Al nada más recibir copia del Informe Nacional de Desarrollo Humano para el período 2009-2010, busqué los indicadores escolares para ver el impacto de programas de transferencias condicionadas que tienen la finalidad de incentivar el envío de los niños a la escuela. Sin embargo, me llama poderosamente la atención que los logros del lustro de 2005 al 2010 no se acercan, ni remotamente, a los que reflejan las cifras para el período 2000 al 2005.
ocmarroq@lahora.com.gt
La tasa neta de escolaridad para el nivel preprimario pasó de 37.3 por ciento en el año 2000 al 47 por ciento en el año 2005. Para el año 2010 aumentó apenas al 49 por ciento según el informe, lo cual demuestra que mientras en el primer lustro hubo un incremento porcentual de casi el 10 por ciento, en el último apenas fue de dos. En educación primaria el aumento fue del 85.4 por ciento al 93.5 por ciento en 2005, mientras que en esta última apenas se incrementó en 1.8 por ciento.
En el nivel Básico el año 2000 tenía un índice de 24.7 por ciento, mismo que aumentó al 33.2 por ciento para el año 2005. Para 2010 el indicador llega al 37.2 por ciento, lo que evidencia nuevamente menos incremento porcentual y en el Diversificado del 15.4 por ciento pasó al 19, para alcanzar apenas un 20.1 por ciento en este año.
Ciertamente los programas sociales no tienen efecto inmediato, pero si en alguno se debiera medir de manera inmediata el resultado es en el de las transferencias condicionadas de Mi Familia Progresa porque el mismo tiene como fundamento incrementar la asistencia escolar en los distintos niveles educativos. En otras palabras, no puede haber transferencia si los niños no van al centro educativo y eso tenía que haber producido un cambio mucho más importante y significativo en los indicadores.
No quiero con esto decir que los programas no funcionen o que sean un desperdicio de recurso. Quiero decir que no están bien administrados ni supervisados, puesto que en otros países han dado resultados inmediatos en el aumento de la escolaridad.
En otras palabras, hay razones para pensar que este programa no está siendo manejado de manera adecuada y que más que buscar que los niños del interior vayan a las escuelas, lo que se busca es el clientelismo político que anula por completo la eficacia de los programas sociales.
Y es apenas un indicador, pero es seguramente el más importante porque hoy por hoy es el único que nos permite hacer un balance sobre si están funcionando adecuadamente los fondos. En los otros, como Comedores Solidarios o la Bolsa Solidaria, no hay forma de medir de manera concreta el impacto que tienen, pero un programa que está diseñado específicamente para ayudar a las familias a cambio de que sus hijos vayan a la escuela, tendría que haber tenido un impacto mucho más marcado que el incremento que se notó en el primer lustro de esta década, cuando no había transferencia alguna ni las familias recibían beneficio por enviar a los hijos a la escuela.
Ya dirán que las cifras anteriores fueron manipuladas por los gobiernos de Portillo y Berger, pero el caso es que en un informe del fondo de Naciones Unidas para el Desarrollo aparecen tal y como las reproduzco. En la página 317 del informe está el anexo estadístico y es justamente en el cuadro 1.1 donde aparecen esas cifras.
Siempre dije que la falta de transparencia era un atentado contra la solidez de estos programas, puesto que resulta que no tienen respaldo en resultados concretos. Hoy por hoy el único en realidad medible sería un notable incremento de la escolaridad, pero ni por asomo se acercan a los logros de antes.