Por José Toledo Ordóñez*
Enrique Efraín Recinos Valenzuela nos relata los hechos que determinaron su niñez: «Mi papito dijo que yo no iba a estudiar en ninguna escuela porque los niños me iban a enseñar malcriadezas y malas costumbres. Por eso pasé de los cinco a los once años sólo en mi casa. No jugaba con ningún niño. La pasé haciendo de haragán, dibujando y leyendo salvajemente lo que fuera.»








Nació en la ciudad de Quetzaltenango, Guatemala, el 15 de mayo de 1928. Su padre, José Efraín Recinos Arriaza, era músico, inventor, fabricante de instrumentos musicales y, además, pintor. Talvez por eso motivó a su hijo a dibujar y guardó cuidadosamente los trabajos de su infancia.
Siendo pintor pudo fácilmente caer en la tentación de enseñarle a su hijo a pintar como adulto. La temprana enseñanza de la técnica o la copia de modelos pudieron haber acabado con la libertad y espontaneidad del niño. Sin embargo, no lo influenció. Respetó su creatividad infantil. Sabemos que el arte no debe entrar en el niño, sino salir de él. Padre y maestro deben tener absoluto respeto por las creaciones del niño. El maestro debe ser un espectador que motiva al niño y pone a su disposición toda clase de facilidades posibles. Por otro lado, cualquier desprecio puede afectar al niño y alejarlo de la pintura irremisiblemente. El padre de Efraín supo manejar este delicado equilibrio. Si a esto sumamos que no lo dejó ir a la escuela, el resultado fue un dibujo suelto y producto de sus impulsos naturales. En ningún momento, ni en casa ni en la escuela, hubo contaminación.
Cuenta Efraín: «Lo bueno de mi papito es que trataba de fechar todos mis dibujos, ponerles de qué tema eran y los guardaba. Regresaba de su trabajo cansado a comer y lo primero que hacía era chequear mis dibujos sin decirme nada. Ni que estaban mal, ni que estaban bien. Ningún juicio estético.» Luego añade: «Eran dibujos porque en ese tiempo lo único que conocí fueron crayones de color y sobre todo lápiz, que era lo más barato. La primera vez que me acuerdo fue en el año 33 en que yo tenía cinco años y llevó una cajita de crayones para que dibujara lo que fuera. Mi papito a veces tenía recursos para comprar cajas de crayones y a veces no. Por lo tanto, esta primera tanda de dibujos disfrutaron de una caja de colores. Grotescamente echado, infantilmente echado, pero eran de color.»
Los altibajos de la economía del padre de Efraín Recinos se reflejaban en la presencia o ausencia de color de sus dibujos. Después de un 1933 lleno de color, 1934 comenzó con dibujos de lápiz y terminó con crayón. Aquí comenzó la época de escasez más prolongada que duró hasta finales de 1936. Efraín recuerda: «Otra vez, no había crayones. Eran épocas difíciles. Para poder alimentarnos mi papito nos llevaba un pan grande y lo partía en tres, un pedazo para cada uno de los tres hijos. Siempre nos quedábamos con hambre, pero ésa era la situación». El 1937 comenzó con crayones y terminó con lápiz. El año siguiente, fue el año de más altibajos: lápiz, color y lápiz. Como un cuento de hadas con final feliz, su niñez termina en 1939, a los once años, a pleno color.
Sus temas recurrentes fueron grandes batallas, monstruos, héroes y, por supuesto, bellas damiselas que merecían ser rescatadas.
La guerra dejó marcada la vida de Efraín Recinos. En 1936, cuando tenía ocho años, estalla la Guerra Civil española. Las noticias del conflicto ocupan los diarios. Estando en su apogeo, un año más tarde, inicia la II Guerra Chino-Japonesa. La atmósfera bélica que precede la Segunda Guerra Mundial se hace cada vez más pesada. En 1939 finaliza la Guerra Civil española. La paz dura poco tiempo. Apenas cinco meses después estalla la II Guerra Mundial.
Los niños tienen gran poder imaginativo y normalmente prefieren los temas bélicos. Según el estadio pseudos naturalista de Lowenfeld, después de los doce año los niños entran en la edad del razonamiento, que se caracteriza por grandes conflictos. Efraín alcanzó esta etapa a la corta edad de cinco años.
A todos los acontecimientos mundiales debemos añadir que Recinos creció en Guatemala durante el régimen autoritario de Jorge Ubico. Esto explica su recurrente inquietud por los dictadores. Podríamos decir fascinación. El propio Ubico y además Napoleón, Hitler y Mussolini, fueron representados en sus pinturas de niño y luego en diferentes épocas de su vida.
A los cinco años de edad el pequeño Efraín representa la figura del dictador como un personaje con corona, con una candidez extraordinaria que, a la vez, raya en lo poético. Basta leer el título, «El presidente rey», para entenderlo. En otras palabras, un presidente que hace lo que quiere. no por gusto en Guatemala decimos que los dictadores, o bien los presidentes dictatoriales, ven el país como si fuese una gran finca de su propiedad.
El temor reverencial a Jorge Ubico dejó su huella en el pequeño. No se podía hablar del gobernante ni en casa, porque entre las paredes podía haber espías a su servicio. Hacer un dibujo del general era un compromiso. Existía la posibilidad de que uno de estos espías lo hiciera llegar a sus manos y no fuese de su agrado.
Recordemos lo afirmado por Luquet: «Algunas veces la imaginación se convierte en un sustituto de la realidad y sirve para satisfacer deseos que en la vida no pueden realizar: por ejemplo, muchos niños leen novelas o dibujan por falta de juegos dándole a su vida así el encanto y la novedad de la aventura». Estas palabras se cumplieron en Efraín Recinos, aunque él fue mucho más allá. Escribió cuentos de niño y más adelante hizo historietas donde sensuales heroínas -ahora de moda- luchaban contra el mal. A menudo se representa él mismo como héroe en sus fantasiosas pinturas. Un sueño transportado desde su infancia.
A los once años recuerda Efraín que dejó de pintar como un niño. En realidad jamás lo hizo. Su dibujo infantil carece de las características usuales en los demás chiquillos.
Continuó pintando con crayones toda su vida, haciendo extraordinarias obras que dejan sin argumentos a aquellos que no le confieren la categoría de pintura a esta técnica.
INFLUENCIA DE SU NIí‘EZ EN SU OBRA
No es ninguna novedad afirmar que las vivencias de la niñez de unas personas tienen una influencia determinante en el desarrollo de su personalidad. El entorno en que creció Efraín Recinos dejó claramente su huella en su vida de adulto, que quedó especialmente marcada por la guerra, o dicho de una forma más amplia, la lucha del bien contra el mal. Esta y otras experiencias fueron y siguen siendo fuente de inspiración de las obras artísticas de Efraín Recinos.
La guerra, los personajes épicos y la lucha del bien y el mal han sido la constante en la obra de Recinos. Al respecto nos comenta: «Entre el mal y el bien está la clave de lo que hice después. Esculturas de la violencia de nuestros años de guerra interna, las peores guerras que puede haber en la historia de cualquier país. En ese tiempo hubo trabajos que no eran de protesta ni de crítica sino de amargura en torno a lo que estaba pasando, como la marimba que no suena, «Música grande», allá en el museo, o el «Caballero quetzal» vestido de guerra. í‰stas indican que en realidad nos estamos destruyendo a nosotros mismos. El mal y el bien en el conflicto de quién va a ser el que destruye al otro y la amargura de muertos inocentes.»
«Esperamos que nunca más volvamos a estos regímenes en que todo se resolvía con «Estado de sitio», toque de queda, usted no salga de su casa. Pero en realidad estos soldados no tienen la culpa de lo que hacen. Por eso tienen esas vendas en sus cabezas. Sólo reciben órdenes. Y, además, como los antiguos cañones de antes que para balancear el enorme peso del cañón tenían estas enormes piezas de madera. Aquí hay por supuesto una foto de un gran prócer, aquellos que arma en mano hicieron conquistas. Y entre todo ese público siempre aparece el turista típico inocente, que nos viene a tomar la foto».
* Artista plástico, productor de cine, escritor e impulsor de arte, desde la Fundación Mario Monteforte Toledo. El presente texto es un extracto del libro «El juego de hacer dibujos. Dibujo infantil de Efraín Recinos, 1933-1939», escrito y editado por Toledo Ordóñez. El libro fue publicado por la Fundación Mario Monteforte Toledo.