Largos años de violencia política han dejado huella en el país al punto de que vivimos una especie de cultura de muerte. El mensaje intrínseco que enviamos a las nuevas generaciones es que las cosas se arreglan enviando al otro potrero a quienes son problema, sea por cuestiones ideológicas o por conductas antisociales. De esa cuenta el debate sobre la pena de muerte, superado en casi todo el mundo, en Guatemala termina siendo dominado por quienes creen, sinceramente, que ese castigo sería la solución a los problemas de inseguridad que nos agobian.
No digamos la tendencia a hacerse justicia por propia mano, sea mediante los linchamientos o acciones de limpieza social. En resumidas cuentas, creemos que las cosas mejorarán en la medida en que logremos ejecutar, judicial o extrajudicialmente, a los maleantes de todo tipo y esa creencia está muy afianzada en lo que podríamos llamar colectivo social, puesto que desde niños los guatemaltecos escuchan ese mensaje de que andamos mal porque no se aplica la pena de muerte, porque no tenemos un Ubico al que no le tembló la mano para mandar al paredón a quienes él veía como maleantes.
Cambiar una mentalidad tan acendrada no es fácil porque, además, vivimos momentos muy duros en los que la inseguridad se vuelve el peor de los consejeros y no atinamos a entender que ese fenómeno, el de vivir todos los días con miedo a que nos hagan algo, es resultado justamente de lo tan firme que es la cultura de la muerte en el país. Lo mismo que hacen grupos de «gente bien», apoyando la limpieza social y ejecuciones extrajudiciales, hacen los maleantes para los que es la cosa más normal del mundo llegar a un concurrido comercio de la Zona Viva a disparar por venganza o simplemente para sembrar terror.
Promover la cultura de la vida como contraposición a la cultura de la muerte no es fácil en estas condiciones y circunstancias porque la desesperación aconseja que se debe endurecer el puño para tratar con los maleantes. Pero nos estamos hundiendo en un pantano porque caemos en acciones delictivas para combatir el delito.
Por ello la importancia de la lucha contra la impunidad, porque estamos seguros de que el único disuasivo real que hay es la certeza de que la ley será aplicada. De nada sirve la dimensión de la pena si la misma será siempre improbable y remota, mientras que una pena menor, pero cierta y segura, es mucho más desalentadora para cualquier mente criminal.
Combatir la impunidad es trabajar por la seguridad con base en la justicia, tarea que debiera convertirse en prioridad si es que realmente queremos algún día vivir en paz.