Economí­a polí­tica


El eterno debate del huevo o la gallina, se aplica al debate economí­a o polí­tica. Hoy a las puertas de nuevos debates de trascendencia nacional, llegó el momento de situar a la persona en el centro de la acción polí­tica porque son las personas quienes protagonizan el avance de la sociedad. No debemos creer y menos confiar en paternalismos que ahogan la capacidad de las personas. Por el contrario, tenemos que creer en el desarrollo libre de cada ciudadano buscando que su prosperidad genere el bienestar de toda la sociedad.

Mariano Rayo
Diputado Unionista

Declarar que la economí­a debe estar al servicio de la polí­tica, es decir que la economí­a tiene que estar al servicio de las personas. En este orden de ideas, es tarea fundamental el rescate de la polí­tica como una acción polí­tica permanente, bajo los principios y valores que nos inspiren y frente a la realidad que nos exige.

Hace poco más de tres quinquenios se declaró el fin de la historia, y con ello, el menosprecio a la polí­tica y la exaltación de la codicia y el dinero, como factores únicos del bienestar humano. Sin más, se aceptó y toleró, que todos los intereses nacionales se supeditaran al quehacer económico, subyugando a las personas a los criterios de la racionalidad económica.

Hoy, la realidad exige una revalorización del quehacer polí­tico, una regeneración de la polí­tica, como única forma de volver a centrar en la prioridad de las cosas a las personas y a las instituciones. Seguir desmantelando la polí­tica, es acentuar la privatización del poder y la fuerza, lo que en otras palabras significa, seguir supeditando la polí­tica a la economí­a, con las consecuencias que se conocen.

La polí­tica es la única forma de actuación del ser humano que puede evitar las regresiones a luchas superadas, la cancelación de los logros alcanzados o la colocación del interés particular sobre el general. Así­, no se puede permitir que el poder polí­tico se supedite a otros poderes de facción o grupo, o mucho menos a un interés económico particular. Es imprescindible evitar que el interés general se postergue frente a intereses de coyuntura.

La polí­tica es la más elevada actividad del hombre porque su fin primordial es la conducción armónica de la sociedad. La polí­tica ofrece la posibilidad de modelar la realidad a través de los ideales y las ideas. Es también la conciliación de intereses para alcanzar la concordia social y nacional.

El poder polí­tico no es un fin en sí­ mismo, es instrumento para crear una patria más libre, más justa, más democrática y más equitativa.

Para hacer polí­tica en la Guatemala del siglo XXI, la congruencia, la honestidad, la lealtad, el espí­ritu de servicio, la responsabilidad, el orden y la disciplina son valores indispensables.

Pensar el poder es pensar la polí­tica, es reflexionar y analizar el Estado como la expresión más acabada que brinde oportunidades e incremente capacidades de la ciudadaní­a para que cada persona escoja el tipo de vida que valore.

La polí­tica es acuerdo, es instrumento para la representación de aspiraciones, diseño de ví­as, medios y acciones que integren los anhelos diferentes y a veces en conflicto de la sociedad.

El poder por su parte, debe ser concebido como la capacidad para la conducción polí­tica, la cualidad para que las decisiones puedan ser llevadas a la práctica, mientras que el Estado debe ser definido como la expresión de la sociedad polí­ticamente organizada, el espacio de la acción del poder, desde el que se orientan los destinos de la sociedad. Por ello el Estado es, a la vez, orden y movimiento.

La tarea de gobierno es asumir la acción del régimen polí­tico para emprender y realizar programas, polí­ticas y cumplir sus fines, definiendo la gobernabilidad como la capacidad de acción efectiva en el marco de la división de los poderes y de su interacción armónica.

Lo reitero, hay muchas formas de participar, pero sólo única de incidir, es la polí­tica. En este sentido concluyo con un llamado a la polí­tica: Resulta mucho más sensato dirigir todas las energí­as disponibles en una economí­a a mejorar su resultado, que desgastarse en permanentes luchas distributivas y apartarse del único camino fructí­fero que es el de incrementar el producto nacional.