En el transcurso de nuestra existencia conocemos a personas quienes forman parte de nuestra cotidianidad, a veces logramos establecer contacto con ellas y en otras oportunidades no. Sin embargo ellas son encargadas de dar brillo a nuestra cotidianidad.
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Es agradable entrar a un edificio, ante todo, si trabajamos en él y observar que nos encontramos dentro de la dinámica de la vida de otras personas y que éstas también nos hacen partícipes de las suyas. Un buenos días, un cómo está, una plática efímera, una sonrisa, en fin, solo detalles.
Tengo por bien que todos los días al salir de mi casa. Me encuentro con la señora saludadora, ella se encuentra desde muy temprano, haya frío o no, a un lado de la carretera vendiendo panitos, café y atoles. Pero, para cada quien que pasa en su vehículo, ella tiene un saludo, agita su mano, se sonríe y es como un ritual en el cual ella parece desear que nuestro día sea de tranquilidad y paz.
Luego en uno de los semáforos, se encuentra la Flaca, una mujer de aproximadamente 30 años, sumamente delgada, mis hermanas por ello la denominaron así, con un aspecto desaliñado un tantito sucio. Ha ido trabajando como mendiga y cargando con cada uno de sus hijos desde bebés. Solicita limosna, siempre que puede se queda hablando un momento conmigo. Me dice ¿Cómo estás? Ahora sí que no te he visto. Me cuenta cómo sus hijos ya han ido creciendo y estudiando, siempre es muy amable y parece que me considera entre sus amigas. Vive por el día de hoy y solamente el hoy cuenta en su vida.
Cuando compro zapatos, es increíble, elijo una zapatería en Oakland mall en donde Carmencita. Excelente vendedora del lugar, me saca una variedad de lindos pero muy caros zapatos. Ella se interesa de ver como me siento con ellos, sí me quedaron cómodos, sí me gustaron. Ha pasado que a veces los que me gustan me han quedado un tanto flojos. Entonces Carmencita con su ingenio busca plantillas, pero sí me quedan apretados, ella también conoce como ampliar la horma del zapato. Total, tengo zapatos que me quedan grandes y otros que me quedan pequeños, los he comprado con tanto gusto que no puedo culpar a mi vendedora de este descalabre. Total yo decidí comprarlos.
Un día en Miraflores en un kiosco de venta de joyería, yo sin plata, pero, me interesó como siempre un lindo anillo de perla. Su dueño, un joven, atractivo, carismático y excelente vendedor. Me dio a conocer toda su joyería, desde la bisutería hasta la más excelsa. Fue tan animoso para ofrecerme el anillo y después de tanta amabilidad y de que el anillo me decía: ¡cómprame! Sin mucha plata, pero, me lo compré. Fui feliz en ese instante, cuando el anillo fue mío. El joven dueño y vendedor del lugar, después de la compra del anillo me dice: tenga cuidado con él, no hay ninguna garantía por el material del cual está hecho, no es de plata, sino que algo diferente, por lo cual es delicado. Tenga cuidado con que no tome contacto con su perfume, con cremas, quíteselo para lavar sus manos, también el sudor lo puede afectar, en fin, mejor sí no lo usa. Entonces, yo sorprendida lo miro y él se sonríe de lo más campante. Pero, la compra ya había sido realizada y a fin de cuentas, nadie podría decirme que el anillo no era lo suficientemente bonito.
El cuidador de carros, Mario, él me lava y cuida mi carro cuando voy a trabajar y un día me pregunta: ¿verdad que usted y yo somos compañeros de trabajo? A lo que yo me quedé pensando y le respondí que sí. Mario, para que yo pueda trabajar tranquila de que mi carro esté seguro y limpio, lo necesito a usted y al mismo tiempo que yo le doy trabajo, usted me ayuda a trabajar por lo cual esto nos convierte en compañeros de trabajo.
Así podría enumerar muchas más personas que intervienen en la vida de una manera casual, pero, que provocan que ésta se convierta en más humana y más interesante. Gente con una comunicación directa y sencilla sin ninguna otra pretensión más que convivir, buscando presencia en nuestras vidas y aceptando la nuestra.