Guatemaltecos aprensivos por soltar mucho la lengua


 No es una primicia afirmar que los 250 mil cables diplomáticos de Estados Unidos divulgados en el sitio web WikiLeaks por Julian Assange, han levantado polvo en casi todo el mundo, pero especialmente han provocado un sismo bochornoso en las altas esferas de Washington y podrí­an causar daños a largo plazo en las relaciones de la gran potencia con otros paí­ses; pero no contendrí­an novedades como para detonar una hecatombe mundial.

Eduardo Villatoro

Presumo que los documentos publicados hasta el momento no contienen exageradas sorpresas, porque mucho de lo que se ha leí­do confirma la posición de Estados Unidos en sus relaciones con el resto del mundo, aunque han causado escozor entre algunos jefes de Estado ciertos comentarios impertinentes de la señora Hillary Clinton, Secretaria de Estado, cuando se refiere a la salud mental de la Presidenta de Argentina, o la nota que afirma que el Presidente nicaragí¼ense es financiado por el narcotráfico.

 

En lo que concierne a la polí­tica norteamericana con América Latina, cualquier persona medianamente ilustrada está enterada que a Estados Unidos le convendrí­a que abandonaran el poder los presidentes de Venezuela, Ecuador y Bolivia; que durante décadas ha intentado asesinar al comandante Fidel Castro y que no congenia con otros polí­ticos latinoamericanos que no simpatizan con Washington.

 

En lo que respecta concretamente a Guatemala, qué nos puede asombrar de la injerencia frecuente de Estados Unidos en nuestros asuntos, sobre todo en lo que atañe a la invasión mercenaria de 1954, su participación en golpes de Estado y el apoyo a los represivos gobiernos militares durante la guerra interna.

 

Así­ que no creo que con las revelaciones del WikiLeaks los guatemaltecos vayamos a tener grandes sorpresas, aunque llego a imaginarme que estarán a la expectativa algunos poderosos empresarios, irreflexivos dirigentes de partidos polí­ticos, elevados funcionarios gubernamentales, especialmente de la  maltrecha Cancillerí­a, y hasta simples activistas sociales que conversaron con personal de esa representación diplomática, por lo que comentaron en sus entrevistas y coloquios. 

  

Cada uno de ellos estará cavilando e intentando recordar qué palabras salieron de sus labios, los ademanes que hicieron con sus brazos al momento de intercambiar saludos y en el resto de la conversación en el seno de la Embajada (así­ con mayúsculas). También han de estar pensando si se habí­an lustrado los zapatos, si los percudidos calcetines hací­an juego con el traje de casimir o de poliéster -según la estirpe-, si tuvieron el cuidado de quitarse los pelos de la nariz cuando se rasuraron meticulosamente en la mañana, si tení­an bien anudada la corbata y si el matiz combinaba con la camisa a rayas.

 

Estarán escudriñando en su memoria si después del desayuno se cepillaron cuidadosamente los dientes e hicieron gárgaras con un antiséptico bucal para disimular el mal aliento provocado por los frijoles y los huevos. Similar actitud entre contemplativa, adusta y rememorativa se apreciarí­a en la figura del Primer Magistrado de la Nación al recordar los comentarios que vertió respecto a sus relaciones con el Vice, las confidencias que hizo en torno a la Primera Dama y  las observaciones maliciosas sobre la inclinación sexual de determinado polí­tico.

  

En fin, ahora los chapines que alguna o muchas veces cambiaron impresiones con diplomáticos norteamericanos, estarán pensando si no dijeron una mulada que ahora podrí­a salir a luz, a causa del tal Julian Assange.

 

(El dirigente polí­tico Romualdo Tishudo, atacado por una crisis de grandeza, visita a un psiquiatra norteamericano en Houston, pero al llegar a la clí­nica la secretaria le dice: -El doctor atiende de 3 a 5. El enriquecido chapí­n replica: -No hay problema, voy a buscar dos más y luego vuelvo).