Una vez al año deberíamos darnos vacaciones en cuanto a violencia se refiere.  Imagínese qué bonito sería: así como nos damos vacaciones, las anhelamos y las urgimos, nos regalamos treinta días sin muertos.  Pero no sólo sin muertos, sino cumplimos con un ayuno de violencia de todo tipo y en todos los lugares, en el cine, la literatura, el arte, los juguetes… en todo.
La propuesta involucraría al cine.  Treinta días sin películas sobre asesinatos, robos, golpes ni abusos familiares.  Se transmitirían solamente películas generadoras de tranquilidad, dibujos animados (sin violencia), documentales (sanos) y propuestas musicales (relajadas).  Sería un mes de nirvana, de conversión, sin estrés.  Por supuesto, cero noticias, o solamente buenas noticias. Información de premios literarios, fechas de exposiciones, visitas a museos y propuestas de juegos (los crucigramas) y chistes.
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En el mundo del espectáculo se podrían prohibir las corridas de toros.  Un mes sin la violencia de la tauromaquia.  Los toros lo agradecerían y los toreros descansarían en sus casas para aprovecharlo con la familia.  Incluso se podría promover la veda: cero cacerías de animales, nada de pesca, ningún deporte que implique muerte.  Por contraparte, se podría estimular la música, la literatura y la subida de volcanes.  Se trataría de hacer ejercicio y gastar las energías de otra forma.
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En ese mes, que podría ser el de diciembre, propongo ahorrarnos los juguetes violentos a los niños.  Santa Claus podría regalar flautas, libros, viajes familiares, ropa y hasta artilugios de video (pero no violentos).  Así sacamos del costal del gordo las pistolas, los soldados, las espadas, las flechas y los disfraces de espías.  Nos volveríamos revolucionarios de la paz, promoveríamos la no violencia y quizá hasta sonreiríamos más y tendríamos más sentido del humor.
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Eso es lo que necesitamos: regalarnos un mes sin violencia.  En esas fechas, los padres tendrían prohibido reñir a sus esposas, amenazar a los hijos e increpar  la muchacha de los oficios de casa.  Se estimularía la visita a vecinos, a la familia, compras a la suegra, un bono especial para mamá, tarjetas postales para las tías.  También la televisión suspendería los anuncios y las universidades prohibirían las tareas académicas.
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Ese mes sería ideal para compartir.  Podríamos bautizarlo como «los treinta días del amor y la amistad».  Regalos para los maestros (hace mucho tiempo que los alumnos no regalan nada.  Ni las famosas manzanas), presentes para la familia, recuerdos para los amigos.  Serían fechas espectaculares para retomar la vieja costumbre de las cartas: tomamos un lápiz y un papel (cero computadoras o máquinas de escribir) y nos ejercitamos en frases de «te quiero».   Podríamos darnos licencia para lo rosa y la nostalgia.
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A cambio de todo este sueño, seguimos amaneciendo con muertos, asesinatos y violaciones de todo tipo.  Por todo esto, si un mes le parece demasiado fantasioso e irreal, le propongo un triduo de paz, unos días de tregua.  ¿Qué le parece los días 23, 24 y 25 de diciembre?  ¿Por qué no, el 30 y 31 de diciembre, más el 1 de enero?  No creo que sea exigirnos demasiado.  Creo que sí se puede.
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