El fideicomiso, ampliamente reconocido como instrumento de corrupción cuando se constituye en el sector público, ha recibido la bendición del sector empresarial y del Gobierno para utilizarlo en el proceso de reconstrucción. El argumento es el mismo que han usado todos los gobiernos que lo han instaurado para mandar al chorizo los controles: «permite utilizar más ágilmente los recursos», pero lo que no se dice es que mediante la argucia del secreto bancario, ni siquiera el inútil Contralor puede cumplir con su deber constitucional de auditar la forma en que se gastan los recursos del Estado.
Después de haber escuchado al Ministro de Comunicaciones con los contratistas de la construcción poniéndose de acuerdo públicamente en la justificación del desastre que sufre el país, alabando la obra realizada por quienes al final son socios, ni modo que va uno a pensar que ahora van a cambiar las cosas. Se acomodan la pelota entre los que tienen ficha para jugar el partido y los goles están cantados porque van a hacer justamente lo que se ha hecho siempre.
El Ministerio de Comunicaciones ha sido la oficina de negocios más grande de los gobiernos y los ministros se han dedicado a pactar con los contratistas. Eso no lo instauró Alejos en este gobierno, aunque obviamente todos, léase bien, todos los ministros han participado en el juego. Y por eso la infraestructura se cae en pedazos y por eso desde el Presidente de la República hasta los negociadores de las empresas constructoras, hablan maravillas de la forma en que se ha trabajado porque, al fin de cuentas, todos salen beneficiados al salpicarse con las utilidades.
En esas condiciones, pensar que el empresariado (donde están representados los contratistas de la construcción) será el garante del manejo decente de los recursos es como suponer que podemos amarrar a los chuchos con longanizas. Y si de entrada ya nos advierten que será mediante un fideicomiso que se gastará el dinero de la reconstrucción, nos están diciendo a las claras cómo es que va a ser este proceso, idéntico a los de anteriores desastres en los que los beneficiados fueron funcionarios y contratistas y los perjudicados los que quedaron dañados por las tragedias.
Claro que ha llovido mucho y claro que hay daños causados por la lluvia. Pero los daños se han magnificado precisamente porque la corrupción ha sido la tónica de la administración pública y de los contratistas privados durante años. Ayer el que hizo el mamarracho de aeropuerto que se queda a oscuras por un rayo habló maravillas de las dependencias públicas. Ni modo, si de ellas es que se hartan.