En los meses anteriores he venido publicando en La Hora fragmentos de mi novela Arias de don Giovanni. Problemas de producción retrasaron su salida de un par de meses. Sin embargo, será lanzada el lunes 29 de noviembre a las 5 de la tarde en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, México, en el Salón Alfredo R. Placencia, planta alta, de la Expo Guadalajara.

La novela será presentada por la escritora guatemalteca Carol Zardetto. En Guatemala la novela circulará en dosis homeopática en los días anteriores a la Navidad, pero se hará un lanzamiento público el viernes 28 de enero de 2011 a las 18:30 hrs en el Centro Cultural de España-Guatemala. Participarán Carol Zardetto y Carolina Escobar Sarti. Posteriormente habrá una presentación en Costa Rica a mediados de marzo.
Arias de Don Giovanni podría resumirse a la historia de un transexual que se enamora de una lesbiana, hasta el punto de ofrecer operarse por ella. Sobra decir que el libro es mucho más que la anécdota, desde luego. Es otra manera, por la vía indirecta y por medio del trasfondo erótico, de confrontar las consecuencias de las derrotas políticas de las izquierdas centroamericanas fines de los ochentas y de la naturaleza de la diáspora centroamericana que, yéndose principalmente a los Estados Unidos pero también a Europa, comienza a mutar afuera del istmo conforme se enfrenta con estilos de vida alternativos y con situaciones de vida muy diferentes a los de la nación de origen. Estas experiencias sueltan sus demonios internos y transforman su comportamiento social de manera radical. La novela traza una genealogía de los experimentos radicales de los 1970s a las guerras civiles de los 1980s, al exilio de los 1990s y el abandono de toda esperanza de volver a vivir en una idealizada comunidad centroamericana. La desesperación resultante conlleva una pérdida de perspectiva con consecuencias catastróficas para los personajes principales. La novela ejerce una complicidad lúdica con el/la lector/a y es un ejercicio voyeurista que aspira a ser transgresivo del actual estado de cosas. Quiere problematizar no sólo la posguerra centroamericana sino también las condiciones sociales tan reaccionarias y provincianas que se encontraban en el trasfondo de las concluidas guerras civiles. Es también una manera de volver a problematizar el pasado reciente por otros medios. Como muchos sabemos, el lado afectivo es el lado más reaccionario de los seres humanos. En sociedades provincianas y conservadoras, podemos decir sin que sea un epíteto que es el lado más fascista. De los espacios afectivos y libidinales emergen las masculinidades energumenizadas capaces de destruir todo a su paso. Las masculinidades que no parpadean en matar, en la guerra o en la paz, con o sin razón, generalmente por el gusto de hacerlo, porque es el único poder del cual muchos sujetos disponen, por la incapacidad de la mayoría por construirse vidas llevaderas dentro de lo que podríamos llamar los parámetros aceptables de la sociedad civil.
Anexo en seguida un fragmento del texto. Será el último a publicarse antes de la presentación del libro. Es una nota exclusiva de La Hora.
Cuando mi madre me preguntó cómo me fue, le dije sentirme urgida de un trago de whisky. Entendiendo al revés lo recién acontecido se sonrió y me dijo que nos fuéramos a tomar uno al bar del Camino Real.
El chofer reapareció como por arte de magia y nos tardamos casi tres cuartos de hora en llegar al Camino Real, distancia que se cubría en diez minutos en sus buenos días. Lo sentí como el viaje de nunca acabar y se me ocurrieron diez mil explicaciones filosóficas acerca de lo recién vivido. El cielo estaba teñido de violeta a pesar de lo temprano. «Es la polución,» dijo mi madre. «Produce colores divinos, ¿no te parece?»
Por fin llegamos. El chofer se detuvo en la entrada principal. Salí del carro aspirando bocanadas inmensas de aire, pensando que si respiraba lo suficiente a lo mejor me moría de todos los tóxicos en el ambiente y podría por fin descansar. Entramos juntas, directo al bar. El único cliente era un caballero bastante guapo de bigotes recortados y pelo negro. Me miró con cierta desfachatez al entrar antes de hundirse en un silencio pensativo. Apenas nos sentamos se acercó el mesero y le pedimos dos Glenlivet en las rocas. Me hizo gracia encontrar este scotch en el país pero ese era el milagro de la globalización. Ya trago en mano y con el calorcito relajante bajando por el esófago nos fue más fácil proseguir nuestra conversación. Los ánimos volvieron a subir.
El hombre me seguía mirando con insistencia. Era moreno, de pelo renegrido. Apuesto, con aire serio, reservado, y unos bailarines ojotes burlones apenas encontrando eco en la comisura de la boca. Me hizo gracia pensar que se había fijado en mí. Con mi madre, mientras tanto, seguimos hablando de cualquier cosa, haciendo reminiscencias de cuando era niña, es decir, niño, de mis primas, de como todo era más fácil antes, de los achaques de la vejez. Después de terminarnos el trago pedimos otro. Más dicharacheras nos bajamos el segundo enseguida. Concluido el rito ya no hablé mucho más. Ella siguió porque era su naturaleza, pero estábamos más bien contemplándonos la una a la otra como si fuéramos dos ciegas tratando de reconocerse haciendo memoria de los palpados rasgos de la cara. Yo me sumergí en un silencio entumecido y mi madre prosiguió con las interminables anécdotas familiares impregnadas de dulce nostalgia como el relleno de las empanadas, empalagosas como los buñuelos de navidad.
-¿En qué pensás?
-En nada. En una amiga chapina, Juana, a quien quise mucho y después desapareció.
-¿Juana? ¿La caulera esa? ¿No es la que se escapó con la famosa «duquesa» a la India?
-No creo- dije sorprendidísima. -Si eran enemigas. ¿De dónde me sale con eso?
-Si salió en el periódico, en la Prensa Libre, hará cosa de meses. Hasta pensé en contártelo pero como ahora ya se me olvida todo, se me pasó. Salieron fotografiadas las dos en el aeropuerto de San Salvador abrazándose como peperechas y decía el pie de la foto que la tal Isabela no se qué, a quien le decían «la duquesa» y estaba perseguida por la justicia, fue vista con su amante camino de la India. Allí ponían el nombre de la tal Juana. Como la trajiste una vez a almorzar a la casa hace ya muchos años la reconocí y pensé, ve pues, la amiga de mi hij…a, escapándose con otra. Después lo comentaron en Telemundo. No te podés imaginar la sorpresa que me llevé. Ya no lo soltaron, ya sabés que agarran esas cosas como chuchos desvalidos con hueso roído. Un reportero hasta llegó a decir que logró hablar con la tal «duquesa» y dijo que le agradecía a tu amiga haber salido de su horrible padre porque él era el verdadero criminal, mientras que ella era inocente. Yo ni sabía de lo que estaban hablando, pero como ya te imaginás cómo son, hicieron mil conjeturas y armaron un relajo de esos que se acostumbran ahora, todo por televisión, chula. No lo soltaron durante días. Cómo han cambiado los tiempos, palabra. En mi época eso no pasaba ni de chiste. Encima dos mujeres, a dónde hemos llegado. El mundo se va a acabar ya mero sin duda.
No encuentro palabras para explicarle mis emociones de ese momento. Era como si estuviera desnuda, en tierra desconocida o bien tuviera la piel como lija. De lo mucho que pensé descubrir en este viaje eso era lo mero ultimito que se me hubiera ocurrido. Pero le admito, eso sí. Solté la gran carcajadota antes de sentir la urgencia de orinar y de lavarme las manos y la cara con agua súper caliente aunque se me corriera el maquillaje. La Juana estaba vivita y coleando pero encima de eso seguía jodiéndonos a todas. Pensé en llamar a la Paula lo más pronto posible, a lo mejor irme hasta Madrid para visitarla, comentarlo con la Luisa y sus damas de compañía, brindar a su salud. Aunque también me quedó la duda de si estar con «la duquesa» luego de la dulzura de Paula era estar viva. Podía ser también una especie de suicidio, una renuncia al amor, una entrega final al sexo como evidencia de su muerte, de una cierta falta de emociones en la idéntica repetición de los mismos gestos, dispersión, perpetua indagación de sus carencias.
Instantes después de que mi madre pidió la cuenta el guapete se paró. Me lanzó una fugaz e insolente mirada de matar y llamó al mesero con insistencia. Señalándome con el dedo le entregó dinero y algo más antes de marcharse. Mi madre estaba tan entretenida contándome los últimos chismes de la familia que ni se enteró.
Cuando nos levantamos el mesero, al tomar la tarjeta de crédito de mi madre, me entregó con discreción una servilleta mientras la distraía a ella. Tenía anotado el número de una habitación del hotel y la sugerencia de subir a la misma a la media noche. Casi irrumpo en más carcajadas pero hice esfuerzos descomunales por contenerme. Cuando le devolvieron la tarjeta a mi madre nos paramos de inmediato. Al salir le di una propina extra al mesero, quien me guiñó el ojo y me susurró al oído «la pasará muy bien, guapa.»
Me sentí lo más halagada que se puede imaginar. Sonreí como si hubiera perdido el control de mi quijada. En mi país de origen, ironía de ironías, desde los guapos hasta los meseros se iban con la finta de mi nueva identidad. Yo era legítima mujer. Me hinché de orgullo y se me vinieron las lágrimas a los ojos.
Antes de dirigirnos al carro tiré la servilleta en el basurero de la entrada no sin antes fantasear que llegaba esa noche al hotel, subía hasta su dormitorio y lograba confundirlo con mi nuevo cuerpo, dándole placer inconmensurable durante el resto de la noche. Al amanecer, el sol se colaba tibio por las persianas de la habitación. El guapetón, de puro agradecimiento, me cantaba «Dalla sua pace.»