Una de las tareas de la educación del futuro, si le damos crédito a Edgar Morin, consiste en enfrentar las incertidumbres. Tenemos que aprender a navegar en el mar de lo inseguro y provisional. Reconocer nuestra pequeñez y no estar tan seguros de las cosas. Tener buena dosis de escepticismo.
No es fácil vivir en la incertidumbre. El ser humano por naturaleza busca donde aferrarse, encontrar un punto de apoyo, flotar y sobrevivir. Por eso, asiente (a veces con mucha facilidad) para sentir sosiego y paz. La duda mata y es un terrible malestar para el espíritu. Se puede decir que nacemos para certidumbres, es nuestro estado ideal.Â
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Pero, a veces, ya lo he dicho, damos fe con mucha facilidad. Nos volvemos creyentes de la categoría del humilde carbonero. Creemos en los dioses, en una religión, en una teoría, en la palabra de un amigo, en los gestos de la novia, en las promesas del político. Asentimos gratuitamente, sin apenas indagar, problematizar. Así nos dan gato por liebre. Encontramos la paz del espíritu, pero sólo temporalmente, mientras no descubramos la falsedad y la mentira.
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«Creer» gratuitamente no tiene sentido. La fe (que es creer) debe basarse en la búsqueda y la problematización. ¿Pero, entonces, no sería fe? Claro que sí, sería una fe madura, no infantil. Creer en el amor de alguien por creer es absurdo. Debe haber signos, manifestaciones, pruebas… y esto no demerita la confianza en ella (o él), sólo expresa la vocación de la razón que exige evidencias.
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Pero, volvamos al tema de las certidumbres. Morin dice que tenemos que incorporar el mensaje de Eurípides a nuestra vida, esto es, esperar lo inesperado. Y agrega que el siglo XX ha descubierto la pérdida del futuro, es decir, su impredicibilidad. «Una gran conquista de la inteligencia sería poder, al fin, deshacerse de la ilusión de predecir el destino humano. El porvenir queda abierto e impredecible».
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La edad media quizá fue el prototipo del período de las certezas. El hombre medieval sabía qué sucedería no sólo en su vida, según el anuncio evangélico en el que se basaba la cristiandad, sino después de muerto. Y ya lo decía el catecismo cuando predicaba las postrimerías: juicio, infierno o paraíso. La palabra de Dios revelaba un plan arcano que bastaba escudriñarlo en las Escrituras. La historia era lineal y Cristo era Alfa y Omega (principio y fin). Aquí no hay dónde perderse.
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Morin dice que en realidad no podemos estar seguros de nada.  Y cita a Patocka: «El devenir es ahora cuestionado y lo será para siempre». El futuro se llama incertidumbre.
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«Las civilizaciones tradicionales vivían con la certeza de un tiempo cíclico, cuyo funcionamiento debía asegurarse por medio de sacrificios, a veces humanos. La civilización moderna ha vivido con la certeza del progreso histórico. La toma de conciencia de la incertidumbre histórica se hace hoy en día con el derrumbamiento del mito del Progreso. Un progreso es ciertamente posible, pero incierto».
Si damos crédito a Morin, debemos educar contra todo fundamentalismo que se cree dueño de la verdad. En realidad, si somos consecuentes, no podemos estar seguros de nada, ni siquiera de lo afirmado por el pensador francés.