El verdadero milagro chileno


En una familia como la mí­a, es un reto aventurarse a escribir; siempre he tenido esta inquietud, y ahora en un momento de profunda alegrí­a, agradecimiento y reflexión, decido hacerlo.

Marí­a Mercedes Marroquí­n de Pemueller

Treinta y tres seres humanos quienes han dado el mejor ejemplo de vida; con virtudes humanas y sobrenaturales que podemos compartir en el seno de la familia y lugares de trabajo.

Los lí­deres chilenos, empezando por el señor presidente Sebastián Piñera, han puesto todo su esfuerzo en el rescate de estos 33 héroes.

Hay temas de diversa í­ndole, geológicos, laborales, psicológicos y demás, í­ntimamente relacionados con este trascendental acontecimiento. Yo esposa y madre, quiero enfocar el análisis en las lecciones que como personas comunes y corrientes hemos aprendido.

Es hora nueve en la mina de San José del dí­a 13 de octubre que nunca olvidaremos; debemos meditar sobre el gesto de agradecimiento que han mostrado los 10 mineros hasta ahora rescatados; cada ser humano único e irrepetible, con manifestaciones de agradecimiento a Dios en primer término; hincándose y besando el suelo que cubre esa mina que les sirvió de hogar durante 69 dí­as.

A mis hijos les he repetido que debemos extraer lo mejor de esta lección; durante los primeros dí­as, tras establecer comunicación con los mineros, alguno de ellos decí­a con voz fogosa: «estamos bien, estamos felices». Inevitablemente debemos pensar que en medio de una adversidad única, con un pronóstico pobre (al inicio) de probabilidades de éxito, esa actitud mantuvo vivo el cuerpo y el alma de los mineros. Todos los dí­as de nuestra vida, debemos decir lo mismo «estamos bien, estamos felices», tenemos vida.

En el mundo de hoy, debemos pedirles a nuestros jóvenes que mediten sobre la paciencia, fortaleza y reciedumbre de los 33 mineros, en un mundo «express» donde todo, absolutamente todo, está automatizado. La fe, esa virtud sobrenatural que les ha permitido descansar en los brazos de Dios y aceptar su voluntad como venga. La gratitud, sabiendo que una vez «curados» deben regresar a dar gracias. Generosidad de los rescatistas y todos los profesionales que dejaron su quehacer diario, para entregarse en esta labor.

Siento una profunda emoción y antes de entregar a mi hijo mayor en el bus me preguntó que por qué Dios permite estas situaciones, yo me atreví­ a contestarle que todos, absolutamente todos, los mineros, sus familias, cada chileno y cada persona que está cerca de este milagro de vida, somos mejores seres humanos hoy. Sabiendo que por desalentadora que a veces pueda parecer la situación socio-polí­tica que estamos viviendo, no estamos en una mina a más de seiscientos metros bajo tierra; si los mineros chilenos permanecieron vivos y con esperanza durante todo este tiempo, nosotros tenemos motivos suficientes, vitalidad y esperanza para cumplir cada uno con nuestra responsabilidad dentro de la sociedad en la que vivimos.

Siempre he pensado que la vida de una mujer como yo no estará colmada de gestas, solamente podemos hacer un trabajo de hormiga, educando a los hijos en el compromiso de hacer este mundo cada dí­a mejor. La bellí­sima experiencia de los mineros, que no por casualidad tiene lugar en medio de un siglo donde el placer y el confort son los valores más preciados, debe obligadamente tocar nuestras vidas, comprometernos a cambiar nuestros paí­ses, en el trabajo ordinario, de todos los dí­as, porque al final, no debemos perder de vista que todo esto empezó durante un dí­a de trabajo.