Los dictadores y tiranos que se dan como las flores de muerto en nuestra América Indiana al caer las primeras lluvias son proclives a lo peor imaginable; giran órdenes para que se cumplan por fas o por nefas, y ¡nada de discutirlas!
Y esto está entre las prioritarias medidas de los sátrapas: amordazan los medios de comunicación por creer que son sus enemigos reales o en potencia; no comprenden que son sus hechos negativos, de abuso, por demás reprobables, sus verdaderos enemigos.
El silencio sepulcral, entre otras lindezas, es lo que caracteriza a las dictaduras y tiranías como las de los Castro en la Cuba comunista, que ¡han prohibido la verdad!…
Hugo Chávez, valga decir, solapadamente camina en esas veredas tenebrosas.
El militronche venezolano poco a poco ha tratado de perfeccionar su funesto orden de cosas, sin duda obedeciendo lacayunamente las directrices de Fidel Castro, quien, según lo ha dicho claramente, es su padre político-ideológico; es decir, en lo que respecta al comunismo, cuya cortina de hierro, como es sabido, bajó en las postrimerías de la pasada centuria Mijail Gorbachev en Rusia.
La libertad de expresión a que tienen pleno derecho las sociedades civilizadas, con frecuencia la ha venido aplastando el ensoberbecido dictador del sur, pero como los regímenes de fuerza bruta, claro está, son finibles en los días que estamos viviendo, es posible que los medios de comunicación silenciados y clausurados resurjan libremente un día de tantos que, ¡ojalá!, pueda no ser lejano.
El insoportable totalitarismo puede ser borrado del mapa al ponerse de pie, enhiestos, con coraje, los pueblos dignos que han sido sojuzgados.
No es el comunismo, sino la genuina democracia (sin los pecados de la farsa), un sistema político-ideológico que anhelan los pueblos que aman la libertad y todos sus demás preciados atributos. . .
Chávez, que hoy por hoy viene haciendo de las suyas contra el pueblo venezolano y enemistándose con países libres, eliminó de un plumazo los medios de comunicación escritos, radiales y televisados que no alababan servilmente su mercancía, sino le reprochaban, en sus comentarios, todo lo malo que ha estado haciendo, con derroche de abuso, montado a sus anchas en el poder y explotándolo a más no poder. Su «chontada» y su soldadesca ciegamente le obedecen, pero en esas filas pueden estar los hombres que contribuirán a romper las cadenas…
En forma escalonada, el liberticida que quiere eternizarse como mandamás en la patria de Simón Bolívar; del gran Simón Bolívar, al que hipócritamente tiene de pantalla, cuando francamente para él no es más que algo así como un apolillado mascarón de barco pirata, al igual que José Martí para los Castro, ha venido pisoteando los legítimos derechos de los venezolanos.
El sargentón de marras, como a paso de tortuga, pero también a ratos como a cosetadas, quizá siguiendo lo que le dicta el carraco que, atrás del trono, manda en Cuba, está aboliendo la propiedad privada. Prohíbe las manifestaciones de protesta contra sus desmanes. Dispone que la plebe haga contramanifestaciones. La libertad de información y de opinión, virtualmente no existe, tampoco la de locomoción, sobre todo hacia el exterior, pues está prohibida para que no salga a luz la vedad.
El feróstico gobernante vive vomitando verborrea contra respetables jefes de Estado de naciones que antaño mantenían buenas relaciones con Venezuela y, además, para satisfacer su desmedida ambición lucrativa, como ha trascendido al mundo; atesora millonadas de bolívares o dólares, lo mismo que sus secuaces. ¡Y que viva el bendito nepotismo!
La oposición de los venezolanos contra la dictadura que al parecer; al parecer, enfatizamos, va de largo bajo las botas de Hugo Chávez, aumenta cada día que pasa y se ve con más decisión. Puede llegar un día en el que se venga abajo con todos sus andamiajes mediante bizarras y gallardas acciones libertarias del pueblo. Y es que da la impresión de que se está tirando a una tiranía «a la soviética»…
El liberticidio que afecta a los medios de comunicación de los dominios de Hugo Chávez causa un repudio total, tanto en el ámbito nacional como en el internacional, y por eso el rato menos pensado puede producirse un cambio saludable, positivo, en Venezuela. ¡Y qué Caracas!