La defensa de Carlos Vielmann realizada por los medios de comunicación de Guatemala frente a la acusación en su contra formulada por la CICIG, encontró en la fiscal costarricense Gisele Rivera el instrumento adecuado para atacar a la Comisión y a sus funcionarios, con la intención evidente de restarle credibilidad a su trabajo y minar ante la opinión pública el empeño de luchar contra la impunidad. En medio de la algarabía con que se emprendió esa tarea de zapa, no se dieron cuenta que la principal motivación de la abogada Rivera era, justamente, hundir a Carlos Vielmann y que sus diferencias con Carlos Castresana surgen precisamente de esa obsesión suya por utilizar las declaraciones de Javier Figueroa para demostrar que el entonces Ministro era el principal responsable de acciones criminales durante el gobierno de Berger.
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Fue obvio que aquel apoyo consistente que tuvo la CICIG en los medios de comunicación cuando resolvía casos como el de Portillo o aún el de Rosenberg, se esfumó cuando planteó el caso Pavón porque se estaba tocando a un sector que es definitivamente influyente en los medios guatemaltecos. La acusación contra quien había sido presidente de la Cámara de Industria y del mismo CACIF era intolerable y así se patentizó en los medios de prensa que cambiaron de manera radical su enfoque hacia la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala y que vieron en las declaraciones de la señora Rivera la oportunidad y el momento para hacer añicos la credibilidad de esa instancia.
Si se leen detenidamente las declaraciones ofrecidas por Rivera, la diferencia con Castresana empieza justamente porque el anterior Comisionado no quiso utilizar las declaraciones de Figueroa para procesar a Vielmann por el caso Parlacen que era el que estaba investigando la señora costarricense. Ella sostiene que Castresana tenía componendas con el sector económico del país para proteger a Vielmann y que por eso desestimó su trabajo, mientras que el abogado español sostenía que era imposible basar sus casos en las declaraciones de Figueroa por la participación de éste en los hechos investigados.
Y en medio del maremágnum causado por la controversia alrededor del caso Pavón y del proceso por ejecuciones extrajudiciales, no se reparó en que la señora Rivera lo que buscaba era realmente concretar el golpe contra Vielmann y sus declaraciones fueron utilizadas y reproducidas ampliamente por el efecto devastador que se les atribuía para dañar la imagen y la credibilidad de la CICIG.
Creo que realmente sí lograron su cometido porque el daño hecho al empeño por combatir la impunidad en Guatemala es tremendo y a lo mejor irreparable. Hay que decir, sin embargo, que todo eso no hubiera sido posible si adentro de la misma CICIG no se estuvieran librando batallas por poder basadas en intrigas que contribuyen a minar a la Comisión. De hecho, la señora Rivera es reflejo de esas pugnas internas.
El caso es que para defender a Carlos Vielmann se escogió el camino de atacar a la CICIG de manera sistemática para restarle credibilidad y el instrumento mejor utilizado fue la señora Gisele Rivera quien desde Costa Rica se convirtió en la estrella de la operación. Pero quienes la utilizaron no se dieron cuenta que la principal motivación de ella es una obsesión fija contra Carlos Vielmann, figura principal de todo su empeño y trabajo realizado en Guatemala y a quien se propuso enviar a la cárcel.
Y todos esos ataques, además derivaron en la formalización y aceptación de la renuncia del jefe de investigadores, el abogado colombiano Pedro Díaz, quien había realizado una extraordinaria función en ese cargo, como se demostró con el caso Rosenberg, entre otros.