Más allá del lado humano del rescate de los 33 mineros chilenos, quizá convenga reflexionar hoy sobre el ruido global provocado por los medios de comunicación social en una transmisión fenomenal y sin mesura «urbi et orbi». Lo de ayer fue un hecho para la historia y quizá revele, entre tantas otras cosas, el grado de sensacionalismo que la televisión está dispuesta a explotar para su beneficio.
Fue todo un show. Las cadenas de televisión desde hacía días anunciaron la hora del rescate, los pormenores del plan salvador. Y ya, desde tempranas horas se apostaron para tomar las mejores imágenes. Llegado el momento, las cámaras se encendieron y mantuvieron cautivos (ahora fue al revés) a millones de televidentes hambrientos de emociones fuertes.
Twitter y Facebook fueron también caja de resonancia. Los mensajes fueron lacrimógenos, las gracias a Dios constantes. El mundo entero estaba intoxicado por la noticia. «Gracias, Señor, manifestaban, porque eres lo máximo». Era uno entre tantos mensajes transmitidos sentimentalmente para agradecer a Dios su generosidad.
Otros felicitaban a los chilenos. «Chile, exclamaban, eres grande». «Vamos Chile, Chile, Chile», escribieron los alienados. El fanatismo y el nacionalismo mantuvo vibrante a la audiencia y era complicado no sentirse identificado por el evento. Con ese fervor hasta el tope no sería raro presumir que algunos derramaron lágrimas y se desvelaron por ver la mano de Dios.Â
Uno puede pensar que somos demasiados «snob» cuando se trata de percibir la vida. Muy sentimentales con eso de sentir piedad con los que viven lejos, demasiados solidarios con el que sufre, pero ciegos con los hermanos que tenemos a la par. «Chile, Chile…», pero se nos olvida Camotán y cuanto pueblito pasa hambre cerca de nosotros.
Algo no funciona en nuestra estructura perceptiva que sentimos «mucha pena» por la caída de las Torres Gemelas y los sin casa en Haití, pero ignoramos y somos indiferentes cuando nos enteramos de los sufrimientos de los de Jocotán. Quizá sea más «cool» hablar de los mineros de Chile que conversar sobre esos hambrientos de nuestro país.
¿Y a los medios qué les pasa? Armaron un alboroto «de Padre y Señor nuestro».Â
No es que no debieron haber informado del rescate, sino que lo hicieron con un desparpajo sospechoso. Con tanto ruido se nos olvidó incluso las protestas de los campesinos en pleno «día de la hispanidad». Olvidamos la propuesta de nuevos impuestos. Y nos valió madre el pleito entre don Pluto Gutiérrez y nuestro patético Presidente.
¿Qué nos está pasando que perdemos el sentido de la mesura? ¿A quién le interesa tanto show? ¿Por qué somos tan fáciles para dejarnos envolver por otros intereses? ¿No será que debemos ser más reflexivos? Yo creo que debemos hacer jornadas más seguidas de apagar la televisión y abstenernos de leer los periódicos. Ayer fue uno de esos días propicios.