Paulatinamente se está poniendo el dedo en la llaga: uno de los aspectos a dilucidar, pero más sombríos, más oscuros, quizás hasta más tenebrosos lo constituye la fuente de financiamiento a las organizaciones políticas. Los más variados compromisos que se derivan de tales aportes, constituyen las dudas más que razonables. En consecuencia el estado de impunidad hoy tan deplorado, tiene garantizado un entorno óptimo de sobrevivencia, en tanto esto no quede aclarado. El callejón hacia el que la sociedad guatemalteca en su conjunto se enfila, no tiene aparente salida. Todos de alguna manera seremos responsables. Unos más, otros menos; pero todos al fin y al cabo estamos metidos en esta nave que llamamos Guatemala y somos responsables.
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Hace unas semanas intenté explicarle a un grupo de dirigentes sociales, mi percepción sobre la compleja situación en la que nos encontramos inmersos. Enfaticé en la necesidad de inmiscuirse en la actividad político-partidaria para intentar paliar y en el mejor de los casos encauzar por otros derroteros el futuro previsto. Al final de los ejercicios reflexivos, la respuesta tuvo un común denominador: «el problema es muy complejo y no se puede hacer mayor cosa. Los partidos políticos ya cerraron filas y desde ese ámbito poco o nada es lo que en realidad se puede lograr.»
Un número creciente de guatemaltecos se debate entre el límite de la sobrevivencia. Para ellos la participación política se concentra, con suerte, el día de las elecciones. Habrá transporte, quizás posibilidades de viajar a la cabecera municipal, si no es que el Tribunal Supremo Electoral habilita centros de votación a inmediaciones de la aldea o en las comunidades pobladas. Entonces si tal cosa sucede, ese día habrá como simple estímulo una pálida refacción y el día pasará con el deseo de que las horas se consuman rápidamente.
Para el elector netamente urbano, la lucha en la arena política se fincará en la expectativa por buscar y obtener un cambio de rostros a cargo del manejo de la cosa pública, sea en el ámbito municipal o nacional. Tal es el aliento que tiende a generalizarse. El análisis, visto está, no necesariamente habrá de ser más acucioso y dentro de cuatro años se estará a la espera de nuevo, al surgimiento de los semblantes que emblemáticamente sean la representación de la concreción del tan esperado cambio. «Ahora tal vez sí». Se volverá a hacer presente una y otra vez.
La descripción anterior corresponde, en sentido figurado, a los muros del callejón en el que nos encontramos. La fuente de financiamiento hacia lo político no será esclarecida. Nuestro debate seguirá pospuesto al parecer de manera indefinida. Nuestra sociedad no se inmiscuirá en la actividad política. En tanto un reducido número de personas viven de ella, adoptan, emprenden y aprueban decisiones que a todos nos afectan y de alguna manera el colectivo, el resto de la sociedad permanece ajeno. Inmerso en un estado de apatía que en realidad no produce beneficio alguno. La indiferencia es la cuna que carcome el futuro y le niega posibilidad alguna de desenvolvimiento a la sociedad misma. Esta anomia asfixia.
Si la ruta es una vía que nos puede conducir hacia otros estadios de convivencia social dependerá de nosotros, de todos nosotros. Si lo descrito es en efecto un callejón cuya salida no se vislumbra, entonces el futuro que se anticipa será de más dolor, de más desangramiento, de más pesar y obviamente de mayor luto. Pues en tanto nos enclaustremos, sea tras las rejas que se han levantado en todo tipo de negocio o en la aparente comodidad de no «meternos en esas cosas de la política», el avance del estado de impunidad se acrecentará. Las organizaciones criminales nos habrán de copar cada vez más, con más exigencias y la salida será la huida que no necesariamente será opción de todos. Pues no todos podemos salir corriendo.