Si bien es cierto, da mucho gusto ver tras las rejas o huyendo como ratas a delincuentes de cuello blanco (los que tradicionalmente han sido intocables por sus credenciales familiares o económicas), no debemos permitir que se escapen de las bartolinas. Hay que llegar hasta las últimas consecuencias para que reciban su merecido y el reino de la impunidad empiece a parecernos cosas de un pasado de infeliz memoria.
           En el pasado, ya se sabe, sólo los pobres iban a las cárceles. Los roba gallinas, los carteristas, los empleados de cuarta categoría, atestaban las galeras. Jamás un solo banquero, nunca un empresario, imposible un político. Ellos se protegían entre sí, como los militares, para escapar de la justicia. Se iban con los millones y formaban parte de la raza escogida de Yahvé.
           Afortunadamente, Dios bajó (no sé exactamente cuál) y de un día para otro, por medio de la CICIG y otras instancias valientes del país, se comenzó a ver a los escogidos del destino en alas de cucaracha. Los «buenos» -como ellos se autollamaban hipócritamente- empezaron a mostrarnos sus plumeros. No eran tan cándidos como aparecían recibiendo con humildad la Eucaristía (al estilo de Pinochet), eran auténticos villanos, lobos con piel de ovejas, delincuentes de altos vuelos.Â
           La evidencia estaba a la vista. Saqueaban bancos, tenían negocios oscuros con el Estado, defraudaban al fisco, mal pagaban  a sus empleados, traficaban niños, negociaban armas, vivían de las drogas y tenían sus propios ejércitos. Se organizaban para imponer la ley y el orden (el suyo propio). Disfrutaban del tiro al blanco eliminando, según ellos, a los indeseables, la basura, los malparidos. Eran la viva imagen del Dios rencoroso y miserable que aprendieron en las catequesis de sus parroquias exclusivas.
           Como ellos se sentían los predilectos del cielo, ahora les cuesta aceptar que son «humanos, demasiado humanos», como los demás, y que las cárceles también les pertenece. Por eso lloran frente a la justicia. El llanto no es producto del arrepentimiento, sino del sentirse humillados, bajados de nivel, despreciados. Para ellos, eso de la justicia no les cuadra. La simetría es con otros, los puros tienen un lugar lejos de este mundo.Â
           Y como ven que las cosas cambian en Guatemala, los bandidos gestionan nuevas nacionalidades. Ahora se van a Austria, España, Suiza, Italia. Reclaman un nuevo mundo porque este ya no es el suyo.  De cuando acá perseguirlos. Este país se ha vuelto loco.  Huyen como ratas a mendigar impunidad y así se delatan ya no sólo como delincuentes de baja catadura, sino también como cobardes.Â
           Con esas acciones esperan que les llegue la muerte y que sus hijos con el tiempo olviden sus miserias. Pero, como decía al inicio, no debemos permitir que la justicia no les alcance. Lejos de nosotros los Pinochet (cuya muerte fue su salvación), nunca más los Ríos Montt (ícono de la impunidad nacional).