Uno de los elementos esenciales que debe abordar la educación del futuro, a decir de Edgar Morin, tiene que ver con la enseñanza de la condición humana. El francés se refiere al intento de reflexionar sobre quiénes somos, de dónde venimos y a dónde vamos. No se trata de un ejercicio metafísico vacuo y carente de valor, sino de una piedra de toque o punto de partida para cualquier actividad seria que queramos emprender.
Una meditación así nos conduce a situarnos en el mundo como lo que somos: una partícula en el universo. Un planeta que erra en el cosmos. Sujetos marginales y periféricos. Pequeños, cierto, pero originales y sui géneris, con capacidad para transformar lo dado e inventarlo a nuestro antojo. Lo nuestro es la insatisfacción permanente y el sueño constante.
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Morin afirma que el hombre es una especie de conjugación entre lo biológico y lo cultural. Como ser orgánico responde a la naturaleza propia de su ser y desde esta óptica su conducta está barruntada de animalidad. Pero hay que renunciar a reductivismos, pues este homo sapiens peculiar también inventa cultura. «Si no dispusiera plenamente de la cultura sería un primate del más bajo rango», afirma el filósofo.
 «No hay cultura sin cerebro humano (aparato biológico dotado de habilidades para actuar, percibir, saber, aprender), y no hay mente (mind), es decir capacidad de conciencia y pensamiento, sin cultura».
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Por tales razones, la comprensión del ser humano debe apremiarnos a imaginar su complejidad. En él hay unidad, pero también diversidad. Estamos unidos a un tronco común, procedemos todos de una misma familia, la misma especie, pero cada uno es diverso. De aquí la advertencia a no caer en formulismos fáciles en el que se endiose al individuo o a la sociedad.Â
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«La educación del futuro deberá velar para que la idea de la unidad de la especie humana no borre la de su diversidad, y que la de su diversidad no borre la de la unidad. Existe una unidad humana. Existe una diversidad humana. Existe también una diversidad propiamente biológica en el seno de la unidad humana; no sólo hay una unidad cerebral sino mental, psíquica, afectiva e intelectual». Â
Si esa es nuestra realidad, la complejidad, tenemos que renunciar al pensamiento único. Hay que advertirnos como una estructura rica en diversidad. Y, así, queda fuera cualquier pretensión cartesiana que pretenda imponernos una verdad «clara y distinta». Se capitula al proyecto de la modernidad por concebir «la» historia. Se vuelve arcaica la imposición de una única y absoluta moral.  Porque, como dice Morin, el hombre de la racionalidad es también del de la afectividad, del mito y del delirio (demens). El hombre del trabajo es también el hombre del juego (ludens). El hombre empírico es también el hombre imaginario (imaginarius). El hombre de la economía es también el de la «consumación» (consumans). El hombre prosaico es también el de la poesía, es decir del fervor, de la participación, del amor, del éxtasis.