Una aproximación al tema de la violencia deja en claro la riqueza conceptual que existe a su alrededor. Los libros suelen abordar, con todo, los mismos tópicos: estadísticas, definiciones, características, causas, efectos, remedios y un etcétera que no suele ser muy grande. En esta nota quiero abordar algunos puntos que pueden ayudar a clarificar el fenómeno.
 En su libro «Understanding violence», Elizabeth Kandel Englander, indica que todo comportamiento agresivo puede dividirse en dos diferentes tipos: la agresión instrumental y la agresión hostil. La primera, se refiere a aquella que tiene como propósito alcanzar propósitos determinados. Por ejemplo, dice, golpear a una mujer en la cabeza con el propósito de robarle. Aquí el motivo no es golpearla, sino alcanzar un objetivo.
En contraste, la agresión hostil se acerca más a la definición de violencia en sentido estricto, pues tiene el propósito de dañar (por sí misma) física o psicológicamente a otra persona. Según la autora este comportamiento difiere al de los animales, en la medida en que éstos parecen tener más bien una agresión instrumental.
La violencia es perversa desde cualquier punto de vista que se analice y las consecuencias son variadas: desde los psicológicos (el sufrimiento de la víctima y los costos emocionales en la relación familiar) hasta los económicos. Estos últimos, a menudo se ignoran y en consecuencia se pierde de vista el gasto social en el que se incurre.Â
Para Kandel Englander los costos generados por la violencia son: 1. Pérdida de la productividad ocasionada por las heridas o golpes; 2. Gastos por servicio de salud mental; 3. Gastos en atención médica; 4. Gastos en servicios policiales, sociales y de investigación; 5. Apoyo financiero a las víctimas (los generados, por ejemplo, a través de asistencia pública); 6. Gastos por la persecución o encarcelamiento de los ofensores.
Como se ve, la violencia no es un negocio para la sociedad pues provoca un desgaste innecesario en el que todos salimos perjudicados. ¿Qué sentido tiene en Guatemala que, como informó un medio escrito, cerca de 46 jóvenes (incluyendo niños) mueren mensualmente por diferentes causas, entre las que se encuentran la violencia intrafamiliar, el crimen organizado y el narcotráfico, entre otros? Los datos son espeluznantes e irracionales si se analiza desde la perspectiva presentada. Al 13 de julio de 2010, 312 niños, niñas y jóvenes murieron a causa de la violencia. La mayor parte, dice el diario, por heridas de bala o por arma blanca, entre otros casos como el estrangulamiento o accidentes de tránsito.
Marcia Muñoz de Alba Medrano, en su libro «Violencia social» también se espanta por el fenómeno y en busca de una explicación cita a Lipovetsky: «estamos viviendo un nuevo estadio de la historia del individualismo humano, llamado narcisismo». El yo es el centro de la atención, aunque haya un vaciamiento del mismo, al convertirse en «un espejo vacío a fuerza de informaciones, una pregunta sin respuesta a fuerza de asociaciones y de análisis, una estructura abierta e indeterminada que reclama más terapia…» Así el hombre es invadido por una sensación de vacío, un malestar difuso, una incapacidad de sentir los seres y las cosas, surgiendo una nueva ética hedonista y permisiva y un narcisismo que se encierra sobre sí mismo.
Como van las cosas, quizá tenga razón Fromm cuando reconoció en la violencia una señal inequívoca de nuestro «síndrome de decadencia».