Si es cierto que el tráfico de drogas deja réditos incalculables y que las economías de muchos países se sostienen a través de ellas, uno no debería sentir sino compasión por quienes son enviados como ovejas al matadero a una guerra sin sentido. Me refiero, por ejemplo, a los de la DEA, los policías o los soldados que mueren inocentemente, mientras otros se aprovechan maquiavélicamente del lucro que una guerra así les deja.
Y más aún se podría sentir lástima de las víctimas inocentes que caen por una bala perdida, por los migrantes y periodistas. ¿Qué sentido tiene morir en una guerra absurda? Es inútil reportear que los capos se infiltran en las estructuras de poder. Evidentemente es así, manejan sumas ingentes de dinero. La plata se filtra también en las iglesias y bancos del sistema. Por supuesto, el dinero mal habido circula en las universidades, en las tiendas y son el oxígeno que mantiene con vida a los países pobres y no pobres.
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No se puede seguir siendo ingenuos combatiendo un mal que sólo es fingido. Hay que ponerle alto a la mentira y ser honestos de una vez. El tráfico de drogas tal y como hoy lo hemos concebido es una ficción ridícula que nos tiene atrapados con consecuencias letales. Vivimos una novela trágica que produce muertos a costas de un dinero que se vuelve maldito. ¿Queremos jugar a policías y ladrones? Inventemos otro relato menos dañino.
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Porque hay que reconocer que esto es una farsa. Disimulo de los políticos que se oponen, dicen, al tráfico a través de leyes. Pantalla de los medios, los bancos, y  moralistas que surgen por generación espontánea. De cuando acá preocupaditos por la salud moral de la población. ¿Cómo les nació la conciencia de tales propósitos? No nos engañemos, ellos son parte de la comedia. Son protagonistas activos de este drama que a diario mata a mucha gente y nos mantiene en la zozobra.
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Esto no es una apología al tráfico de drogas, es una reflexión para que nos sinceremos y dejemos de hacer el ridículo. La idea es salirnos del juego, abstraernos de él y poner las cosas claras. No hay que divertirse en un juego sin sentido porque la verdad es que no es ni gracioso. El tema del negocio de las drogas es tan imbécil y cruel (que me perdonen los españoles principalmente) como las corridas de toro o la ruleta rusa. No tiene chiste, es una cosa vulgar.
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Evidentemente deja muchos réditos y aquí reside su valor. Pero, repito, es un negocio maldito a costa del sufrimiento de muchos. ¿Qué las economías caerían estrepitosamente? Esa es una patraña de y para babosos. Es como decir que el mundo se nos vendría encima si detenemos el negocio de las armas, la guerra o la producción de plástico. No pasaría nada. O sí ocurría algo: nos humanizaríamos, crearíamos un mundo mejor y, sobre todo, dejaríamos de hacerle el dinero a unos pocos que hoy viven hartos de tanto dinero.