Sin tolerancia no hay acuerdos


Nos encontramos dentro de un laberinto que hemos ido construyendo, unos con francas acciones de entorpecimiento, otros -la mayorí­a quizás-, por la cómoda indiferencia, la pasividad o simple omisión por el interés hacia y desde nuestros semejantes. El caso es que ahora mismo tenemos una sociedad indolente ante la escalada de violencia. Tristemente nos estamos acostumbrando al despojo continuado y al arrebato del más elemental de los sueños. El futuro que habremos de legar a nuestros hijos y a los hijos de nuestros hijos. Por más que nos horroriza el llegar a constituirnos en la próxima ví­ctima fatal es poco o casi nada lo que nos atrevemos a emprender en nuestro colectivo inmediato, nuestra comunidad, la calle donde vivimos, nuestro vecindario. La desconfianza es tal que pareciera que es más acertado resguardarse en el encierro. Ello tan solo acrecienta las debilidades de una sociedad que no se atreve a emprender cambios. Alguien mencionaba por ahí­ que el argumento de la corrupción del gasto público no debe ser excusa para no pagar impuestos.

Walter Guillermo del Cid Ramí­rez
wdelcid@yahoo.com

Si no tenemos la capacidad de tolerar las concepciones de nuestros interlocutores respecto de una problemática en particular, no existirá posibilidad alguna de establecer acuerdos que puedan ser cumplidos por las partes. Caemos en el diálogo de sordos. La búsqueda y la necesidad de propiciar soluciones negociadas no debe ser el pretexto para postergar la posibilidad de emprenderlos en el corto plazo. Nuestros conflictos tenderán a acrecentarse si no nos despojamos de la intolerante actitud que ha prevalecido a lo largo de nuestra historia reciente.

Mañana se conmemora el sexagésimo sexto aniversario de la gesta del 20 de octubre. En el ascensor de una oficina pública, ayer, un joven no mayor de unos veinticinco años conversaba con otro de similar edad, y comentaban sobre el inminente asueto de mañana miércoles. En su conversación ninguno de los dos precisó el origen del asueto. El impacto de las acciones obstruccionistas de los últimos 56 años han permeado en las conquistas sociales aquellas de 1944. Más aún, un retórico y mesiánico lí­der del movimiento que se entronizó desde 1954, se regocijó con las atrocidades recientemente develadas y en las que según él, recaen en el único pedagogo que hemos tenido como Presidente Constitucional de la República. Hoy, en su columna de opinión Estuardo Zapeta ironiza y ridiculiza el movimiento social aquél. Se acentúa la descalificación y se acrecienta la intolerancia como forma habitual en nuestra sociedad.

Estos ejemplos no pretenden ocasionar una estéril polémica, tienen el propósito de ilustrar otra arista de cuán apartados nos podemos encontrar de poder arribar a acuerdos que todos podamos honrar, que todos queramos cumplir. Sea esto el pago de impuestos, sea esto el camino hacia el desarrollo rural o la promoción de la seguridad ciudadana, sea lo que sea, estará condenado al fracaso si no somos capaces de tolerar las concepciones y las ideas de nuestros semejantes. Tolerar no es sinónimo de aceptación complaciente. Tolerar implica debatir ideas confrontadas con ideas, sin descalificaciones de tipo personal. Es pedir del interlocutor el mismo respeto que deseamos conferirle al momento de exponer sus ideas. Es encontrar con más rapidez los puntos, los aspectos en los que podamos estar de acuerdo y de ahí­ en adelante atrevernos a caminar de manera conjunta, para que quizás como sociedad podamos tener la capacidad de arribar a acuerdos de orden nacional. Así­ y solo así­ podremos fijarnos metas cumplibles en todo ámbito de la vida en colectivo. Lo otro es más de lo mismo, es igual a nada y a seguir en este rumbo incierto que solo logran encauzar los que se encuentran, nos guste o no, acertadamente organizados, sean criminales nacionales o extranjeros. De malas facciones o de elegantes y acaudalados cuellos blancos.