La zona roja de Tamaulipas


Imagen aérea del rancho, en Tamaulipas, en donde se encontraron los cuerpos de los migrantes indocumentados. Inserto, imagen de las ví­ctimas. ARCHIVO

El flujo migratorio hacia el Norte está delineado por los conflictos sociales profundos que son parte de la realidad de millones en América Latina. La falta de oportunidades, que se manifiesta en la escasa oferta laboral, la pobreza y el reducido desarrollo humano trazan un recorrido directo hacia los Estados Unidos, pero la reciente masacre en Tamaulipas, México, alteró por completo el trayecto del «sueño americano». La muerte de unos 70 indocumentados en la conflictiva tierra mexicana dejó secuelas serias: el temor no desaparece.

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Tamaulipas ha «espantado» a muchos de los centroamericanos que cruzan México con la esperanza de llegar a Estados Unidos, más temerosos que nunca de las redes de narcotraficantes o de las extorsiones de policí­as corruptos.

El asesinato de aquel grupo de ecuatorianos, guatemaltecos, salvadoreños, hondureños y brasileños destapó los abusos y peligros a los que deben enfrentarse los inmigrantes que atraviesan México, ya sea en autobús o en ferrocarril, en medio de lo que varias organizaciones no gubernamentales ya han calificado de crisis humana.

La ocupación del albergue Casa del Migrante «San Juan Diego», que acoge a los inmigrantes que saltan en marcha de los trenes de mercancí­as que pasan por este nudo ferroviario del norte de la capital mexicana, se ha visto en el último mes y medio reducida casi en una cuarta parte, explicó su encargada, Guadalupe Calzada.

«Estábamos acostumbrados a tener por lo menos 40 personas por noche, y ahora estamos recibiendo entre 10 y 15», detalla Calzada, quien recuerda que tras la masacre apenas llegaron 542 inmigrantes en el último mes, cuando el centro ha llegado a albergar mensualmente a mil 800 personas.

En los dominios de «Mamá Lupe» -como la llaman sus huéspedes- pueden acceder, por primera vez en toda esa travesí­a de hambre, sed, frí­o, detenciones arbitrarias y mafias secuestradoras, a una cama, una ducha caliente, tres comidas al dí­a y hasta calzado.

Dos jóvenes de Honduras y uno de Guatemala se desperezan en sus literas mientras comparten charla y risas. Pero no seguirán el mismo destino: el guatemalteco explica que está regresando a su tierra desde Coahuila (norte), donde tuvo noticia de lo sucedido en Tamaulipas y decidió volver.

Después de aquella matanza, atribuida por las autoridades mexicanas al grupo criminal de «Los Zetas», los inmigrantes emprendí­an «de 10 en 10» la vuelta a sus paí­ses desde la Casa del Migrante, ubicada en el barrio de Lecherí­a del central Estado de México, recuerda Calzada.

«Mejor vivo que muerto, madre», cuenta que le confesó uno de sus huéspedes. «Le tememos a todo», manifiesta el joven guatemalteco, «porque cuando nos encontramos con un policí­a tampoco sabemos qué nos va a hacer». «Ni Dios quiera que te pare un (agente) federal», añade uno de los hondureños.

Tanto Amnistí­a Internacional (AI) como la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) han denunciado que la mayorí­a de los centroamericanos que atraviesan México en su ruta hacia Estados Unidos son ví­ctimas de abusos por parte de las autoridades.

En los ocho meses que lleva abierto, Calzada ha recibido en su refugio a unos 10 mil inmigrantes que coleccionaban historias estremecedoras, como las de todos aquellos a los que robaron el dinero que tanto les costó ahorrar, o la de las dos hermanas que huí­an hacia delante tras haber sido violadas en el camino, porque, rememora, «ya no se sentí­an dignas de sus hijos».

«Ellos son invisibles para mucha gente, pero para el «narco» se reducen al dinero que les exigen a sus familias cuando los secuestran», afirma.

Y no sólo para la delincuencia organizada; los veinteañeros que aún reposan en sus literas aseguran que hay muchos policí­as que, cuando no reciben su correspondiente «mordida», venden a los inmigrantes directamente a los grupos criminales.

«Somos un negocio», indica uno de los hondureños, que recomienda a quienes emprendan su mismo camino saber cuántas garitas de inmigración pasarán en su senda, «para calcular el presupuesto, porque en cada una te va a tocar dar dinero».

Cuando se levanten de la cama, aseguran, tendrán el cuerpo «bien cargado de energí­a» para aguantar hasta la frontera estadounidense, el último puerto de una travesí­a guiada por la «ambición del dólar», la moneda capaz de hacerlos prósperos cuando regresen a esos paí­ses que ya empezaron a extrañar.

Ninguno quiere permanecer en este México que se antoja como una frontera gigante llena de obstáculos: «Nuestra meta es pasar de largo, no enamorarnos ni quedarnos aquí­».