POR ANTONIO CEREZO
Yo pensé que Botero era único. Que su admiración por la belleza de las gordas se salía por completo del caudal cotidiano en que las flacas son las modelos más exquisitas, aunque sus piernas parezcan los huesos que se come mi perro. Pero no, en este Ministerio también hay un artista que, sin ser gordo, camina por ahí exhibiendo sus barbas y admirando los volúmenes de carnes que se mueven con gracia sin igual.
Cuando me lo contaron, no lo podía creer. Por órdenes del señor de la barba, en mi trabajo iban a mandar las tres tristes tigras reencarnadas en gráciles, simpáticas y soñadoras mofletudas, dignas de las mejores esculturas del artista colombiano que ha llenado de rollizas estatuas el mundo.
La número uno, la mayor, dirigiría la política comercial del país, negociando para Guatemala las mejores importaciones de jamones, panes, pastas y cuanto ingrediente de engorde se puedan imaginar, para volver al país la sede de las gordas, exquisitos modelos de escultores famosos.
La dos se dedicaría ni más ni menos a la integración económica que representa, en términos reales, la unificación de los ingresos del varón centroamericano para alimentar a la mujer como ella se merece, con los ingredientes mencionados en el párrafo anterior, pero importados, y de eso se encarga la gorda mayor.
La tres sería la encargada de administrar de la mejor manera posible las mercancías indicadas, no fuera a ser que sólo otras fueran dignas modelos de Botero y ellas los huesos que se come el chucho. No, la administración debía ser eficiente para convertir el país en el reino de las mofletudas.
Cuando entré a la reunión pensé que me había confundido. Tal vez fue porque ese día se exponía una muestra fotográfica sobre la obra del famoso escultor colombiano Botero. Lo cierto del caso es que cuando ingresé, lo primero que vi fue las tres bellezas gordas deliciosamente acicaladas, de cabello largo y rubio artificial, con un tono distinto para cada una, sobre los cuales el sol lanzaba sus destellos y los hacía brillar como una joya perdida en la inmensa maraña que formaba la plebe sentada alrededor de una mesa de trabajo.
Buenos días, dije con timidez, pese a mi costumbre de llegar tarde a cuanta reunión insulsa era convocado. ¿Es esta la reunión con las nuevas autoridades del Ministerio? Las miradas de todos se dirigieron a mi persona y noté alguna sonrisa burlona por ahí pero, dada mi costumbre de hacerme el loco, no les hice caso.
El señor de barba, sentado en medio de las tres bellezas «Boterianas», lanzó una sonrisa mordaz y me miró con esos ojillos azules como si pretendiera horadar mi pensamiento. Sí, dijo, puede sentarse. Estamos aquí presentando a las licenciadas (las señaló con la mandíbula) que se harán cargo de las principales áreas de este Ministerio que necesita, según mi análisis de estos tres días, de la mano femenina para que marche bien. No les miren el físico, agregó, sino el conocimiento que tienen de comercio exterior y de integración económica centroamericana. Bueno, dijo como acicateado por el murmullo que levantaron sus palabras, no quiero decir con esto que no sean lindas. Si ustedes se fijan bien notarán que sus rasgos son como de divas o musas dignas de ser pintadas o esculpidas por pintores o escultores de renombre mundial.
Para mis adentros pensé que sus caras no eran dignas de sus cuerpos, pero ni modo, a Dios no puede pedírsele todo. Y si eran buena gente como parecían serlo, todo estaba arreglado. De todas maneras el Ministerio seguiría haciendo lo suyo mandara quien mandara.
Era un lunes, a las nueve de la mañana, y estaban sentadas las tres juntas en cuatro sillas, amontonadas, escuchando la presentación del barbas que recalcaba: estas tres mujeres, no les miren lo gordo, serán el sustento de este Ministerio; ellas se encargarán de que no les falte nada, comida sobre todo, pero tienen que hacerles caso: cuando ellas digan a almorzar, a almorzar; cuando digan la «refa», pues deben entrarle a la «refa» sin chistar. Acuérdense que son las encargadas de que en este Ministerio todo marche bien. Mientras tanto, una mordía su champurrada, la otra mascaba chicle y la tercera le entraba como loca a las tostadas.
Cuando les tocó dirigirse al personal, después de tragar un buen trozo de champurrada, la mayor dijo que los que comen bastante pueden estar tranquilos, porque bien alimentados de seguro rendirán en sus puestos; la segunda dijo que la integración permite disfrutar mejor de las viandas que proporciona el trabajo de la primera, y la tercera no pudo hablar porque tenía la boca llena.
Hoy, dos meses después, como todo buen empleado, he engordado diez libras. De todas maneras me veo flaco al lado de ellas por lo que tengo que mejorar mi rendimiento. Todos los compañeros hacen el esfuerzo por alcanzar niveles altos y para ello refaccionan con tamales, tostadas, panes con frijol y cuanto se les ocurre. Me imagino que a medio año tendremos que ampliar la Dirección y, sobre todo, comprar sillas para ejecutivos que son más anchas. En ese momento las tres modelos se sentirán satisfechas.