del liderazgo magisterial que ejerce sobre ellos. La autoridad es más una conquista que el profesor debe realizar por su capacidad, dedicación, entrega, coherencia y madurez mostradas en su trato diario con los alumnos, que con concesión contractual obtenida en virtud de una titulación académica. Esta es la idea núcleo por excelencia, de la reflexión que nos ocupa.
Competencia Profesional: El profesor ha de mostrarse con la competencia y preparación necesarias para salir siempre airoso en su trabajo docente. La experiencia demuestra que los profesores bien preparados son aceptados -y hasta admirados- por los alumnos, y no tienen dificultades para dirigir la clase. Los problemas de orden y disciplina suelen ir asociados a los profesores que no se muestran a la debida altura profesional. Ojo, tener muy en cuenta esta idea que responde al problema que a diario se vive en las aulas de todos los niveles del sistema educativo.
Esta preparación le exige al profesor: Conocer bien su materia, preocuparse por el constante perfeccionamiento profesional, saber-hacer, saber-qué-hacer y mandar-hacer, saber motivar, saber programar, conocer a sus alumnos, ayudar adecuadamente a cada uno, según sus necesidades, ser ordenado y exigir orden. Estas 8 características pueden ser un referente obligado del docente en la escuela.
Finalmente hay 2 características del docente que son indispensables e inherentes al verdadero profesional de la educación:
Primero: Amor a los alumnos: La primera y principal norma de conducta del buen profesor es tratar con cariño y respeto a los alumnos. Para «hacerse con la clase», el profesor ha de establecer unas relaciones cordiales y afectuosas con ellos; de lo contrario, su buena preparación puede resultar ineficaz: ha de querer a sus alumnos, ha de entregarse. El profesor debe crear un ambiente estimulante de comprensión y colaboración, que dependerá en gran medida de su actitud amistosa, paciente y comprensiva con todos, sin distinción. La acepción de personas y los tratos de favor deterioran el ambiente y las relaciones interpersonales.
Los alumnos agradecen, sobre cualquier otra actitud, la comprensión del profesor, porque necesitan atención y cariño, necesitan ser y sentirse queridos. El amor es el primer ingrediente de la vocación de educador, ya que para educar se requieren las mismas disposiciones que para amar: mucha finura, mucha delicadeza, mucho respeto, mucha afabilidad. Donde no hay amor aparece la intolerancia y la falta flexibilidad.
La propia clase preparada y desarrollada con perfección, por lo que supone de esfuerzo, es un acto de amor del profesor hacia sus alumnos de inmenso valor educativo, porque no sólo les trasmite unos conocimientos, sino que se da a sí mismo.
Segundo: Coherencia de vida: «Uno de los daños más graves que se puede producir a los escolares, y que más les puede desconcertar, es la falta de unidad de vida en el profesor: que haya distinción entre lo que dice y lo hace, entre lo que anima a vivir a sus alumnos y lo que él mismo vive. El profesor educa sobre todo con el testimonio de su vida personal, más que la palabra misma». ¡Este es gran reto y gran desafío de la educación y de los docentes!
Carrasco propone en este documento que la educación orientada hacia una enseñanza eficaz tiene varios componentes, el currículum y su estructura, los objetivos, los contenidos, las estrategias de enseñanza, y la acción docente. No descuida el contexto socio cultural, aunque este lo desarrolla muy brevemente. A la familia le dedica menos de dos páginas, lo que significa un enfoque más pedagógico que sociocultural. Ese equilibrio se plantea con mayor fuerza hoy en el proceso educativo guatemalteco, que enfatiza el contexto, pero el análisis del documento que nos ocupa tiene una validez extraordinaria para quienes toman en serio la tarea de educar.