Por Juan B. Juárez
El próximo martes se inaugurará en la galería El Túnel la exposición titulada «Tiempo prestado: fortalezas y esperanzas» de Alfredo Ceibal, guatemalteco autodidacta que se formó como artista en Nueva York, ciudad en la que ha desarrollado la mayor parte de su obra, mostrada y conservada en espacios públicos significativos, galerías y museos prestigiosos y proyectada desde allí a importantes eventos artísticos a toda Latinoamérica.



Quizás lo cautivante de la pintura de Ceibal provenga de cierta ingenuidad pictórica y poética que se conserva intacta como núcleo de su proceso creativo, al cual se suman una gran cultura literaria, la impactante vitalidad artística de Nueva York y, sobre todo, la conciencia lúcida %u2014y la vivencia%u2014, propia del migrante, sobre la inestabilidad y transitoriedad de los escenarios en los que transcurre la vida. De esa cuenta, su pintura, aunque enraizada en una Guatemala tenazmente aferrada a sus sueños, logra calar profundamente en temas de interés humano universal, con cierta pureza de sentimientos, claridad conceptual e indudable originalidad formal y expresiva.
La muestra «Tiempo prestado: fortalezas y esperanzas» es un buen ejemplo de ello. Más que la exposición de una colección de cuadros para ser admirados, al artista le interesa crear un ambiente propicio para la reflexión sobre el «estado ecológico de nuestro tiempo». Y, en efecto, con un conjunto de objetos artísticos diversos y autónomos pero que convergen sobre el mismo tema, Alfredo Ceibal crea una atmósfera en la que es posible meditar sobre la precariedad de la propia existencia en los bordes de una naturaleza y de un planeta llevados los límites de su extenuación y agotamiento. Como conjunto y como atmósfera, se trata del mejor arte conceptual, pues introduce al espectador en la interioridad de una idea que de esta manera se experimenta como meditación íntima y no simplemente como una instancia intelectual frente a un tema externo y vitalmente ajeno. Pero, además, independientemente del conjunto, cada uno de los objetos «sumergidos» en esa atmósfera tiene su propio valor estético: son la expresión lúcida de un artista sensible y creativo que trata de poner en la conciencia del espectador una inquietud y una actitud sobre el tema de nuestro tiempo.
Aunque, como repito, para crear ese ambiente Ceibal también haya recurrido al convincente poder sugestivo de la instalación, de los objetos intervenidos y de los textos reflexivos, en esta oportunidad quiero comentar exclusivamente sobre su «pintura translúcida» en la que se transparentan todas sus intenciones conceptuales y expresivas. Ociosamente podría decirse que se trata propiamente de dibujos de cuyas líneas emana, sin embargo, una pálida coloración verde que no alcanza a cubrir el espacio propio de los objetos, las escenas y los escenarios dibujados, pero es precisamente en la debilidad y la palidez de esa coloración donde reside parte del «impacto» expresivo de una obra que es, por lo demás, conceptual.
Diremos entonces que se trata de paisajes o más exactamente, de un solo paisaje mental que integra en su interminable ritmo lineal escenarios rurales y urbanos como partes o segmentos de un todo continuo. Es más, si leemos ese único paisaje, largo e interminable, como un texto, es decir de izquierda a derecha, o como las imágenes sucesivas de un filme, descubriremos que, en ambos casos, el paisaje se vuelve narrativo. Pero la historia que cuenta no es la de los seres humanos sino la de la transformación del paisaje mismo como escenario de vida: desde el campo y las colinas, las casas campesinas y los poblados rurales, los caminos y las carreteras hasta la gran ciudad industrializada.
Que en tal paisaje mental no aparezca la figura humana no quiere decir que éste no haya sido tomado en cuenta. Al contrario, es, como destino de ese paisaje narrativo, su principal protagonista. No se olvide que se trata de la «idea» de un paisaje, no en el sentido platónico del término, sino en el de gráfica de un esquema mental: la idea clara que el artista trata de expresar y comunicar a otras personas. Aquí el comunicar tiene otras connotaciones: es la idea dentro de la cual el artista trata de introducir al espectador, es la idea que el artista quiere que el espectador piense como propia. Entonces, el paisaje conceptual de Alfredo Ceibal no se propone como espectáculo sino propiamente como experiencia reflexiva.
Claro, este comentario no puede suplir la experiencia que va implícita en las intenciones de «Tiempo prestado: fortalezas y esperanzas», por lo que recomendamos su visita. (Fotografías de José Manuel Mayorga)