En nuestra hermosa Guatemala cada cierto tiempo surge un nuevo actor mediático que se rasga las vestiduras por los niveles de impunidad e injusticia en que día a día vivimos. Y es que el ambiente nacional no da para menos. Pero resulta que cuando de darle seguimiento a lo que provocó la indignación se trata, pocas veces se evidencia un esfuerzo real que permita concluir o encontrar un camino que nos lleve a mejores términos y de esa cuenta minar la corruptela que hace gobierno en nuestro país.
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Es decir, y con examinar lo acontecido en el espectro nacional este año es suficiente, que la realidad nos sugiere que las estructuras fácticas de poder no sólo se encuentran enquistadas en las cúpulas estatales -como siempre se dice- sino que, además, tienen sus tentáculos extendidos y posicionados en algunas entidades privadas y muy estratégicas que tienen influencia decisiva en la vida nacional.
Por tanto, se desprende la muy trivial y ya conocida conclusión de que el Estado de Guatemala no es representativo de sus habitantes, sino que, además, «pertenece» a un grupúsculo que no está dispuesto a ceder un palmo para que al fin de cuentas cuaje un sistema al que dicen alabar.
Lo terrible de esta situación es que las organizaciones públicas y privadas cuyo caballo de batalla debiera ser la lucha incansable por obtener la mayor calidad de transparencia en el actuar gubernamental y así también proporcionar elementos que desnuden a los privados que hacen gobierno, derivado que son el poder detrás del trono, ni siquiera podemos decir que se encuentran seducidas o cortejadas por la élite del poder, porque un simple acto de seducción sería algo más sencillo de remover; sino que, por el contrario, están ocupadas y casi de facto perdidas en toda esa maraña que se ha convertido en casi incontenible y que está integrada de una forma que podríamos llamar multisectorial, y es esa mafia que vino para quedarse hasta que seamos capaces de sacudírnosla.
Esos grupos están estructurados de manera tal que cada cual está delimitado a cierta tarea, y eso, que al parecer hacen muy bien, es lo que han desmontado del Estado, pues cada cual se enfoca en un área específica y no están con rodeas de a quién le toca y seguramente si alguien falla en el quehacer no se tiran la pelotita porque saben perfectamente bien quién se paseó en todo.
Pero todo ese desastre en que se ha convertido nuestro país -estoy seguro- no se desarrolla sin su propia contraparte. Pues así como la bailada es de a dos, también hay en nuestro país de aquellas personas hartas de soportar la forma despótica, nepotista y elitista en que se ha administrado el Estado desde hace décadas.
Esas personas, somos quienes no vemos en la actual oferta política -que nunca dejó la campaña- una propuesta seria y acorde a la realidad económica, social, cultural y política de Guatemala. Esos, somos los que vamos creciendo en calidad y ojalá también en cantidad, y pronto, de continuar la forma en que nos gobiernan, estaremos obligados a gritar: «Â¡que se vayan todos!».
Entonces no tendremos que ser mediáticos sino organizados. Además de desechar como herencia el actual sistema.