Por muchos avances que en materia de tecnología, comunicaciones, investigaciones médicas para vencer enfermedades hasta hace poco endémicamente fatales, o por los convenios y tratados en materia de dignidad y respeto a la vida humana, los seres humanos somos, nos guste o no, criaturas condicionadas por el halo animal que nos conforma. Las atrocidades recientemente develadas son eso, atrocidades cometidas al amparo de la prepotencia del colectivo animal superior imponiéndose al colectivo animal inferior. Ello es también un reflejo de las contiendas que los animales desenvuelven en su afán de sobrevivencia y en la que la que predomina la ley del más fuerte.
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Muchas, si no todas, de las consignas vertidas al inicio de la Guerra Fría, hoy se develan como componentes propagandísticos cuyas motivaciones justificaban o pretendieron justificar al «bueno» del capitalista versus el «come-niños», el «roba-propiedades», encarnado en el «comunista» sanguinario. Y fuimos las piezas de un juego que no queríamos, que no sabíamos que estábamos jugando, por lo menos en la dimensión que hoy se descubre. Nos utilizaron ayer. Nos utilizan ahora. Nos engañaron ayer, probablemente nos engañan ahora. Qué mentiras se develarán dentro de cuarenta o cincuenta años. Ayer el enemigo era el «comunista» expropiador. Hoy el criminal traficante de estupefacientes. Drogas que embrutecen la conciencia, adormilan la conciencia, domestican el intelecto y manipulan las masas de la población norteamericana, incluyendo a sus jóvenes. Las masas de población norteamericana. Los grandes consumidores.
Ayer en nombre de la ciencia, cual conejillos de indias, la dignidad de la nación entera fue víctima de un experimento, nuestros ancestros fueron catalogados de locos, soldados menos que cipayos y putas. Insignificancias que compiten en desprecio con las atrocidades nazis. Que, dicho sea de paso, también en nombre de la ciencia alteraron y denigraron a cientos de miles de personas, que sacrificaron a millones de judíos, polacos y de otras nacionalidades. Gracias, «Tío Sam». Hoy también nos revela que se vivió en estas tierras un holocausto del que ni nos dimos cuenta, pues nos tenían embrutecidos al espantarnos con que el enemigo era «otro» y no «aquel».
Y quizás cuando las leyes de la poderosa nación lo permitan, habremos de conocer que el estímulo en la producción de estupefacientes también tuvo el apadrinamiento y beneplácito de sus autoridades. Que el preconizado combate contra el narcotráfico, también esconde otras formas de dominación. Que el «traspatio» es algo menos que el «chiquero» de América. Que viva la democracia. Que en nombre de la «seguridad nacional» hubimos de tragarnos cualquier cuento.
La investigación tendrá que ser profunda. Que deberá producirse un resarcimiento, deberá producirse un resarcimiento. En esa nación que ha sido la cuna de las ideas libertarias más amplias y elaboradas. En esa nación cuyo pueblo ha sido el protagonista de las luchas más singulares en nombre de los derechos y garantías ciudadanas, no puede esperarse que pase inadvertido el daño que unos pocos cometieron en nombre de cualquier pretexto. En esa nación que tiene el poder de alterar la historia de otras naciones no puede privar la arrogancia de un comportamiento criminal. Las actuales autoridades norteamericanas deberán aportar con la mayor cantidad de documentos que contribuyan a conocer la magnitud real de la atrocidad cometida. En breve habrá algunas luces.