Democracia y progreso económico


En general, la democracia, o modo de gobierno que consiste en que los ciudadanos tienen derecho a elegir a los gobernantes, no implica elegir a los ciudadanos que son más aptos para ejercer el poder público. Por consiguiente, pueden ser democráticamente electos los ciudadanos más ineptos. Puede ser electo, por ejemplo, un Presidente de la República inepto para brindar seguridad pública, o un diputado inepto para legislar, o un alcalde inepto para administrar el municipio.

Luis Enrique Pérez

En particular, la democracia no implica elegir ciudadanos que, precisamente por su aptitud para ejercer el poder público, fomentarán el progreso económico del Estado. No lo implica porque, en el desempeño de esas funciones, los ciudadanos electos, aunque animados por sublimes intenciones, pueden impedir que actúen las causas que provocan el progreso económico, y propiciar la actuación de las causas que provocan el regreso económico.

Dedúcese que un Estado democrático puede ser pobre, y hasta pobrí­simo, y que un Estado no democrático (por ejemplo, un Estado monárquico) puede ser rico, y hasta riquí­simo. Dedúcese también que no hay relación alguna de causa y efecto entre democracia y pobreza, o democracia y riqueza. Y es tan insensato esperar que más democracia (si fuese posible cuantificarla) provoque más progreso económico, como insensato es esperar que más progreso económico provoque más democracia. Y aquella democracia que degenera en el despotismo de la mayorí­a, y declara que el derecho es lo que conviene a esa mayorí­a, y aniquila, entonces, la esencia misma del derecho, obstaculiza y hasta imposibilita el progreso económico.

Puede haber relación de causa y efecto entre progreso económico y, por ejemplo, libertad de producir, intercambiar y consumir; derecho de propiedad privada, certidumbre jurí­dica, y seguridad pública (o certeza de conservar la vida y los bienes); pero jamás relación entre progreso económico y democracia. Es verosí­mil y explicable que así­ sea, porque si no hay libertad de producir, intercambiar y consumir; ni derecho de propiedad privada, ni certidumbre jurí­dica, ni seguridad pública, no habrá progreso económico, aunque haya democracia. No importa que sea una democracia tan perfecta, que el pueblo elija también a los conserjes de las oficinas públicas, o a los ministros de Estado y a sus secretarias.

Es posible, empero, conservar el beneficio de la democracia y, a la vez, reducir el riesgo de ineptos gobernantes dificulten y hasta imposibiliten el progreso económico del Estado. ¿Cómo? Debe ser instituido un procedimiento que le permita a los ciudadanos destituir a los funcionarios públicos democráticamente electos, en el momento mismo en que provocan la ruina económica del Estado, o amenazan con provocarla, o suministran inquietantes indicios de que preparan una catastrófica ruina económica del Estado.

Sin un procedimiento tal, la democracia es más costosa que beneficiosa. Es una democracia para beneficio de los gobernantes y para maleficio de los gobernados. Es una democracia que los gobernados sufren y que los gobernantes disfrutan. Es una democracia que no hay que bendecir sino maldecir. Es una democracia de dóciles rebaños que callan, y de plácidos pastores que gritan.

Post scriptum. La democracia no puede garantizar que serán electos los más aptos para gobernar; pero puede garantizar que los ineptos serán destituidos. Tampoco puede garantizar que serán electos los más honestos; pero puede garantizar que los deshonestos serán destituidos.