Esta mañana leí la esquela del abogado y notario Miguel íngel Andrino Diéguez, a quien conocí en la Municipalidad de Guatemala al principio de los años setenta, cuando era parte del Departamento Jurídico en la administración de Manuel Colom Argueta. Junto a Alfredo Balsells Tojo y al licenciado César Castro, tenían su bufete en la sexta avenida «A» de la zona 1, justamente en el sector preferido por los abogados de esa época en la que el centro era aún importante en la actividad profesional y comercial.
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Posteriormente Miguel íngel fue Director de Servicios Públicos, un cargo delicado en el que había descollado el buen amigo Rolando Andrade Peña, asesinado luego del terremoto de 1976 por su dedicación y entrega con las víctimas de ese desastre natural. Aficionado rojo de corazón, Andrino fue directivo del Club Deportivo Municipal durante unos ocho años en los que el equipo alcanzó posiblemente sus mayores éxitos históricos en una época realmente dorada. Fui su compañero en esa directiva, junto a Gilberto Cristales, el Padre Antonio Gómez y una serie de profesionales empeñados en el engrandecimiento del Club Municipal de Fútbol. Tras el asesinato de Manuel Colom Argueta en tiempos de Lucas, le correspondió a Miguel íngel asumir la difícil responsabilidad de la Secretaría General del Frente Unido de la Revolución, tarea en verdad inmensa que estaba fuera de proporción para cualquiera porque no sólo había que llenar un espacio tan inmenso, sino que además muchos de los dirigentes del movimiento habían sido también asesinados y otros tuvieron que buscar el exilio para resguardar la vida. Poco comprendido en ese momento por los seguidores del FUR, no se entendió que era prácticamente imposible el éxito de la aventura en condiciones de tanta adversidad. Tras esa experiencia, Miguel íngel se refugió en su oficina profesional y se dedicó por completo al trabajo de Abogado y Notario. Ya para entonces el deterioro del centro había pasado factura y junto a Castro, a Balsells y a Roderico Segura, habían comprado una espaciosa oficina en el edificio Plaza del Sol de la zona 9 en donde muchas veces tuvimos largas y amenas tertulias con los referidos profesionales que siempre estuvieron y han estado (Segura y Castro que son sobrevivientes) pendientes de los problemas del país y preocupados por el curso de los acontecimientos. El día del sepelio de mi padre llegó a la misa de cuerpo presente el también abogado Jorge Mario Andrino Grottewold, hijo de Miguel íngel, y al preguntarle por la salud de su papá me comentó que se había deteriorado mucho y que estaban preocupados porque había tenido una complicación en esos días. Una o dos semanas después me habló Américo Cifuentes Rivas para invitarme a formar parte de la Asociación Adolfo Mijangos López, organizada en memoria a quien fue mi maestro en la facultad de derecho y muy apreciado amigo. Hablamos de esa generación de «viejitos», me dijo Américo, que ya se habían sumado a la lista de fundadores y le pregunté si había hablado con Miguel íngel. Creo que después de la plática, Américo trató de comunicarse con él pero ya no fue posible. Miguel íngel fue miembro de una generación de revolucionarios comprometidos con el pensamiento socialdemócrata que floreció bajo el liderazgo de Manuel Colom Argueta. Con nostalgia vemos que se va desgranando esa valiosa mazorca que en su momento fue una esperanza para la construcción de la democracia en el país, pero que fracasó ante la barbarie que declaró la guerra a muerte contra la inteligencia. Hoy Miguel descansa en paz luego de una vida agitada y no siempre bien comprendida.