Amigos


Siempre he tenido la convicción de que el término amigos es muy limitado. Lo entiendo únicamente dentro del contexto, si se quiere estrecho, de aquellas personas que en nuestra vida nos han abierto la mano, nos han dado un abrazo o de cualquier manera nos han lanzado una cadena indestructible de hermandad en nuestros malos momentos. A la par de ellos existen también personas que nos han propiciado, en la lejaní­a o de cerca, acciones positivas, refrescantes de ayuda, de generosidad, de solidaridad que también forman parte existencial de nuestro camino. Otros en cambio, que son la mayorí­a, son los «amigos», así­ entre comillas, que ocasionalmente están cerca nuestra, en momentos de euforia o alegrí­a o movidos por el interés de la posición que en determinada ocasión ocupamos.

Héctor Luna Troccoli

Esos son los que se ocultan en falsas apariencias y que, afortunadamente, ni nos importan, ni tampoco nos engañan por siempre, aunque sí­ lo hagan en esos momentos circunstanciales y coyunturales. Y también están nuestros enemigos. En ese sentido respeto a los que dan la cara, los que están frente a uno para confrontarlo, para adversarlo e incluso, para tratar de causarle daño, por lo que al menos tienen el valor de no esconderse entre las sombras, como también existen tantos, a los que solo puede verse y olerse como podredumbre carentes de la más mí­nima sombra de hombrí­a.

Los que perduran en silencio son los amigos sin comillas, que permanecen dentro de nuestro espí­ritu y nuestros recuerdos, aunque ya hayan partido. Déjenme pues, recordar a algunos de ellos. Tono Colom Argueta, que me inició en la administración pública, pero, fundamentalmente, que me empezó a forjar ilusiones y a que con mi juventud de entonces, buscara la cara de una patria diferente y nueva.

Carlos Bock Milla, Ramiro McDonald Blanco, Jorge Carpio y Ramiro de León Carpio, cuatro hermanos que me dieron a conocer la fraternidad del que sabe perdonar errores, sabe guiar, da confianza, fortalece el alma en momentos tristes, sabe aferrar con fuerza la mano que se tiende en busca de ayuda y sobre todo saben que la verdadera amistad es sobre todo fiel siempre, certera, incondicional, justa, sin tiempo, ni espacio. ¿Cómo no recordar sus gestos, su actuar profundamente humano, los años grandes y vigorosos que permanecimos siempre juntos sin importar vicisitudes o desventuras? A la vera del camino de mi vida siempre hubo robles vigorosos y nobles que me dieron un lugar para descansar, sombra para protegerme César Brañas, Pedro Pérez Valenzuela, León Aguilera, Rufino Guerra Cortave, Eduardo Rodrí­guez, íngel Ramí­rez los grandes de El Imparcial. Y con ellos, otros que me forjaron de ideales y de sueños: el último, el Seco Marroquí­n, que acaba de dejarnos. Mis amigos fueron pocos pero suficientes para que los avatares fueran superados con creces. Bien dicen que en algún momento, solo nos van quedando recuerdos. Así­ es. Quizás estos se avivan cuando más hemos transitado por la vida y más nos acercamos a la muerte.

Y dispensen si hoy escribo esto, pero hace tiempo que querí­a hacerlo, no sé si porque es una despedida o posiblemente un reencuentro UNIDAD NACIONAL.

Constantemente pregonamos, del diente al labio, la necesidad urgente de afirmar y conformar la unidad nacional, pero ello se contrapone a las absurdas formas de tratar el lenguaje de absoluta desunión que muchos manejan públicamente. ¿Será-me pregunto-, que existen sociedades «civiles», «militares», «indí­genas», «campesinas», «ladinas», «ricas», «pobres», etcétera? O el falso concepto del feminismo que piensan crearlo con solo hablar de «ellos» y «ellas», «guatemaltecos» y «guatemaltecas» etc. ¿Y los otros? No, «señores y señoras» el feminismo es un concepto mucho más profundo, en todo sentido.