Los cooperantes tienen razón


No podí­a esperarse otra cosa de los cooperantes luego de conocer las inmensas necesidades de ayuda que plantea la reconstrucción de Guatemala tras los daños causados por las tormentas que este año han sido copiosas en el territorio nacional. Con justa razón dijeron que es indispensable que los mismos guatemaltecos pongan su grano de arena elevando la tasa de tributación fiscal porque tenemos actualmente una de las más bajas de todo el mundo y en ese sentido no parece lógico pedir a sus propios contribuyentes que aporten si los chapines zafamos bulto cada vez que se habla de impuestos.

Oscar Clemente Marroquí­n
ocmarroq@lahora.com.gt

Claro está que no tenemos un régimen de transparencia que invite a un debate serio sobre el tema fiscal porque el sistema nuestro está hecho para alentar la corrupción y, como dicen los patojos, baboso el que no huevea en medio de tanta facilidad para el enriquecimiento ilí­cito. Pero como sociedad tendrí­amos que pelear para provocar una depuración del sistema con el compromiso de pagar impuestos justos, en vez de esa actitud de oponerse tajantemente a hablar siquiera de reformas o pactos fiscales, porque al fin y al cabo quienes más se oponen muchas veces también están participando en el juego asqueroso de la corrupción.

No olvidemos que para corromper al Estado hacen falta particulares que ofrezcan y den mordida a cambio de negocios o beneficios. Y por ello he dicho que al fin de cuentas, la corrupción es un juego que conviene a muchos porque sirve de pretexto para no pagar impuestos y, además, permite llevar a las arcas de muchas empresas, varias de ellas «muy honorables», millones que provienen del erario.

Uno observa que los grupos empresariales, por ejemplo, denuncian la existencia del contrabando y enderezan sus baterí­as contra los que operan en las aduanas para facilitar el trasiego de mercaderí­a que no paga derechos de importación, pero nunca se habla de las empresas a las que viene consignada esa mercancí­a. Tan culpable en ese caso es el funcionario o tramitador que se encarga de hacer que pasen los furgones como Pedro por su casa como los comerciantes que se benefician al recibir camionadas de producto de contrabando.

Vemos cómo en la prensa nacional se señala sin reparos a cualquier contratista que se embolsa millones con las llamadas empresas de cartón, pero nunca se menciona absolutamente nada de los millonarios contratos que se otorgan en idénticas circunstancias a las empresas de postí­n, no obstante que con funcionarios corruptos que están ávidos de recibir comisiones, no hay distinción entre unos y otros. ¿O cree usted, amigo lector, que a las «empresas reconocidas» que les asignan contratos no les piden la mordida que demandan a los otros? ¿Piensa usted que a la hora de ir sacando los cheques de la deuda flotante tan atrasada a unos les piden tajada y a otros no? Si así­ fuera, esos pí­caros funcionarios únicamente trabajarí­an con empresas de cartón porque para ellos lo que cuenta es el moco y no la calidad del trabajo.

Yo pienso que tenemos que centrar el debate nacional en una reforma tributaria y una reforma administrativa que permita luchar contra la corrupción. Son dos cuestiones fundamentales porque ciertamente es injusto que andemos de pedigí¼eños si no cumplimos con nuestro deber cí­vico en materia fiscal, pero tampoco alcanzará ninguna cantidad de dinero si sigue esa danza de millones dilapidados en la corrupción que tanto beneficia no sólo a polí­ticos largos, sino también a empresas que se han acomodado a jugar el juego que todos juegan.