Tuvieron que pasar casi 30 años para que Juana Ailón pudiera exhumar ayer los restos de su primer amor, Virgilio, asesinado junto con otros cuatro indígenas por el Ejército guatemalteco en este remoto paraje, dejándola viuda, adolescente y con un bebé.

«Cuando nos entreguen los restos de Virgilio va ser como si ese día murió y lo vamos a velar en nuestra casa y a enterrar como Dios manda», dice Juana, con traductor de por medio, ya que no habla español.
La tragedia comenzó en la medianoche del 26 de febrero de 1982, cuando una patrulla militar irrumpió por asalto en esta aldea ubicada cerca de la frontera con México y a unos 300 kilómetros al oeste de Guatemala. Los militares sacaron a Virgilio y a los otros cuatro indígenas de las casas, los acusaron de guerrilleros, los asesinaron y los tiraron, recuerda Juana -que entonces tenía 17 años-, sentada en una pequeña silla de metal al lado de un altar con fotos de las víctimas y candelas blancas y amarillas.
Vestida con una blusa blanca y flores naranjas, la mujer relata su drama mientras sus profundos ojos permanecen fijos en la labor que a pocos metros desarrollan los antropólogos forenses. El equipo, armado con cepillos y pequeñas palas, trabaja afanosamente en medio del lodo provocado por las interminables lluvias invernales para desenterrar los cuerpos de la fosa común, a orillas del río Buca. La tarea para llegar a las osamentas fue ruda, ya que la fosa común quedó con los años oculta por una plancha de cemento que oficia como suelo de una pequeña escuela a la que asisten 140 niños indígenas.
í‰sta es la primera vez que el Estado guatemalteco toma a su cargo exhumaciones de víctimas de la guerra civil, de 36 años de duración, cuya paz se firmó en 1996 y que dejó un saldo de 200 mil muertos y desaparecidos, más del 90% de ellos responsabilidad de militares, policías y escuadrones de la muerte.
Tras el asesinato de su esposo, Virgilio, y de su cuñado Félix, Juana volvió a la aldea de Llano Coyote, donde vivía su madre, también viuda a causa de una acción de los militares. Ambas compartieron desgracia y miseria.
Pero tres años después, Juana conoció a Pedro Ailón. «Ahora tenemos siete hijos, el más pequeño tiene siete años y está en la escuela», dice con orgullo y en precario español el traductor, quien no es otro que Pedro, el nuevo compañero. í‰l permanece todo el tiempo al lado de Juana, dándole su apoyo con sus manos curtidas por largas jornadas bajo el sol para cultivar el frijol y el maíz, la dieta básica de los guatemaltecos.
«Yo no conocí la guerra ni a este señor (Virgilio), pero todo lo hacemos porque sabemos que servirá para sanar la herida que sigue abierta en mi mamá», dice Julio, un joven de 20 años, que junto a su hermano un año menor, Jerónimo, también acompañan todo el día a Juana. «La situación es difícil porque tenemos que viajar de noche a Llano Coyote para ver cómo están nuestros hermanos pequeños y nos levantamos temprano para regresar y apoyar a mi mamá», agrega Julio, quien pudo estudiar hasta sexto de primaria y tiene un español fluido.
El sufrimiento es compartido por otros indígenas a cuyos familiares el Ejército ejecutó sin juicio ni proceso. «Es una injusticia, mataron a mi hermano Gaspar y a su hijo (del mismo nombre), los dejaron aquí tirados», recuerda con angustia apenas contenida Isidro Solís, un anciano de 65 años. Isidro, frente al altar, se quita su sombrero blanco y toma entre sus manos, con amor, el retrato de hace tanto tiempo asesinado hermano. Afuera, la lluvia por fin da un respiro y sale el sol.