A raíz del conocimiento de los experimentos realizados con prostitutas, presos, soldados y enfermos mentales a quienes se contagió de sífilis, gonorrea y chancros para probar la eficiencia de la penicilina en el combate de esos males, han surgido voces que señalan al gobierno del doctor Juan José Arévalo Bermejo como responsable de haber autorizado esa práctica inhumana y cruel, lo cual nos parece una infamia porque el carácter humanista del ex presidente no cuadra con un político que acepta exponer de esa forma a sus compatriotas.
Por antecedentes históricos puede decirse que La Hora tiene otras razones para cuestionar a Arévalo y su gobierno de 1945 a 1951, pero podemos sostener que se trató de uno de los presidentes más honrados, si no el más honrado, de la historia del país, y que su formación y convicción no le hubiera jamás permitido una componenda con Estados Unidos para avalar una práctica que, según los documentos que han salido a luz pública, fue concretada con médicos guatemaltecos que trabajaban en Sanidad Pública.
De lo que hemos leído en las publicaciones que contienen destalles de cómo se realizó esa macabra investigación, no hay ningún elemento que permita suponer siquiera o poner en tela de juicio el papel del ex presidente Juan José Arévalo Bermejo en cuanto a una autorización suya para permitir que se experimentara con guatemaltecos en forma inhumana como lo hizo el equipo encabezado por el doctor John C. Cutler, bajo el patrocinio no sólo del sistema público de salud de Estados Unidos, sino de la Oficina Sanitaria Panamericana, antecesora de la Organización Panamericana de la Salud.
Los documentos evidencian que hubo participación de médicos guatemaltecos del departamento de Sanidad Pública en nuestro país y sin duda que debe hacerse una investigación para llegar a determinar las responsabilidades, si las hubiere, de funcionarios de más alto rango, pero habiendo conocido de manera personal al doctor Juan José Arévalo y habiendo leído su producción bibliográfica en la que se evidencia su compromiso con los derechos humanos y con el respeto a la dignidad de los guatemaltecos, no podemos suponer siquiera que el presidente haya sido parte de una macabra conspiración.
Evidentemente está probado que los hechos sucedieron justamente de 1946 a 1948, cuando él gobernó al país, pero por la forma en que Cutler manejó la investigación y sus sucios experimentos, puede entenderse que nunca se compartió con autoridades guatemaltecas la sucia intención de contagiar a tanta gente para probar la eficacia de la recién descubierta penicilina. Los métodos de Cutler, tan cuestionados por la forma en que usó a la población negra de su país, evidencian que él no se detenía en trámites burocráticos ni permisos de alto nivel para hacer sus tropelías.