El tema electoral está ya presente entre los guatemaltecos y poco a poco los ciudadanos nos vamos involucrando en el mismo expresando nuestras inclinaciones o preferencias, confiando por enésima vez en que ahora la suerte sea propicia para el país y que quien resulte electo sea alguien que, al fin, no defraude las esperanzas y pueda convertirse en el timonel que marque un rumbo correcto para la Nación.
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Ese espejismo, sin embargo, nos ha encandilado a lo largo de muchos años porque en el fondo no queremos entender que el futuro del país no depende de una persona sino de nuestra propia participación y compromiso. Cada elección extendemos un cheque en blanco más que un mandato y por eso los gobernantes se aprovechan de un sistema que fue diseñado para alentar la corrupción y el enriquecimiento ilícito, sin ocuparse realmente de ejercer un liderazgo positivo y con la autoridad moral suficiente para articular grandes consensos que son indispensables para encarar los desafíos que plantea la necesaria transformación de las estructuras nacionales.
En el horizonte nacional yo veo más de lo mismo y no me hago ilusiones con ninguna de las alternativas porque de una u otra manera se trata de ofertas similares que no buscan sino alcanzar el poder para satisfacer ambiciones personales pero no hay una fuerza política nacional con clara visión de lo que hay que hacer para convertir al nuestro en un Estado eficiente, capaz de involucrar a los sectores sociales en acciones que sean el punto de partida para construir una Guatemala en la que prevalezca, de entrada, el estado de derecho que nos convierta a todos en iguales ante la ley.
Sostengo que el país no cambia porque el circo de cada cuatro años nos entretiene de tal manera que nos da esperanza y crea ilusiones de que tal vez ahora sí llegue al poder la persona capaz de hacer las cosas bien. Pero resulta que cometiendo los mismos errores vamos a tener los mismos resultados y el mayor problema que tenemos los ciudadanos es que caemos de pendejos con el canto de sirena de quienes ofrecen el oro y el moro para comprar votos sabiendo que una vez en el poder no tienen por qué ocuparse de la rendición de cuentas que sería consecuencia natural de un mandato.
Allí tenemos el ejemplo de este gobierno que tuvo un claro mandato en las urnas para combatir la violencia con inteligencia, de acuerdo a lo que ofrecieron en campaña, y sin embargo en ese campo el fiasco ha sido mayúsculo porque se cuentan por miles los muertos a lo largo del período presidencial y el mayor consuelo que podemos tener es que la tasa de crímenes contra la vida pueda disminuir de 16 a 14 diarios, resultado que tiene que verse como muy alentador dado que a lo largo de los primeros años del mandato de Colom la cifra se disparó exponencialmente.
Y todos los electores sabemos que el mensaje que nos llega por medio de la propaganda está envuelto en el dinero que ponen financistas que apuestan a realizar jugosos negocios a lo largo de los cuatro años del período presidencial. Dinero que es determinante para ganar elecciones y que, por lo tanto, se convierte en pieza fundamental de los compromisos que tienen que hacer los políticos y que, desde luego, anteponen los intereses de los financistas a los intereses del país.
Todo eso es sabido aun por la gente que pueda tener menos conciencia y formación política, pero todos al final de cuentas caemos en el circo de enfrascarnos en la contienda electoral con la ilusión de un cambio que, por sentado debe darse, no vendrá como resultado de las próximas elecciones.