Edward W. Said: Fuera de lugar


POR EDUARDO BLANDí“N

El presente libro de Said, conocido intelectual palestino nacido en Jerusalén en 1935 y muerto en Nueva York en 2003, constituye el testamento de un hombre afectado por una enfermedad mortal que decide escribir para transmitirnos sus vivencias y prepararse mejor para enfrentarse a la muerte.


El texto, de 393 páginas, editado por «Grijalbo Mondadori», evidencia la escritura de un intelectual cerebral que se permite poco la sensiblerí­a o la expresión de sentimientos demasiado ligeros. Es plano y tiene pocos momentos de grandes tensiones que dejen sin respiro. Por esta razón, puede llegar a cansar y volverse interminables sus páginas.

La forma quizá responda a los intereses del autor que busca una especie de comprensión de la vida vivida. A lo largo de las hojas se nota que se resuelven incógnitas y las piezas en desorden encuentran su lugar. De ese modo, se constata la satisfacción del escritor al enfrentarse al caos y la anarquí­a de acontecimientos vividos con demasiada prisa.

El producto es la reconciliación. Las memorias, cuando se escriben con honestidad y en circunstancias casi postreras, generan paz al permitir el auto perdón y la absolución de los malos del film. La conciencia los indulta y los deja ir, para encontrarse con un estado de primavera pocas veces experimentado. De aquí­ que no haya memorias que no sean algo parecido a una terapia eficaz.

Este libro es un reparo de conciencia en el que el provecho para el lector consiste en el aprendizaje de experiencias ajenas. No es un texto para llorar ni compadecerse, sino para poner las barbas en remojo. Este género de lectura favorece la relativización de la propia vida para, según los contrastes, proyectarse en el tiempo.

La comparación de existencias es efectiva para salir del encierro de la propia vida. Es bien sabido que, a veces, el enclaustramiento del ego limita una visión más allá de las fronteras propias creando condiciones de pérdida de autoestima e insatisfacción al hacer de nosotros mismos un universo. Contrastarnos, permite en ocasiones sentirnos incluso afortunados.

¿Y cómo fue la vida de Said? No muy diferente a la vida de cualquiera de nosotros, aunque, como toda experiencia particular, los colores extendidos en la paleta humana, siempre ofrecen una perspectiva especial. Curiosamente, Said le da mucha importancia a la infancia, perí­odo que comparte fundamental en su existencia.

Proveniente de una familia adinerada, el padre fue comerciante de máquinas de escribir y calculadoras, Said vive una niñez con comodidades, pero infeliz. Los habituales regaños del padre junto a la intromisión constante de la madre, producirán en la vida del escritor una herida que sólo al final podrá sanar. El peso de la falta de afecto será importante en su personalidad.

El libro describe a un padre tenazmente tosco e incapacitado para dar amor. Honesto, correcto y disciplinado, pero parco de palabras. Empresario exitoso, pero desastroso en relaciones humanas positivas. En la boca del progenitor siempre estará la condena, el juicio severo y la exigencia de quien adora a su hijo, pero no sabe cómo manifestarlo.

Entre tantas citas del autor, ésta puede ser significativa:

«Nunca he podido reconciliar aquella actitud con su extraordinaria generosidad: me pagó clases caras de piano en Boston, me dejó comprarme un coche en Italia para una larga excursión veraniega por Europa en 1958, que incluyó varias semanas en Bayreuth, Salzburgo, Lucerna y sitios por el estilo. Yo creí­a que solamente podí­a conseguir algo de él pidiéndole a mi madre que intercediera por mí­, porque su respuesta inmediata a todas las peticiones que le hací­a era invariablemente negativa».

Su madre, la mujer a quien adora, será vital en sus decisiones. Lo inicia en la literatura, lo protegerá de las malas influencias e intercederá (como queda indicado arriba) para que su padre lo apoye financieramente en sus estudios. El apoyo familiar se hará patente en los estudios de Said en Princeton y Harvard. El autor manifiesta en la obra que el dinero nunca fue su problema para estudiar.

«Me gradué en Princeton en junio de 1957 en medio de un brote de rubéola. Mis padres asistieron a la ceremonia de la Phi Beta Kappa y luego conocieron a algunos de mis profesores. Aunque mis resultados eran excelentes mi padre se obstinó en preguntarles a mis profesores si de verdad me habí­a esforzado al máximo, en un tono que sugerí­a que no lo habí­a hecho. Mi madre intentó sin éxito convencerme más tarde de que en realidad mi padre estaba orgulloso de lo que yo habí­a conseguido».

Otro elemento que dejará huella en su biografí­a consiste en el hecho de ser árabe. Su condición, junto a la rareza de tener nacionalidad estadounidense, le hará vivir «fuera de lugar», en una sociedad que no lo ubica. El mismo nombre revela las contradicciones: Edward (nombre de proveniencia inglesa) y «Said» (apellido más relacionado con su pertenencia árabe). No es raro, en consecuencia, que el escritor revele las circunstancias siempre confusas en las que creció y que estuvo obligado a resolver en el futuro. «(…) mi sensación dominante era que siempre estaba fuera de lugar. Así­ pues, me ha costado cincuenta años acostumbrarme, o más exactamente, sentirme menos incómodo con «Edward», un estúpido nombre inglés uncido a la fuerza a mi apellido inconfundiblemente árabe, Said. Mi madre me contó que me pusieron Edward por el prí­ncipe de Gales, que tení­a muy buena estampa en 1935, el año que nací­, mientras que Said era el nombre de varias de mis tí­os y primos. Pero la lógica de mi nombre se quebró cuando descubrí­ que ninguno de mis abuelos se llamaba Said y cuando intenté relaciona mi caprichoso nombre inglés con su compañero árabe».

Estas memorias, evidentemente, explican mucho más de lo dicho hasta ahora, pero puede aportar un pequeño barrunto del carácter general de la obra. Puede adquirirlo, si lo juzga interesante, en librerí­as del paí­s.