El aniversario de Saint Ex (Parte I)


No estuve en la cita del Club de Aventureros en el Club Saint Ex de la 14 y U St. de Washington, D.C., este 30 de julio celebrando a Saint Exupéry en el 64 Aniversario de su muerte.  El menú del chef Barton Seavers estaba anunciado al ingreso: Martini muy seco a base de Plymouth Gin,  la receta de  Sir Winston Churchill seguido de Grilled Calamari. Luego ensalada de remolacha con queso de cabra o rábano a la vinagreta o tomates verdes fritos. Para terminar un cremoso cheese cake o  helado cobbler de cereza. Todo aderezado con blancos y tintos de Burdeos sin faltar el mejor calvados de Normandí­a. El motivo de la reunión valí­a la pena, era el aniversario de la muerte de un aventurero, un poeta, un escritor y un gran hombre recordado por el Club de Aventureros de New York. 

Doctor Mario Castejón
castejon1936@hotmail.com

 El Club de Aventureros fue fundado en el «Joel¨s Bar de New York en 1912  por 34 hombres reunidos alrededor de una mesa, dentro de ellos habí­a soldados, marineros, trotamundos y viajeros, periodistas, autores y cientí­ficos.  Este 30 de julio, el Club  celebraba a uno de los suyos que encajaba dentro de las reglas de la membresí­a: tener un espí­ritu aventurero, ser un caballero, un  amigo de las causas perdidas y a la par un hombre compasivo y misericordioso.

 Antoine Jean Baptiste Marie Roger de Saint Exupéry nació en Lyon, Francia, un hijo de la nobleza provinciana y murió tempranamente a los 44 años el 30 de julio de 1944, en la Costa de Marsella.  Habí­a salido del aeropuerto de Bastia en Córcega, en una misión de reconocimiento aéreo durante la Segunda Guerra Mundial. Desapareció suponiéndose que habí­a caí­do al mar cuando volaba un Lighting P38, un avión tenido por inseguro entre los pilotos. Desde ese dí­a se tejieron historias y  pasaron más de cincuenta años sin conocerse lo que habí­a sucedido.

 Contrastando con su naturaleza melancólica más propia de un hombre tradicional  y conservador, Saint Exupéry era una fuerza de la naturaleza, llevaba la sed de aventura dentro de sus venas y como buen aventurero era un adicto a la adrenalina.  Su pensamiento profundo con un toque de infantil sencillez era fácil de deducir en sus libros particularmente a través de la figura de aquel Principito que lo inmortalizó un viajero espacial que baja al desierto para llevarlo con él a su mundo de ficción.  Saint Exupéry intentó estudiar arquitectura pero la sed de aventuras pudo más y obtuvo su licencia en 1922, en la Escuela de Aviación Militar de Strasburgo.  Pasado un tiempo dejó de volar y se reinició en 1926 después de pasar varios años viviendo en Parí­s.  Le tocó ser un pionero  del correo aéreo volando casi sin instrumentos de Toulouse a Dakar  y luego de Casablanca al mismo Dakar en la Costa Africana.  Principió a borronear papeles y publicó en 1929 su historia personal en El Aviador y algo más en su segundo libro El Correo del Sur, poco antes de obtener el puesto de Director de la Aéreo Postal Argentina.

 En 1931 ganó con Vuelo en la Noche  un primer premio.  En lo personal siempre quedé impresionado por la forma magistral como describió  la Colina Diamante, un entorno de rocas, precipicios y estanques glaciares en aquella inmensidad de nieves andinas entre Argentina y Chile volando en un monomotor.

 En 1931 Saint Ex  conoció a una joven salvadoreña la señora Consuelo Suncin Sandoval viuda del escritor guatemalteco Enrique Gómez Carrillo. Se casaron en Grasse, Francia y para allá se fueron a vivir. Conocí­ a Doña Consuelo en 1974 visitando  a sus familiares en Guatemala, una mujer agradable que debió haber sido muy bella. Persona expresiva  de amena conversación en la que se notaba  un conocimiento de la vida nutrido con lecturas,  dentro  un ambiente cultural refinado. Consuelo Suncin era escritora además de haber enganchado su vida con dos escritores.  Las mujeres en los años en que a ella le tocó vivir o lo hací­an así­ o no lo hací­an pues las universidades no estaban asequibles para el género.  Supe más de doña Consuelo y también de Saint Exupéry a través de mi suegra la muy recordada Doña Ofelia Sandoval de Quiñónez con quien siendo primas hermanas, habí­an compartido su niñez en una finca en las vecindades de Armenia en El Salvador.  

Contaba doña Consuelo cómo vivió dí­as de angustia cuando el 30 de diciembre de 1935 después de un vuelo de veinte horas cuando se dirigí­a de Parí­s  a Saigón y  cayó con su navegante André Prevot en el desierto de Sahara.  Esa vez, participaban en un rally con un Caudron C 630 detrás de la gloria y un premio de 150 mil francos que nunca obtuvieron.  Las peripecias de esa aventura las narró en su libro Arena y Estrellas;  Saint Ex y su navegante estuvieron heridos y viviendo casi sin agua durante cuatro dí­as, su tesoro fue  un termo con café, una naranja, algunas uvas y una caja de galletas, hasta que fueron encontrados por un beduino y su camello. Esta visión del desierto la utilizó más adelante en la introducción  de su obra más conocida El Principito.

Al inicio de la guerra viajó a los Estados Unidos ya con reconocimiento de  escritor  residiendo también en Canadá  y regresó a Francia en 1943. Fue en Asharoken Long Island en donde nació El Principito en 1942 y la cautivadora historia de aquel viajero interplanetario que contaba historias con elefantes y boas abrió muchos corazones y lo lanzó a la fama por su sencillez y la  profundidad de sus enseñanzas.