El silencio contra el ruido


Lionel Messi, jugador del FC Barcelona, celebra un gol del pasado sábado. FOTO LA HORA: AFP JORGE GUERRERO.

Acabado el partido contra el Almerí­a, Messi se fotografió con un niño, acudió al vestuario local para entregar un saco de camisetas a Fabián Vargas y se recogió en el autocar del Barcelona. Aunque da mucho que hablar, el mejor futbolista del mundo difí­cilmente abre la boca, de manera que normalmente hay que interpretar sus silencios y aguardar a que se exprese con la pelota en el próximo encuentro.


El periodista argentino Leonardo Faccio cuenta en un artí­culo para la revista Etiqueta Negra que el niño Messi ya tení­a problemas de comunicación con su maestra Dómina. «Era muy tí­mido», explica la profesora; «tení­a una amiga que se sentaba a su lado y me transmití­a todo lo que él querí­a decir. Ella hasta le compraba la merienda. Actuaba como la mamá con el nene. Y él dejaba que ella le dirigiera en todo».

A la edad en que todos los niños preguntan, Messi se comunicaba con su maestra a través de una ventrí­locua de seis años, escribe Faccio. Hoy, a los 23 años, su intérprete es Pep Guardiola, su entrenador. La Pulga continúa siendo un niño introvertido al que le puede la vergí¼enza y con el que todo el mundo quiere jugar. Javier Marí­as tendrí­a razón cuando insiste en que el fútbol es la recuperación semanal de la infancia.

Messi nunca ha dejado de ser un niño. «No perdió la alegrí­a de jugar por el hecho simple de jugar», recuerda el escritor uruguayo Eduardo Galeano en una entrevista concedida a Julio Boccalatte y Marcos González Cezer en Página 12; «no se profesionalizó. Juega como un chiquilí­n en su barrio, no por la plata. Cómo se mete, cómo engaña, esa picardí­a que es tan linda de ver en los potreros». Messi siempre ha ejercido de lí­der silencioso.

Fuera del campo de fútbol, la vida de Messi es muy aburrida. La PlayStation ya no le entretiene y le cuesta seguir series como Perdidos. A cambio, le encanta echarse cada dí­a una siesta de dos o tres de horas en el sofá de casa. De él a la cancha, con una cena de por medio, si puede ser con una tira de asado mucho mejor. Así­ discurre la vida del genio Messi, del enano, como le llaman por el trastorno que sufre por la hormona del crecimiento; del mejor jugador del mundo.

Nada que ver con la de Cristiano Ronaldo, un futbolista de un fí­sico exuberante, presumido, figura de la pasarela y pieza especialmente codiciada por la prensa más sensacionalista, siempre acompañado de modelos, exigente con sus abdominales y pectorales, un atleta que cultiva con detalle su cuerpo.

Terminado el encuentro con el Athletic, Cristiano compareció desafiante ante la prensa, orgulloso de haber respondido al triplete de Messi en Almerí­a con otro triplete: «A ver si el Barcelona nos mete ocho el lunes». Messi, curiosamente, nunca ha marcado un gol a un equipo entrenado por José Mourinho y Cristiano Ronaldo jamás endosó un gol al Barcelona en seis encuentros. La diferencia es que el delantero argentino cuenta siete tantos en ocho partidos jugados hasta el momento contra el Madrid.

Nadie mejor que Mourinho para estimular el egoí­smo de Cristiano. Ninguno de los dos necesita la literatura ni tampoco precisan que los demás hablen de ellos, sino que son igual de autosuficientes y propagandistas. Representan el fútbol directo, vertical, pegador y, si se quiere, hasta pugilí­stico. El peor de los rivales seguramente para el juego emocional del Barí§a de Messi. Pocas veces un clásico como el del próximo lunes habí­a enfrentado dos conceptos tan antagónicos y tan bien representados en los banquillos y en el campo.

Mourinho está en las antí­podas de Guardiola de la misma manera que Messi y Cristiano no se parecen en nada, salvo en su voracidad ante la porterí­a contraria. El silencio frente al ruido. En una Liga de dos equipos, más que a puntos, los dos grandes del fútbol español compiten a goles por deseo de sus mejores figuras.