Si en los viejos tiempos, a la juventud había que estarla vigilando, asistiendo y poniéndole atención por los riesgos que presentaba la vida, hoy la tarea se multiplica a niveles nunca vistos. Internet, seguro ya lo sabe, ha venido a complicar la existencia.Â
Fíjese por ejemplo lo vigilante que deben estar los padres con los jóvenes para cuidar los lugares que visitan (me refiero a los sitios de Internet), lo que escriben en las redes sociales y las tentaciones de páginas «sui generis». Los educadores no sólo no saben cómo hacerlo, sino que también los mismos jóvenes se han vuelto expertos en la burla para no dejar huella por donde vagabundearon cibernéticamente.Â
Ni hablar del cuidado que se debe tener con los niños. Aquí los riesgos se multiplican por la presencia de cibercriminales, pederastas y abusadores que pululan por la red. Los pequeños, al no dimensionar lo que escriben en los chats, el perjuicio de la información que pueden «colgar» o el peligro de «subir fotografías», pueden incurrir en errores fatales. Los padres están obligados a seguirles la pista a sus hijos.
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En los colegios y las universidades también Internet ha venido a fastidiar (para poner negras las cosas). Fíjese, por ejemplo, que los estudiantes -y lo digo por experiencia- se distraen fácilmente con artilugios tipo BlackBerry o iPhone. Ponen mensajes, visitan Facebook, Twitter o cuantas páginas valgan la pena explorar. En los períodos de exámenes también reciben mensajes, dando sospecha respecto a recibir copia de otros compañeros.
Estando así el mundo, estamos fritos. Si ya les costaba a los jóvenes concentrarse en tareas y ser responsables, ahora el esfuerzo deber ser doble. Los muchachos viven repartidos en el mundo: con un ojo en el profesor y el otro en la Laptop, con un ojo en el volante y el otro en el celular, con un ojo a la esposa y otro a la Palm. El otro día leí que, por ejemplo, el iPad viene a crear más problemas porque muchos maridos la llevan a la cama para, al final del día, consultar periódicos y leer libros. En otras palabras se acabó el amor, los retozos sexuales llegaron a su fin.Â
Estamos tan acabados que hasta los profesores tenemos que apagar los teléfonos. Sucede, no con poca frecuencia, que también los maestros reciben llamadas y responden mensajes en medio de la lección. Basta un «disculpen», para que el docente se sienta con licencia para hacer lo que, al final, todos hacen. Y eso sucede también, yo lo he visto, hasta en las iglesias. No sería extraño que un día el confesor nos pida la absolución porque él tiene urgencia de recibir una llamada.
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Como ve, vivimos días de hiperactividad y déficit de atención. Concentrarse se está volviendo tarea titánica. ¿Qué está haciendo usted por sus hijos? ¿Usted también ya entró en el rollo de la cibermanía? Examinémonos y pongamos manos a la obra.