Adiós al centavo


Múltiples sucesos ocurren en el entorno sorpresivo y cambiante, algunos inadvertidos, cuando no, ignorados por completo. Tal el caso de la moneda fraccionaria de un centavo, que dejó huella en nuestro sistema, a partir de la creación del quetzal, como moneda nacional, sustituto de los viejos pesos. Durante décadas formaron el circulante, de tal suerte al decirle adiós deviene apoderamiento aní­mico.

Juan de Dios Rojas

Ostentó puesto importante, pleno de identificación popular, a manera de mí­sero salario del obrero que vendió su fuerza de trabajo, carente de prestaciones laborales de antaño. Lo mismo hizo acto de presencia entre el campesinado, en condición de jornalero, ajeno a trato humano en el correr del tiempo inexorable, y sumido en la pobreza dominante.

Petición enteramente humana del pordiosero, de casa en casa, con el estómago vací­o y el de los suyos, de unos centavos. Algunas ocasiones obtuvo la respuesta positiva, pero en su mayorí­a aquella súplica fue sepultada en el vací­o. Desde antes el desempleo y su par el subempleo, soñaron siempre por otros centavos adicionales para alivio de sus penas.

Para ganar unos centavos, mujeres en nivel de madres solteras dejaron sus pulmones frente a la máquina de coser, desvelos y privaciones, a modo de solucionar, digo paliar problemas a montón. También las trabajadoras de casas, expuestas a humillaciones, acoso sexual y una retahila de dificultades, confortantes de angustias, al paso de horas de horas.

En similares situaciones pasan aun en pleno siglo XXI, las sexoservidoras, apostadas en calles y esquinas, en búsqueda de una sumatoria de centavos, a tono con el alto costo de vida, hoy consistente en devaluados quetzales. Casos y cosas vienen a ser una extensa lista de seres humanos en la lucha cotidiana de obtener los simbólicos centavos.

Las anteriores disquisiciones tienen por finalidad puntal subrayar el referente de la desaparición del centavo en nuestro sistema monetario, en todo sentido. Encabeza la elemental operación de compraventa, causante de diversos criterios y puntos de vista en torno a este particular, acaso para algunos sin impotencia, pese a sus implicaciones.

Eso obliga a creer sea el adiós definitivo al centavo. Para generaciones anteriores, léase antí­podas se le place, existen sobradas razones para experimentar un dejo de tristeza. Crecimos a la sombra de un sistema económico que gravitaba en derredor del centavo. El costo de vida bastante bajo, hací­a factible y ponderaba sus ventajas y beneficios.

A modo de ilustración, ajeno a aires de autoridad en la materia, adiciono el hecho que también circularon en illo témpori, monedas de dos y de medio centavo. De mayor tamaño las primeras, y muy menudas las segundas. Al poseer una ficha de dos, era obvio que tení­a en su poder cuatro monedas de medio centavo. En ambos casos solí­a utilizarse el término de «lenes».

A propósito del centavo, al que decimos adiós, cabe aludir que la niñez conformó el marco distante de la discriminación absurda, además del ingrato racismo aun vigente a ultranza y en fomento de lucha de clases, que orillan a un destino incierto, por demás proclive a resentimientos que orillan al despeñadero del colectivo nacional sin cansancio.

Subrayo que andaba la circunstancia ausente a la crí­tica severa y dañina, inclusive del papel de adulón; la fiebre contemporánea del consumismo anduvo lejos de aquí­ y el interior. Adquisición de artí­culos de primera necesidad con moderación, el destino era: abastecer el puchero y despensa hogareña. Las amas de casa guardaban el cambio consistente en centavitos.

Pese a muchas cosas arribamos al presente, que dio impulsivo giro de muchos grados. Las monedas de un centavo están fuera de circulación, las últimas de su estirpe. Coleccionistas y anticuarios las conservarán a tí­tulo de testimonio histórico nacional. En mi caso personal fui beneficiario, al igual que los de mi generación de los inolvidables centavos. Un adiós emotivo.