Los obispos y la pena de muerte


La función de los obispos no es la de quedar bien con las corrientes de opinión pública, sino enfatizar la posición de la Iglesia y en el tema de la pena de muerte; la Conferencia Episcopal de Guatemala justamente hizo eso ayer cuando en un comunicado pidió al Congreso que de acuerdo con nuestro ordenamiento constitucional, proceda a derogar el castigo capital.


Durante muchos años la Iglesia apoyó la pena de muerte y, más que eso, hasta la implementó cuando la Santa Inquisición aplicó el máximo castigo a quienes condenaba por actos de herejí­a. Sin embargo, de acuerdo con las corrientes modernas del derecho penal y como resultado de una cada vez mayor convicción del derecho a la vida, ha cambiado su postura y en el último catecismo se refleja esa visión diferente. No dejaba de faltar congruencia entre una Iglesia que se decí­a defensora del derecho a la vida en temas como el del aborto y que, sin embargo, avalaba la pena capital a pesar de las evidencias cientí­ficas e históricas de que es un castigo exagerado, que no resulta disuasivo y que muchas veces, demasiadas en verdad, se aplica a inocentes o a personas que no contaron con adecuada defensa penal.

Si se tratara de popularidad, la Iglesia hubiera tenido que valar ese castigo ampliamente favorecido por una sociedad como la nuestra, agobiada por la criminalidad y por la impunidad con que actúan los asesinos. Tanto es así­ que el tema se ha convertido en un instrumento de propaganda electoral porque hay partidos que quieren basar su campaña en la promoción de la pena de muerte como solución al problema de la violencia. Pero ni doctrinariamente ni desde el punto de vista práctico se puede sustentar ese criterio porque los hechos y las estadí­sticas demuestran que no es solución.

En muchos campos de la vida humana la Iglesia tiene que adoptar posturas que no son las más populares ni las que más atraen, por ejemplo, a la juventud. Pero no tiene otra cosa que hacer porque no se trata de quedar bien, sino de hacer bien, y para ello debe mantenerse firme en principios. En el caso de la pena de muerte no es una actitud dogmática sino producto de la razón y reflexión como se demuestra con el cambio histórico de postura que tuvo el catolicismo y eso hace mucho más respetable su absoluta definición.

Nos parece encomiable la clara y definida actitud del Episcopado Guatemalteco que coincide, justamente, con la visión que La Hora sustenta respecto a esa materia tan controversial y delicada.