Con la tradición de la Quema del Diablo que se efectuó ayer en la capital y en las diferentes comunidades de los departamentos de Guatemala, se inició el ciclo de la Navidad.
Al respecto de esta temporada, el destacado escritor colombiano Gabriel García Márquez, Premio Nobel de Literatura 1982, escribió una pieza literaria muy hermosa, que de alguna manera, constituye un retrato de lo que son estas fiestas en nuestros países.
Puntualiza que: «Hay tanto estruendo de cornetas y fuegos de artificio, tantas guirnaldas de focos de colores, tantos pavos inocentes degollados y tantas angustias de dinero para quedar bien por encima de nuestros recursos reales…».
Las reflexiones del brillante literato reproducen la realidad siniestra, producto del exagerado consumismo que caracteriza al mundo capitalista. El impacto apabullante de la publicidad es de tal magnitud, que muchas personas se endeudan innecesariamente y hasta llegan al límite de sus tarjetas de crédito.
Cuando en enero vuelven a la realidad, están tronándose los dedos por la falta de recursos monetarios y con una carga muy pesada de obligaciones por pagar. En ese momento se arrepienten de todo lo que gastaron.
García Márquez expone que casi mil millones de cristianos en el mundo creen que el Niño Jesús era Dios encarnado, pero muchos celebran su nacimiento como si en realidad no lo creyeran.
Agrega que: «Lo celebran además muchos millones que no lo han creído nunca, pero les gusta la parranda y muchos otros que estarían dispuestos a voltear el mundo al revés para que nadie lo siguiera creyendo. Sería interesante averiguar cuántos de ellos creen también en el fondo de su alma que la Navidad de ahora es una fiesta abominable, y no se atreven a decirlo por un prejuicio que ya no es religioso sino social».
«Lo más grave de todo esto, añade el Premio Nobel de Literatura, es el desastre cultural que las Navidades están causando en América Latina. Antes cuando sólo teníamos costumbres heredadas de España, los pesebres domésticos eran prodigios de imaginación familiar…».
Pero todo esto cambió en los últimos treinta años «mediante una operación comercial de proporciones mundiales que es al mismo tiempo una devastadora agresión cultural. El Niño Dios fue destronado por el Santa Claus de los gringos y los ingleses…»
Explica que se trata de toda una cultura de contrabando: la nieve artificial, las candilejas de colores, el pavo relleno y varias semanas de consumismo frenético al que muy pocos nos atrevemos a escapar.
Finalmente subraya que «no es una noche de paz y amor, sino todo lo contrario. Es la alegría por decreto, el cariño por lástima, el momento de regalar porque nos regalan…».